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Incomodidad en Casa Real: la verdad entre la Emérita con Irene Urdangarin y Victoria Federica

Las primas son más que eso: se consideran hermanas. Una alianza casi desconocida y una función clave en el día a día de su abuela. En Zarzuela lo miran con lupa

Victoria Federica e Irene Urdangarin en la catedral Ortodoxa de San Andrés y San Demetrio

Victoria Federica e Irene Urdangarin en la catedral Ortodoxa de San Andrés y San DemetrioEuropa Press

David Lozano
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Hay vínculos familiares que no se explican solo por el parentesco, sino por el papel que acaban desempeñando dentro de una estructura mucho más amplia. En el caso de Irene Urdangarin y Victoria Federica de Marichalar, su relación va más allá de la cercanía habitual entre primas: se ha convertido en una alianza silenciosa que cumple una función muy concreta dentro del equilibrio familiar, especialmente en torno a una figura clave como Sofía de Grecia.

Porque si hay algo que define el momento actual de la Reina Emérita es la necesidad de apoyos estables, discretos y constantes. Y ahí es donde Irene y Victoria Federica aparecen no solo como familiares cercanas, sino como dos presencias fundamentales en su día a día. No es una cuestión de agenda ni de actos oficiales. Es algo más íntimo, más cotidiano, más importante en realidad: compañía, cercanía, continuidad.

Su relación, tal y cómo describe la revista Vanity Fair, que desde fuera se describe muchas veces como la de “primas que son como hermanas”, adquiere así una dimensión adicional. No solo se apoyan entre ellas, sino que juntas sostienen también un vínculo intergeneracional que conecta directamente con la reina Sofía. En un contexto en el que la familia ha vivido etapas complejas, con distancias geográficas, tensiones públicas y reconfiguraciones internas, ellas han optado por permanecer cerca.

Y ese “estar” no es menor. A pesar de sus diferencias —Irene, mucho más reservada, centrada en su formación y alejada del foco mediático; Victoria Federica, plenamente integrada en el universo social y digital— ambas coinciden en algo esencial: su relación con su abuela. Una relación que no se construye desde la obligación, sino desde la afinidad y el afecto, y que en los últimos años se ha traducido en una presencia constante a su lado.

Ahí es donde su papel se vuelve relevante.Porque mientras otras figuras de la familia desarrollan sus propios caminos —con agendas más institucionales o vidas asentadas fuera de España—, Irene y Victoria Federica representan una cercanía más inmediata, más accesible, más emocional. Son, en cierto modo, el puente entre generaciones. Las que están. Las que acompañan. Las que no necesitan protagonismo para ser importantes.

Y eso, en una institución donde todo se mide, tiene un valor especial aunque en Palacio, tal y cómo cuentas a ESdiario fuentes internas, miran a ambas con recelo. A una por su apellido Urdangarin y a la otra, por su excesiva exposición mediática.

Su relación entre ellas, forjada desde la infancia y reforzada con el paso del tiempo, facilita además ese papel compartido. No hay competencia, no hay distancia. Hay complicidad. Una forma de entender la familia que les permite moverse con naturalidad en un entorno que, en otras circunstancias, podría resultar más rígido.

No es casualidad que se las vea juntas en momentos clave, ni que mantengan un contacto fluido a pesar de sus distintas rutinas. Porque lo que las une no es solo la sangre, sino una manera similar de situarse dentro de la familia: desde la cercanía, desde la lealtad, desde la discreción.

Y en ese posicionamiento, su apoyo a la Reina Sofía se convierte en el eje que da sentido a todo lo demás.

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