Conmoción en España por la trágica muerte de Juan Tamariz
El conocido ilusionista, maestro de magos, ha fallecido a los 83 años en Madrid. Se marcha una figura indiscutible en la cartomagia y uno de los rostros más queridos del espectáculo

El mago Juan Tamariz.
España se ha quedado un poco más huérfana de ilusión. Juan Tamariz, uno de los rostros más queridos y reconocibles de la televisión y uno de los grandes maestros de la cartomagia, ha fallecido este martes a los 83 años en Madrid. Se marcha una figura irrepetible, pero también un personaje que consiguió algo extraordinariamente difícil: hacer creer en la magia a varias generaciones de españoles.
Su sombrero, su pelo rizado, sus gestos imposibles y aquella sonrisa que parecía formar parte de cada uno de sus trucos pertenecen ya a la memoria colectiva. Tamariz no necesitaba grandes escenarios para provocar el asombro. Una baraja, unas monedas y su inconfundible sentido del humor eran suficientes para conseguir que el espectador olvidara durante unos minutos que estaba ante un simple juego de manos.
La noticia de su fallecimiento ha sido confirmada por su familia, que recuerda la trayectoria de uno de los grandes nombres de la magia española. Tamariz ha muerto a los 83 años después de dedicar prácticamente toda su vida al ilusionismo y convertirse en una referencia internacional de la cartomagia.
La conmoción en España es inevitable. Porque Tamariz no era solamente un mago. Era parte de la vida de millones de españoles. Apareció en televisión cuando muchos de quienes hoy lamentan su muerte eran niños y consiguió mantener intacta su capacidad para sorprender incluso cuando aquellos niños ya se habían convertido en adultos.
Su vinculación con Un, dos, tres... responda otra vez terminó de convertirlo en un personaje popular. Allí mostró una personalidad absolutamente alejada del estereotipo del mago serio, distante y enfundado en un esmoquin. Tamariz hizo de la naturalidad, el humor y el caos aparente una auténtica marca personal.
Pero reducir su legado a la televisión sería cometer una enorme injusticia. Juan Tamariz era un maestro entre maestros. Su influencia sobre varias generaciones de ilusionistas es extraordinaria y sus libros y estudios sobre cartomagia se han convertido en material de referencia para profesionales de todo el mundo.
Su historia comenzó siendo prácticamente un juego infantil. Desde muy pequeño quedó fascinado por la magia y recibió una caja de trucos que terminaría marcando su destino. Con apenas 18 años ingresó en la Sociedad Española de Ilusionismo después de superar unas pruebas que demostraron que detrás de aquel joven había algo mucho más serio que una simple afición.
En 1973 llegó uno de los grandes reconocimientos de su carrera: el Premio Mundial de Cartomagia en París. Aquel éxito internacional confirmó lo que los especialistas ya sabían: Tamariz no era simplemente un magnífico artista televisivo, sino uno de los grandes estudiosos y renovadores de la magia de su tiempo.
Y precisamente ahí reside una de las claves de su enorme legado. Tamariz nunca dejó de estudiar. Nunca dejó de experimentar. Nunca dejó de buscar una manera diferente de conseguir que una persona mirase una baraja y, durante unos segundos, pensara que las leyes de la realidad acababan de saltar por los aires.
También fue un extraordinario divulgador. Acercó la magia a quienes nunca habían pisado un teatro y, al mismo tiempo, consiguió que algunos de los mejores profesionales del mundo acudieran a España para compartir conocimientos. Su influencia trascendió fronteras y generaciones.
Quienes tuvieron la oportunidad de conocerle destacan precisamente esa generosidad. Tamariz entendía la magia como un conocimiento que debía compartirse. Su filosofía estaba muy lejos de la competición permanente: lo importante era seguir aprendiendo y transmitir lo aprendido.
Su familia también ha continuado vinculada al mundo del ilusionismo. Su hija Ana Tamariz ha seguido sus pasos y dirige una escuela de magia en Madrid, prolongando una tradición familiar que tiene en Juan Tamariz a su principal referente.
Pero lo que hoy queda es, sobre todo, el recuerdo de un hombre capaz de hacer sonreír. En una televisión que ha cambiado radicalmente, en una sociedad dominada por las pantallas y en una época en la que prácticamente todo parece explicable en cuestión de segundos, Tamariz conservaba un superpoder que cada vez resulta más extraño: conseguir que el espectador quisiera dejarse engañar.
No había trampa que molestara cuando procedía de él. Al contrario. El público sabía que estaba siendo engañado y, aun así, quería participar en el juego. Porque Tamariz no vendía únicamente trucos. Vendía asombro, imaginación y la posibilidad de volver a sentirse niño durante unos minutos.
Su muerte deja un vacío enorme en el mundo de la magia y, sobre todo, en la memoria sentimental de España. Se ha marchado uno de esos personajes que no necesitan presentación porque forman parte de nuestra propia historia.
Juan Tamariz dedicó su vida a demostrar que la magia existía, aunque todos supiéramos que había una explicación detrás de cada truco.