ESdiario

La escalofriante historia de Antonio Acedo, maquinista del AVE que sabía que iba a morir

Nacido en Móstoles en 1990, procedía de una familia ferroviaria y encontraba en la fotografía otra manera de mirar los paisajes que tanto amaba. En los últimos instantes del viaje, tuvo ante sí una escena imposible de olvidar.

Antonio Acedo en dos fotografías de sus redes sociales.

Antonio Acedo en dos fotografías de sus redes sociales.redes sociales

David Lozano
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Las tragedias también tienen historias personales. La de Antonio Acedo Meneses es una de ellas. Tenía 35 años, trabajaba como maquinista de Renfe y llevaba el ferrocarril en las venas mucho antes de convertirlo en su profesión. Nacido en Móstoles en 1990, creció en una familia estrechamente vinculada al mundo de los trenes.

Ahora, su nombre queda unido para siempre al accidente ferroviario de Urda, en Toledo, una tragedia que ha truncado una vida y ha dejado a familiares, amigos y compañeros sumidos en el dolor.

Antonio no llegó a las vías por casualidad. Su padre también fue maquinista y su abuelo trabajó como electricista en Renfe. Tres generaciones unidas por el ferrocarril, por ese universo de horarios, estaciones, señales y trayectos que para muchos es solo una forma de viajar, pero que para ellos constituía una manera de entender la vida. Antonio heredó esa vinculación familiar y la convirtió en su oficio, compartiendo con su padre y su abuelo una pasión que iba mucho más allá de ganarse el sueldo.

Fuera de la cabina, encontraba otra forma de contemplar el mundo: la fotografía. Le gustaba retratar paisajes ferroviarios, captar la belleza de las vías y detener en una imagen aquello que, a bordo de un tren, pasa fugazmente ante los ojos. Resulta difícil no encontrar una dolorosa paradoja en esa afición. El hombre que disfrutaba observando los trenes y sus paisajes a través de una cámara terminó protagonizando una de las escenas más trágicas que puede afrontar un maquinista.

En los instantes finales del recorrido antes del accidente, Antonio se encontraba al frente de un tren que avanzaba hacia un desenlace fatal. Si, como cabe imaginar por su posición en la cabina, llegó a ver el otro convoy sobre las vías, pudo comprender en una fracción de segundo la gravedad de lo que estaba sucediendo. Un maquinista conoce la fuerza de una composición ferroviaria, las distancias que necesita para detenerse y los límites de cualquier reacción cuando el peligro aparece demasiado cerca. No es posible saber qué vio exactamente Antonio, qué pudo pensar ni cuánto tiempo tuvo para reaccionar. Pero la posibilidad de enfrentarse de repente a otro tren, sin margen suficiente para evitar el impacto, permite hacerse una idea de la angustia de esos últimos instantes.

Mientras los pasajeros confiaban en llegar a su destino, Antonio tenía la responsabilidad de conducirlos. En una situación así, el profesional que ocupa la cabina puede ser consciente antes que nadie de la amenaza que tiene delante. No significa que supiera con certeza cuál sería el desenlace, pero sí sabía que él iba a morir, tal y como explica un experto maquinista a ESdiario.

Su historia personal emerge ahora entre las consecuencias del accidente de Urda y las noticias que intentan reconstruir lo ocurrido. Detrás del uniforme no había solo un trabajador de Renfe: había un hijo, un compañero, un hombre con aficiones y una vida propia, ligada a una familia que llevaba décadas vinculada al ferrocarril. La espera de sus allegados, pendiente de noticias en medio de la confusión tras el terrible accidente ferroviario, añadía a la tragedia una dimensión íntima que ninguna cifra puede reflejar.

Antonio Acedo había encontrado en los trenes su profesión y en la fotografía una manera de conservar sus paisajes. Esas dos pasiones quedaron unidas de la forma más cruel en el accidente de Urda. Hoy, cuando se intenta comprender la magnitud de lo ocurrido, su historia recuerda que detrás de cada convoy hay personas que trabajan, familias que esperan y vidas enteras que no deberían quedar reducidas a un balance de víctimas.

Porque Antonio no era únicamente el maquinista de uno de los trenes accidentados. Era un hombre que había heredado una vocación, que disfrutaba mirando el mundo a través de su cámara y que salió a trabajar sin saber que aquel trayecto podía convertirse en el último. Su recuerdo permanecerá ligado al ferrocarril, pero también a todo lo que quedó fuera de la cabina: su familia, sus amigos y las fotografías de los paisajes que tanto le gustaba contemplar.

tracking