Ve la luz el famoso músico con el que la Reina Sofía curaba sus penas y “cuernos”
La Emérita ha pasado unos años muy duros en lo personal por las aventuras extramaritales de Don Juan Carlos. Ella reinaba con profesionalidad y empeño, pero en la intimidad necesitaba apoyo.
La Reina Sofía, en una imagen reciente.
La historia entre la Reina Sofía y Mstislav Rostropóvich no nació en un palacio, sino en una infancia rodeada de música. Él, prodigio ruso, amigo de la familia; ella, una niña que aprendía a mirar el mundo a través de los sonidos que su madre, la Reina Federica, le enseñaba a amar. Aquella amistad temprana, forjada entre partituras y ensayos, acabaría convirtiéndose —con los años y los desengaños— en uno de los vínculos más profundos, discretos y verdaderos de la vida de la Reina de España.
Rostropóvich, quince años mayor, marido devoto de la soprano Galina Vishnevskaya, conoció España cuando Doña Sofía contrajo matrimonio con Juan Carlos I. Y cayó rendido ante un país que él definía como “mi querida España”, la nación que vio nacer la democracia mientras él, exiliado de la Unión Soviética, encontraba refugio en los escenarios y en un puñado de amigos que jamás le fallaron. Entre ellos, la Reina Sofía. Sobre todo ella.
Porque tal y como cuenta el portal MujerHoy, el violonchelista no solo llenó auditorios. Llenó silencios. Los silencios largos, fríos, ásperos, que acompañaron a Sofía en los años en los que ya era imposible ignorar lo que todo el mundo sabía: las aventuras sentimentales de Don Juan Carlos eran un secreto a voces que destrozaba en privado lo que el protocolo maquillaba en público. En esos días, en esos meses, en esas noches en las que la Reina se quedaba sola incluso rodeada de gente, Rostropóvich fue mucho más que un maestro de la música. Fue un confidente. El único refugio donde podía desahogarse sin miedo a traiciones.
Cuando Juan Carlos llevaba a su esposa cada año a los conciertos del violonchelista —a veces como sorpresa, a veces como parche— pocos entendían que aquel gesto tenía algo de disculpa, algo de intento de reparar lo irreparable. El músico, atento, cómplice y afectuoso, sabía más de la soledad de Sofía que muchos de los que convivían con ella. La había visto crecer. Había visto también cómo se rompía por dentro.
Por eso no sorprendía ver a la Reina acompañarle en cualquier parte del mundo: en el Auditorio Nacional, en Perelada, en Valencia cuando recibió la Medalla del Palau, en Moscú en sus bodas de oro, en San Petersburgo cuando pudo regresar tras 16 años de exilio. Tampoco sorprendió verla viajar en privado a Rusia cuando él murió en 2007, velar junto a su hermana Irene de Grecia ante el féretro expuesto en el Conservatorio, y permanecer con la familia hasta el traslado a la Catedral de Cristo Salvador. Era el último acto de lealtad hacia un hombre que había sido su sostén cuando más lo necesitó.
En España, la relación entre Rostropóvich y la Familia Real se movía entre la discreción y el cariño. Don Juan Carlos lo admiraba profundamente; Paloma O’Shea lo consideraba un hermano; y Felipe VI, Elena y Cristina crecieron escuchando su nombre como quien habla de un familiar que no vive cerca pero que está siempre presente. Sin embargo, nadie tuvo con él el vínculo que tuvo Sofía. Nadie lo convirtió, como ella, en un guardián íntimo de sus tristezas y sus batallas privadas.
La Reina, siempre prudente, nunca permitió que esa amistad cruzara la frontera de la rumorología. Pero quienes han observado de cerca su vida saben que Rostropóvich fue la mano que la sostuvo cuando su matrimonio hacía tiempo que había dejado de ser compañía. Fue, en definitiva, la presencia cálida en un universo cada vez más gélido. Su confidente. Su aliado. El amigo que encajó donde otros fallaron.
Un músico que, sin pretenderlo, acabó siendo una de las notas más profundas en la partitura vital de Sofía. Y quizá la única que jamás desafinó.