"no a la guerra"
Alsina ironiza con el “no a la guerra” rescatado por Sánchez: “Para emular a ZP, solo falta que se deje crecer las cejas”
El director de Más de uno retrata el “remake” político del presidente: del “trío de la bencina” al “trío de las Azores”, con ministros en modo pancarta y una Moncloa que busca vestir de épica lo que huele a táctica. Entre la paz como eslogan y la guerra como argumento, la comedia —alemana— vuelve a estar de estreno.

El presentador de 'Más de uno' en Onda Cero, Carlos Alsina.
Hay frases que se guardan en un cajón y se sacan cuando conviene. Como las corbatas grises para los funerales, o las promesas de reforma para campañas. Pedro Sánchez ha desempolvado el “no a la guerra” con esa soltura de quien no lo usa por convicción sino por utilidad: hoy toca paz, mañana ya veremos. Y Carlos Alsina, desde su monólogo en Más de uno, le ha puesto el espejo delante con la misma mezcla de ironía y bisturí con la que lleva años descosiendo relatos: si el presidente quiere emular a Zapatero, “solo falta que se deje crecer las cejas”.
La ocurrencia, que no es solo un chiste sino un diagnóstico, llega en pleno intento de Moncloa de convertir el clima internacional —tenso, incierto, inflamable— en un escenario doméstico: Sánchez como pacifista jefe, la oposición como amante de las bombas, y el viejo lema de 2003 como si fuera un “hit” de verano que siempre vuelve.
Del cine a la política: el “trío” que nunca fue trío
Alsina arranca donde duele: en la memoria colectiva. En la España que iba de pancarta en pancarta, “Azores” no fue una cumbre: fue una foto. Un icono. Un símbolo que simplificaba un debate complejo en una imagen fácil de repartir. Y, como toda buena simplificación, funciona mejor en titulares que en matices.
Por eso el periodista se recrea en el viaje cultural de una expresión: de “Los tres de la gasolinera” al “Trío de la bencina” —esa etiqueta que en España acabó significando “incendiarios” y que delata la edad de quien la pronuncia— hasta aterrizar, inevitablemente, en “el trío de las Azores”. Y aquí viene el truco: aquel trío, recuerda Alsina, también tenía algo de cuarteto. Porque Portugal existía, aunque a Sánchez le estorbe en el encuadre y prefiera la versión recortada del álbum.
El “rejuvenecimiento” que describe Alsina no es biológico: es político. En 2003 algunos eran jóvenes movilizados; en 2026 son ministros con cargo intentando que alguien vuelva a movilizarse. La nostalgia como gasolina. El eslogan como atajo.
La paz como bandera… y como arma arrojadiza
El problema no es que un presidente defienda la desescalada. El problema —según el retrato de Alsina— es el uso selectivo de la paz: la equidistancia cuando interesa, el dedo acusador cuando conviene. Sánchez se presenta como árbitro moral del conflicto, exhorta a unos y otros a abrazar la diplomacia y se apropia de la “noble bandera” de la paz… mientras su maquinaria política afila el mensaje: si no estás conmigo, estás con la guerra.
Y ahí aparece el objetivo interno: Feijóo. Porque el “no a la guerra” no se rescata solo para confrontar con Washington, Tel Aviv o Teherán; se rescata, sobre todo, para retratar al adversario doméstico como enemigo de la paz. Una estrategia vieja con etiqueta nueva, una película ya vista con reparto actualizado.
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El Gobierno “multiverso”: Albares predica y Robles improvisa
En mitad del episodio, Alsina introduce el elemento que convierte la crónica en comedia: la escena de Margarita Robles con el embajador estadounidense. Un “mudo” televisivo que, por tentación del sonoro, acaba con frase escuchada a medias y una amenaza doméstica convertida en gag diplomático: la ministra hablando de “apagar la calefacción”.
No sería más que una anécdota si no encajara tan bien en el cuadro general: el de un Ejecutivo donde cada cual interpreta su papel con autonomía de guion. Alsina lo sugiere con mala leche y precisión: hay ministros que parecen “un gobierno en sí mismos”, distintos del otro.
Y mientras Albares insiste en la paz —con excepción hecha del PP, donde la diplomacia se corta—, desde Estados Unidos llega una “versión original” tan insólita que en Moncloa la despachan como fábula: que Sánchez habría “recogido cable” y estaría dispuesto a colaborar más de lo que aparenta. Intriga servida.
La gran incoherencia: las bases de junio y las bases de hoy
El remate del monólogo es el que deja marca: la comparación entre lo permitido en junio y lo negado ahora. Alsina plantea una pregunta sencilla, por eso es incómoda: si cuando a Trump le interesó usar bases españolas para preparar operaciones el Gobierno se amparó en “los tratados” y “el convenio”, ¿por qué ese mismo argumento sirve hoy para lo contrario?
En otras palabras: lo que era legal y asumible entonces, sería ilegal e inasumible ahora. No cambia el papel; cambia el interés. Y cuando un relato depende del calendario más que de los principios, la hemeroteca se convierte en un enemigo peor que la oposición.
Un “remake” con calefacción bajada
Al final, lo que pinta Alsina es un país donde la política exterior se usa como política interior, y donde la paz se convierte en un instrumento de confrontación: no tanto para parar misiles como para ganar el relato. Sánchez quiere la foto del pacifista; sus socios quieren la épica de la movilización; y el Gobierno, en su conjunto, ofrece una coreografía de contradicciones que a veces parece escrita por guionistas con prisa.
La comedia permite giros, decía Alsina. El problema es que, cuando el protagonista global se llama Trump, lo que parece comedia suele terminar en drama. Y España, mientras tanto, sigue estrenando remakes: viejos lemas, nuevas cejas pendientes y una calefacción que, según el día, se enciende o se apaga al ritmo de la conveniencia.