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Revelan el incidente que ha arruinado a la Reina Sofía la fiesta del Toisón de Oro

La coincidencia de Doña Letizia y la Emérita vestidas del mismo rosa en el 50º aniversario de la Monarquía desata las sospechas: Pilar Eyre ve en el gesto una sombra que eclipsó el homenaje a la madre del Rey Felipe

La Reina Sofía, charlando con la Reina Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía.

La Reina Sofía, charlando con la Reina Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía.Europa Press

David Lozano
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Pilar Eyre ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: rasgar el telón brillante de los actos oficiales y mostrar lo que hay detrás. Y en esta ocasión, asegura que el homenaje a la Reina Sofía —el que debía ser su gran día, el que celebraba medio siglo de Monarquía en España— estuvo eclipsado por un detalle aparentemente menor, pero cargado de intención: el vestido de Doña Letizia.

Porque, según Eyre, no hubo casualidad alguna. Ni guiño. Ni gesto enternecedor entre suegra y nuera. Al contrario: lo que vio fue una maniobra que terminó robándole protagonismo a la Reina Sofía… justo cuando más debía brillar.

El hecho es simple: ambas aparecieron vestidas con el mismo tono de rosa bebé, un color nada habitual en ceremonias institucionales. Y precisamente por eso ha ocupado titulares dentro y fuera de España. “Cuando dos reinas coinciden en el mismo color, alguien ha querido que ocurra”, viene a decir Eyre. Y en su reconstrucción, la iniciativa no partió de Letizia, sino de Sofía, que lucía un diseño impecable, hecho a medida por Alejandro de Miguel y preparado con toda la antelación y el mimo que exigía la ocasión.

Letizia, sin embargo, —según la columnista— no buscó armonía, sino impacto. Bastó, dice Eyre en la revista Lecturas, con que revisara su armario y se topase con aquel traje rosa que había llevado en Estados Unidos. La coincidencia cromática saltaba a la vista. Y aun así lo escogió. “¿Por qué?”, se pregunta la periodista. Sobre todo sabiendo que el resultado visual, según el diseñador Juan Avellaneda, jugaba incluso en su contra: “al lado de su marido se la veía empequeñecida”.

Lo importante no es cómo le quedaba, sino lo que simbolizaba.

Para Eyre, la pregunta central es devastadora:

¿Cómo se puede llamar ‘gesto cariñoso’ vestirse exactamente igual que la persona a la que se homenajea?

La respuesta, para ella, es clara: eso no se hace por cariño, sino pese al cariño. Y cree que la sorpresa de la Reina Sofía quedó registrada en su expresión del Palacio Real, aunque, fiel a su carácter, lo disimuló en décimas de segundo para no incomodar a su hijo.

Porque sí, era su día. O lo parecía. Un Toisón de Oro es un reconocimiento solemne, y más cuando te lo entrega tu propio hijo, el Jefe del Estado. Pero Eyre también señala otro detalle que le chirría: ¿qué sentido tenía que Sofía compartiera condecoración con tres políticos desconocidos para la mayoría? ¿No merecía un acto exclusivo, íntimo, rotundo? ¿Era tan difícil otorgarle, por una vez, una ceremonia en solitario?

A eso se suma otro silencio ensordecedor: el de la propia Reina Sofía, que no pronunció ni unas palabras de agradecimiento —algo que sí hicieron los demás galardonados— y que quedó reducido a un brevísimo “thank you”, apenas murmurado mientras el Rey Felipe VI prendía la insignia en su pecho.

Todo ello contribuyó, dice Eyre, a un clima extraño. Falto de emoción, como si bajo la celebración latiera un empeño por rebajar la solemnidad. Y no fue solo la coincidencia del rosa: hasta la vestimenta de Leonor y Sofía parecía contribuir a esa sensación de un homenaje discretamente diluido.

En definitiva, la gran cronista de la Casa Real sostiene que la Reina Sofía merecía un tributo luminoso. Pero lo que quedó para la historia, más que la emoción del reconocimiento, fue la foto incómoda de dos reinas vestidas igual… y la pregunta en el aire de si ese detalle, lejos de unir, no abrió aún más la brecha que todos fingen no ver.

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