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Batacazo a Emérito con una horrible filtración: “Lo que él no contará jamás”

Pilar Eyre aprovecha el huracán de las memorias de Don Juan Carlos para publicar algo que jamás él escribiría. Todo sobre sus andanzas y larga lista de amantes…

El Rey Juan Carlos I, el pasado sábado 8 de noviembre.

El Rey Juan Carlos I, el pasado sábado 8 de noviembre.GTRES

David Lozano
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En su última crónica para Lecturas, Pilar Eyre vuelve a poner el dedo en la llaga con una historia que mezcla rumor, verdad y leyenda. La periodista desvela, con la ironía afilada que la caracteriza, detalles desconocidos —o poco confesables— sobre las conquistas amorosas de Don Juan Carlos I, desde su juventud hasta su reinado. Un recorrido que, según su entorno más íntimo, podría contabilizarse en unas 1.500 amantes, cifra que, más allá de lo literal, ilustra el apetito vital —y carnal— del monarca emérito.

Eyre arranca con una anécdota tan reveladora como simbólica. En una charla con un aristócrata andaluz, Grande de España, este le señala a su hija y le suelta, con media sonrisa: “¿Ves la rubita? Es hija del rey”. La escritora nunca supo si era verdad o una fanfarronada, pero sí entendió algo: en ciertos círculos, haber compartido cama —o esposa— con el Rey no era una deshonra, sino un galardón social.

El magnetismo de Juan Carlos, explica Eyre en la revista Lecturas, era “apabullante”. Lo cuenta un viejo compañero del ejército, Antonio Bouza, que en sus memorias lo describe rodeado de mujeres, incapaz de resistir su propio carisma: “¡El brillo de la corona deslumbra mucho!”. Un amigo del monarca fue más directo con la periodista: “No sé cuántas, ¡todas! Pon mil quinientas”.

Pero el deseo no le vino con la corona. Desde joven, el entonces “Juanito” fue, según su hermana Pilar, un conquistador empedernido. Ella misma recordaba con ironía que el príncipe prometía matrimonio a las chicas de Estoril y que luego era ella quien debía ir a deshacer el entuerto. “Las niñas me odiaban”, se lamentaba la infanta.

Su primer amor reconocido fue Chantal de Quay, una joven francesa a la que cortejó con pantalones largos recién estrenados, símbolo de su paso a la vida adulta. Luego llegarían muchas más: una princesa italiana, María Gabriela de Saboya, que no gustaba al Rey Don Juan por ser “demasiado Saint-Tropez”, y un sinfín de nombres que Eyre rescata con precisión quirúrgica.

La periodista relata que su libido era tal que algunos familiares incluso llegaron a valorar darle bromuro para aplacarlo. En la academia militar, sus tutores decidieron alquilarle un apartamento en Murcia con “acompañantes” de confianza los fines de semana, para evitar problemas de alcoba. El propio Juan Carlos, cuenta Eyre citando a Bouza, lo tenía claro: “Lo mejor es recurrir a profesionales que nunca te van a meter en líos de abortos o chantajes”.

Pero una de las historias más intensas fue con la condesa Olghina de Robilant, una mujer de mundo que aseguró haber tenido una hija del entonces príncipe. En sus memorias, la aristócrata italiana describió aquella noche de fin de año de 1956 en un coche Volkswagen: “Hicimos el amor en los asientos traseros, despacio, aunque estaba muy caliente. Juanito era una bomba sexual”.

Eyre suma a esta lista otras mujeres de la cultura española, desde La Chunga hasta Sara Montiel, de quien dice que el monarca presumía en confidencias juveniles. La actriz manchega, según ella, se reía del rumor sin confirmarlo ni desmentirlo.

Con su matrimonio con Doña Sofía y bajo la vigilancia férrea de Franco, el Rey tuvo que poner discreción a sus escapadas. El dictador ordenó instalar micrófonos en la Zarzuela y pidió al general Armada redactar un “decálogo de buena conducta”, cuyo primer punto era evitar aventuras extramatrimoniales. Pero, una vez muerto el Caudillo y asegurada la sucesión, Juan Carlos retomó sus impulsos con una libertad inédita.

Llegaron los años de las cacerías, las fiestas privadas, los viajes con “amigas” y los apartamentos discretos. Pilar Eyre detalla incluso que los anfitriones de las monterías organizaban las habitaciones “convenientemente contiguas” para facilitar sus encuentros, y que en Barcelona tuvo simultáneamente dos relaciones estables: una italiana y una amiga de la propia cronista.

De aquellas etapas sobreviven nombres tan célebres como Bárbara Rey, la fotógrafa Queca Campillo, Marta Gayá, Sol Bacharach o Corinna Larsen, la última y más polémica. Todas forman parte del mito del monarca seductor, que Eyre retrata con una mezcla de ironía, ternura y desgarro histórico.

El artículo concluye con una frase demoledora que suena casi a epitafio pasional. Ante la pregunta de si el emérito sigue “para muchos trotes”, un viejo amigo responde entre carcajadas: “Uno nunca se jubila de esto. Juan Carlos seguirá hasta el último aliento”.

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