Conflicto: el Emérito maniobra mundialmente por Marruecos y el Rey Felipe le frena

Don Juan Carlos se ofreció para una posible mediación tras la invasión en Ceuta pero en la Casa Real lo desautorizan yconsideran que esa etapa “es del pasado”.

El Rey Juan Carlos, en una imagen de archivo.Europa Press

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Juan Carlos I ha vuelto a encontrarse con una puerta cerrada en Zarzuela. Y esta vez el asunto no es familiar ni tiene que ver con sus apariciones públicas. El movimiento afecta directamente a uno de los terrenos en los que el Rey Emérito se sintió durante décadas especialmente cómodo: la diplomacia personal. Su histórica relación con la Familia Real marroquí le habría llevado a plantear la posibilidad de ejercer como intermediario ante Mohamed VI, pero desde el entorno de Felipe VI la respuesta ha sido tajante: no hay espacio para una diplomacia paralela.

La maniobra resulta especialmente significativa por el momento que atraviesan las relaciones entre España y Marruecos y por el delicado escenario abierto en torno a Ceuta y Melilla. En este contexto, cualquier gesto procedente de un miembro de la Familia Real puede adquirir una dimensión política extraordinaria y, en Zarzuela, quieren evitar precisamente que eso ocurra.

Según Monarquía Confidencial, Juan Carlos I habría puesto sobre la mesa su disposición para utilizar sus antiguos vínculos con la corte alauita y tratar de mediar con Mohamed VI. Una iniciativa que, siempre según estas fuentes, ha sido frenada inmediatamente por el entorno del Rey.

El mensaje de Palacio no deja demasiado margen para la interpretación: el Emérito ya no tiene protagonismo en la gestión de la política exterior española. Y mucho menos puede abrir un canal propio con una monarquía tan estratégica para España como la marroquí.

No es difícil entender por qué la propuesta podía resultar tentadora para Juan Carlos I. Durante décadas construyó una relación personal extraordinariamente estrecha con la familia real marroquí. Su vínculo con Hassan II fue especialmente intenso, hasta el punto de que el propio Emérito llegó a considerar al monarca alauita prácticamente como un hermano. 

Con Mohamed VI la relación continuó, aunque bajo circunstancias diferentes. Juan Carlos I acumuló durante su reinado un conocimiento directo de la corte marroquí y una agenda de contactos que ningún otro miembro de la Casa del Rey podía reproducir exactamente. Durante años, esa diplomacia de proximidad fue uno de los instrumentos utilizados para desatascar conflictos entre ambos países.

Felipe VI ha construido desde su llegada al trono una concepción mucho más institucional de la acción exterior de la Corona. La política internacional de España debe desarrollarse a través de los cauces oficiales y en coordinación con el Gobierno. Y esa regla adquiere todavía más importancia cuando el interlocutor es Marruecos.

Desde Zarzuela consideran que cualquier intervención del Emérito podría generar un problema añadido. Aunque Juan Carlos I actuara con la mejor de las intenciones, su presencia en una negociación o en un intento de mediación podría ser interpretada como una representación de la Corona que ya no ostenta. Las fuentes citadas lo resumen así: "El Emérito lo hace desde su buena fe, pero no tiene protagonismo en esta situación ni le compete la gestión".

Durante el reinado de Juan Carlos I, las relaciones personales del monarca constituían una herramienta diplomática de primer orden.

Felipe VI ha decidido marcar una frontera muy clara. La Corona sigue teniendo un papel fundamental en la política exterior, pero ese papel se ejerce desde la institución, no desde las relaciones personales de un monarca que ya no ocupa la Jefatura del Estado.

Y Marruecos es probablemente uno de los lugares donde esa frontera resulta más importante. Ceuta y Melilla, las reivindicaciones territoriales marroquíes, la inmigración, la cooperación económica y la seguridad convierten cualquier contacto de alto nivel entre Madrid y Rabat en un asunto de máxima sensibilidad.

Por eso, en Zarzuela no quieren que nadie pueda interpretar que existen dos diplomacias españolas: una oficial, encabezada por Felipe VI y coordinada con el Gobierno, y otra informal, basada en los contactos personales de Juan Carlos I.

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La decisión supone un nuevo capítulo en el progresivo desplazamiento del Emérito de las funciones que desempeñó durante casi cuatro décadas. Juan Carlos I conserva contactos internacionales y una capacidad de interlocución acumulada durante sus años de reinado. Pero esos contactos ya no pueden traducirse en actuaciones diplomáticas en nombre de España.