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La faceta más desconocida de Antonio Tejero: de cómo se convirtió en pintor con sorprendente éxito

El ex teniente coronel falleció a los 93 años tras décadas alejado del foco político. En prisión descubrió su vocación artística y, ya en libertad, hizo de sus cuadros una fuente complementaria de ingresos y un peculiar legado personal.

Antonio Tejero.

Antonio Tejero.europa press

David González
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El fallecimiento de Antonio Tejero, protagonista del intento de golpe de Estado del 23-F, cierra definitivamente una de las biografías más controvertidas de la historia reciente de España. Pero más allá de la imagen del guardia civil que irrumpió armado en el Congreso de los Diputados y gritó "¡Quieto todo el mundo!", su vida posterior estuvo marcada por una faceta mucho menos conocida: la pintura.

Condenado en 1983 a 30 años de prisión por rebelión militar consumada, con agravante de reincidencia, Tejero fue expulsado de la Guardia Civil, perdió su rango de teniente coronel y quedó inhabilitado durante el tiempo que duró la pena. Sin embargo, no cumplió íntegramente la condena: tras unos quince años en prisión, con tercer grado desde 1993, obtuvo la libertad condicional en 1996.

Fue precisamente entre rejas donde comenzó su relación con el arte. Durante su estancia en centros penitenciarios como el Castillo de la Palma, el Castillo de San Fernando de Figueras y la prisión de Alcalá de Henares, el exmilitar decidió ocupar el tiempo formándose y cultivando nuevas inquietudes. Estudió Geografía e Historia, aprendió idiomas y escribió sus memorias. Pero fue la pintura la disciplina que terminaría acompañándole el resto de su vida.

Lo que empezó como una actividad para llenar las horas en prisión se transformó, con el paso de los años, en uno de sus principales apoyos económicos. Tras salir de la cárcel, Tejero llevó una vida discreta y apartada del protagonismo político. Vivía de su pensión y de la de su esposa, pero complementaba esos ingresos con la venta de sus obras.

Uno de los cuadros de Antonio Tejero.

Uno de los cuadros de Antonio Tejero.Redes

Sus cuadros, principalmente retratos y paisajes, solían incluir dedicatorias manuscritas y estaban dirigidos, en buena medida, a simpatizantes ideológicamente afines. Aunque desde el punto de vista artístico no recibieron un reconocimiento destacado en los circuitos culturales convencionales, entre sus seguidores tenían un evidente valor simbólico e histórico.

Algunas de sus pinturas llegaron a venderse por cifras que rondaban los 2.400 euros, especialmente en los años posteriores a su excarcelación. Con el tiempo, el mercado se amplió a internet y los precios tendieron a moderarse. Aun así, la pintura se consolidó como una actividad constante en su día a día, más allá de su dimensión económica.

Hasta el final de su vida, Tejero mantuvo esa rutina creativa en la intimidad, lejos de los focos mediáticos. La pintura fue, para él, algo más que un pasatiempo: representó una vía de expresión personal y una forma de reconstruir su identidad tras la cárcel y la pérdida de su carrera militar.

Con su muerte, desaparece no solo uno de los protagonistas más polémicos de la Transición, sino también una figura que, en un giro inesperado del destino, pasó de empuñar un arma en el hemiciclo a sostener un pincel frente al caballete.

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