Los gestos obscenos de Marlaska en el Congreso le hunden: “no estás en una sauna de Sabiniano”
El ministro del Interior, reprobado por las dos Cámaras, no tiene techo a la hora de hacer el ridículo y atenta contra el decoro parlamentario. Es una caricatura de lo que fue algún día

Fernando Grande-Marlaska, con sus gestos en el Congreso.
Los gestos de Fernando Grande-Marlaska —captados en pleno hemiciclo, donde reside la soberanía nacional— han estallado en redes sociales y han encendido un debate que sube de temperatura según avanzan las horas. Lo que el miércoles parecía una anécdota más de la sesión de control, se ha convertido ahora en un símbolo para muchos de la degradación institucional que vive el Congreso.
Las cámaras enfocaban a Félix Bolaños mientras respondía a una pregunta del PP. Pero el protagonismo se lo robó Marlaska desde su escaño, a pocos metros. Sacó la lengua, exageró un beso lanzado hacia la bancada popular, hizo muecas impropias incluso de un tertuliano con ganas de provocación. Y todo desde el sillón reservado a quien dirige el Ministerio del Interior.
No fueron tics nerviosos, ni un gesto casual: eran burlas dirigidas al principal partido de la oposición, el partido más votado de España, más votado incluso que el propio presidente del Gobierno. Un detalle nada menor en un momento de máxima tensión institucional.
La escena, impropia de una institución que presume de solemnidad y que atenta contra el decoro parlamentario, no pasó desapercibida. Pero ha sido ahora, días después, cuando el vídeo se ha propagado como gasolina digital, rebotado por cuentas de todos los colores y convertido en una pieza más del deterioro del debate político. En X (antes Twitter), Marlaska es ahora mismo tendencia, no por una decisión de Estado, sino por un gesto de adolescencia tardía.
Entre las reacciones, una especialmente ruidosa: Rafael Hernando, diputado del PP, ironizó en redes: "Creyó que en vez de en el Congreso estaba en la sauna de Sabiniano", en una alusión personal que también ha levantado polémica, aunque sin desplazar el foco central: la conducta del ministro.
Todo vino provocado por la pregunta del diputado Jaime de Olano:
"¿Mantiene su Gobierno dinámicas antidemocráticas?".
Un interrogante duro, sí, pero encuadrado en el control parlamentario al Ejecutivo. Olano mencionaba la tentación del Gobierno de colonizar instituciones y los ataques a los jueces que investigan tramas que afectan al PSOE y al círculo personal de Sánchez.
La respuesta formal la dio Bolaños, pero la respuesta real llegó en forma de muecas desde el escaño de al lado. Un beso sardónico, una lengua fuera, una burla infantil.
Por ahora, Grande-Marlaska guarda silencio. No ha explicado si quiso ridiculizar a alguien en particular, si era una provocación general o si fue simplemente una forma de descargar tensión. Pero el daño ya está hecho: la viralidad late, las críticas se multiplican y el Congreso vuelve a verse empañado por un comportamiento que estaría fuera de lugar incluso en un mitin, no digamos ya frente al banco azul.
En un país donde el debate público vive permanentemente al borde de la crispación, un gesto que hace unos años habría pasado por una travesura poco elegante, hoy se interpreta como un síntoma. Y no uno menor. Porque si algo queda claro, es que Marlaska —un juez que llegó al Gobierno con fama de serio y contenido— ha terminado protagonizando una escena que muchos ven como una falta de respeto a la Cámara y al partido que más españoles votaron en las últimas elecciones.
El ministro, que debería encarnar la autoridad institucional, ha acabado siendo protagonista por exactamente lo contrario. Y el Congreso, que debería ser ejemplo de respeto, vuelve a ser escenario de gestos que degradan la política.