A los 89 años
Fallece Raúl del Pozo, el último gran 'escritor de periódicos', narrador de la vida política y social española
Contador de historias del Madrid del tardofranquismo y la Transición, periodista sin título pero con estilo propio, heredó la histórica columna de Francisco Umbral en la contraportada de el diario El Mundo, bautizó la Costa Fleming y publicó varios libros alabados por la crítica.

El periódico El Mundo, su casa durante las últimas décadas, ha anunciado la muerte de Raúl del Pozo, el último gran cronista de la prensa española. Representante de una raza casi extinguida, la de los escritores de periódicos, que combinaban el pulso del cronista con el estilo literario. La estirpe de Francisco Umbral, a quien, no en vano, Del Pozo sustituyó en 2007, cuando el autor de Mortal y rosa falleció y dejó huérfana su columna de la contraportada de El Mundo.
Conquense, nacido en 1936, su primer trabajo fue como profesor de escuela y entre sus alumnos llegó a contar con el futuro general Félix Sanz Roldán, que luego ocuparía la dirección del CNI en un controvertido mandato. “Nunca se olvida a quien te enseñó a leer”, llegaría a decir el militar, que se convirtió en una de las fuentes favoritas de Raúl del Pozo.
Se vino a Madrid en los sesenta y se convirtió en periodista sin título, ni falta que le hacía, en las galeras del diario Pueblo, un periódico de los Sindicatos Verticales de la Falange que Emilio Romero, su director, convirtió en el mejor exponente del nuevo periodismo. De ahí salieron nombres como Carmen Rigalt, Arturo Pérez-Reverte, Rosa Montero o el propio Del Pozo.
Se hizo contador de historias sin género periodístico fijo, como los mejores cronistas. Lo mismo era la noticia puntual de un coche bomba, una crónica vitriólica de una sesión en las Cortes o una entrevista a la estrella de turno. A todo le puso su impronta.
Protagonista y, a la vez, juglar del Madrid del tardofranquismo y la Transición, llegó a bautizar una zona de la capital como Costa Fleming, como ejemplo de la liberación de costumbres —y del reguero de dólares— que supuso la llegada de las bases americanas y su forma de entender la vida.
Lola Flores: “Estoy hasta el coño de filósofos”
Tampoco los medios audiovisuales le fueron ajenos y llegó a ser guionista de Jesús Quintero en la radio y a dirigir a Lola Flores en Antena 3. El invento se llamó Sabor a Lolas y era de las cosas de las que más orgulloso estaba. La Faraona ya estaba en la recta final de su vida y a Raúl le hacía gracia juntarla con nombres como Fernando Sánchez Dragó, Fernando Savater o Fernando Arrabal. Un día Lola, a la que él llegó a definir como “John Wayne con bata de cola”, se lo dijo claro: “Estoy hasta el coño de filósofos”.

Raúl del Pozo.
Fue a principios de los noventa cuando desembarcó en El Mundo y allí cubrió todas las secciones. Se hicieron célebres sus Desnudos de agosto, miniperfiles en los que, en apenas 600 palabras, describía a los personajes de la vida nacional. Fue en estos textos donde contó que Alfonso Guerra se refería a José Luis Rodríguez Zapatero como Bambi. También hizo una saga sobre los últimos años de Cayetana de Alba, que no gustó especialmente a quien tan bien conocía, en muchos aspectos, el propio Raúl.
Uno de sus últimos personajes femeninos favoritos fue Espido Freire, con la que llegó incluso a escribir una novela a medias (La diosa del pubis azul).
Este fue uno de los muchos libros que publicó Del Pozo, aunque su vocación periodística le hizo prestar poca atención a la novela, donde destacó con La novia y Ciudad levítica, dos artefactos literarios donde dejó constancia de su pulso narrativo y su capacidad descriptiva.

Su libro sobre 'El Cordobés'.
Eso sí, en el mercado del libro empezó con una brillante biografía de Massiel, al hilo de la actualidad tras ganar el Festival de Eurovisión. En 1980 hizo lo propio con Manuel Benítez “El Cordobés”, que se enfadó con él por sus indiscreciones en un magnífico libro titulado Ataúd de terciopelo, un texto que se leía independientemente de si a uno le interesaban o no los toros.
Una característica de los cultivadores del estilo, como Del Pozo, era que la forma estaba por encima del fondo: la calidad literaria por encima del género periodístico al que perteneciese la crónica.