ISABEL RODRÍGUEZ
El PSOE presume de feminismo mientras archiva denuncias durante cinco meses
El caso Paco Salazar ha destapado algo mucho más grave que un fallo puntual: un sistema diseñado para proteger al partido, no a las víctimas. Mientras el PSOE se envuelve en la bandera del feminismo, sus protocolos dejan denuncias de acoso sexual durmiendo en un cajón durante medio año. Y aun así, se declaran orgullosos.

Isabel Rodríguez en Más de Uno
El caso Paco Salazar ha destapado algo mucho más grave que un fallo puntual: un sistema diseñado para proteger al partido, no a las víctimas. Mientras el PSOE se envuelve en la bandera del feminismo, sus protocolos dejan denuncias de acoso sexual durmiendo en un cajón durante medio año. Y aun así, se declaran orgullosos.
Orgullosos del cajón
En el PSOE no hay rectificación ni propósito de enmienda. Hay orgullo. Así lo dejó claro esta semana la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, en el programa Más de Uno de Carlos Alsina, al defender la gestión del caso Paco Salazar. Orgullosos de un “sistema” que permitió que una denuncia por acoso sexual permaneciera cinco meses archivada sin consecuencias.
Preguntada directamente por si estaba satisfecha con la actuación del partido, la ministra optó por el manual socialista: muchas palabras, ninguna respuesta. Habló de debates abiertos, de normativas pioneras y de avances feministas “irreversibles”, pero evitó explicar lo esencial: por qué nadie actuó durante medio año.
Reacción “inmediata”… seis meses después
Según Rodríguez, el PSOE “reaccionó desde el primer momento”. Una afirmación que choca frontalmente con la realidad. El partido no reaccionó hasta que el escándalo salió a la luz pública. Antes hubo silencio, protección y reuniones discretas, como la conocida cena de Pilar Alegría con el propio Salazar “para aclarar las cosas”.
El famoso protocolo feminista del PSOE no falló por exceso de celo, sino por inacción. Y aun así, desde Ferraz presumen de ser “los primeros” en tener un sistema de este tipo. Ser pioneros, al parecer, consiste en no mover un papel hasta que interviene la prensa.
La Fiscalía, solo para los otros
El doble rasero del Gobierno resulta ya obsceno. Mientras varias ministras exigían llevar a la Fiscalía las informaciones publicadas sobre Julio Iglesias, calificándolas de “muy graves”, el caso Salazar sigue fuera del ámbito judicial.
Aquí el argumento cambia: ahora hay que “respetar a las víctimas” y esperar a que sean ellas las que denuncien si quieren. El respeto a las víctimas se convierte así en una coartada perfecta para no hacer nada cuando el señalado es del PSOE.
Un patrón, no una excepción
El caso Paco Salazar no es un episodio aislado. En los últimos meses han ido aflorando ocho o diez casos de acoso sexual dentro del PSOE, todos con el mismo desenlace: ruido inicial, desaparición posterior y cero explicaciones públicas.
No se sabe qué ha pasado con las denunciantes, no se conocen sanciones ni responsabilidades, ni siquiera se informa de si los expedientes siguen abiertos o han sido archivados. Todo queda enterrado bajo una losa de silencio.
Feminismo de pancarta y silencio interno
A pesar de todo, el PSOE sigue dando lecciones. Hablan de “cero impunidad” y de compromiso firme contra el machismo. La realidad es que sí existen espacios de impunidad perfectamente definidos: la sede de Ferraz y el complejo de La Moncloa.
Si el escándalo afecta a otros, hay exigencias, comunicados y llamadas a la justicia. Si afecta a los propios, se impone la estrategia de siempre: aguantar el temporal, esperar a que pase y cambiar de tema.
La credibilidad, agotada
El feminismo socialista ha dejado de ser un principio para convertirse en un eslogan electoral. Sirve para señalar al adversario, pero no para mirar hacia dentro. La credibilidad del PSOE en esta materia está completamente agotada.
La próxima prueba llegará pronto. El 8 de febrero, elecciones en Aragón. Ahí se verá si los votantes siguen comprando este discurso o si empiezan a pasar factura a tanta hipocresía.
Porque una cosa ha quedado clara: en el PSOE están orgullosos. Orgullosos de su protocolo, de su silencio y de su cajón. Y eso, por mucho que lo disfracen, no es feminismo. Es política en su versión más cínica.