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Soflama mundial de los Goya: “Pedro Sánchez es guapo y listo. Está en el lado bueno de la historia”

La actriz Susan Sarandon recibía el galardón internacional 2026 en Barcelona. Un premio que ha ido más allá de lo cinematográfico y que tiene cierto tufo a político.

Pedro Sánchez, en el photocall de los Premios Goya.

Pedro Sánchez, en el photocall de los Premios Goya.GTRES

David Lozano
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Este año, la 40ª edición de los Premios Goya pasará a la historia del cine español por muchas cosas: por celebrarse en Barcelona, por los duelos artísticos entre viejos y nuevos talentos… y sobre todo por la extraña metamorfosis de un premio cinematográfico en un micrófono político internacional.

Porque si algo ha quedado claro antes incluso de que se enciendan las luces del auditorio y suenen los primeros discursos, es que este Goya —el que lleva la etiqueta de Internacional— no se entregará por logros en la pantalla, sino por alinear mensajes con determinados relatos ideológicos.

Este sábado, la actriz estadounidense Susan Sarandon subió a recoger el Goya Internacional 2026. Hasta aquí, nada raro: figura consagrada, carrera extensa, Oscar en el palmarés y presencia mediática. Pero lo llamativo —y preocupante— no es el nombre en la placa, sino el tono de su discurso y las declaraciones que ha hecho antes de pisar el escenario.

En una rueda de prensa previa, Sarandon se deshizo en elogios hacia el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, al que calificó de “estar siempre en el lado correcto de la historia” por su postura, en su lectura, sobre la crisis de Gaza. Llegó incluso a describirlo como “alto y guapo”, mezclando política y halagos personales como si ambos conceptos no estuvieran ya demasiado contaminados entre sí.

Más allá de la anécdota de los adjetivos, lo que estos elogios representan es una Academia que se aparta del terreno artístico para erigirse como tribuna política. No es un secreto que la dirección de la Academia de Cine ha mostrado afinidad con ciertos discursos progresistas y alineamientos ideológicos propios del sanchismo y de la izquierda cultural —una corriente ideológica que permea muchos de los discursos y contenidos premiados en los últimos años— y este Goya Internacional parece ser una culminación de ese rumbo.

Lo que debería ser una celebración del cine se ha convertido, antes incluso de la gala, en un acto de reafirmación política: premia a quien, además de actriz, es vocera de causas internacionales cercanas al establishment ideológico español actual. No se trata solo de que Sarandon hable de política —cada artista tiene derecho a sus opiniones—, sino de que su posición política se ha convertido en parte relevante de la narrativa que la institución cinematográfica decide respaldar.

La conexión entre cultura y política —y no lo decimos como una acusación sin fundamento, sino como una constatación evidente— suscita preguntas que no pueden ignorarse: ¿qué hace que una figura como Sarandon, conocida por sus posturas activistas, reciba un premio que tradicionalmente se otorga por aportaciones al cine mundial? ¿Por qué sus declaraciones sobre política internacional y preferencias ideológicas son parte de la conversación antes de cualquier valoración artística? ¿Hasta qué punto la Academia ha dejado de ser un organismo centrado en la excelencia cinematográfica para transformarse en un amplificador de determinadas narrativas políticas?

Porque, al final, cuando los premios se convierten en plataformas políticas —y los discursos políticos se mezclan con trofeos culturales—, la línea entre arte y propaganda se difumina. Y eso deja una pregunta igual de incómoda que necesaria: ¿los Goya siguen siendo un reconocimiento al cine o se han transformado en otro teatro de confirmación de afinidades políticas?

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