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Vallés desmonta el argumentario de Sánchez: del “No a la guerra” a la nada económica

El periodista deja en evidencia a un Gobierno instalado en la propaganda mientras los precios castigan a las familias: Moncloa fía a un eslogan lo que no resuelve con medidas

Vicente Vallés  en la clausur del encuentro internacional de juristas.

Vicente Vallés en la clausur del encuentro internacional de juristas.Europa Press

Luis Sordo
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El Gobierno de Pedro Sánchez ha vuelto a retratarse en una de esas escenas que condensan toda una forma de gobernar: mucha consigna, mucha pose y muy poca solución. En plena angustia de las familias por la escalada de los precios, con la energía disparada y la cesta de la compra convertida en un lujo creciente, la ministra portavoz despachó la situación con una frase que Vicente Vallés señaló con precisión quirúrgica.

“La ministra portavoz ha dicho con cierto candor que el ‘No a la guerra’ es la mejor medida posible”. La observación del presentador no fue solo una crítica periodística. Fue un retrato demoledor del sanchismo en estado puro: confundir propaganda con gestión y relato con realidad.

Porque eso es lo que parece hoy el Ejecutivo socialista. Un aparato político obsesionado con la frase grandilocuente, con el titular de trinchera ideológica y con la escenificación sentimental, pero incapaz de ofrecer respuestas serias cuando los ciudadanos esperan algo más que marketing.

Un Gobierno atrapado en el eslogan

Lo verdaderamente grave no es la torpeza verbal de una portavoz, sino lo que revela esa torpeza. Vallés fue más allá y puso negro sobre blanco la filosofía de fondo que parece imperar en Moncloa: “Moncloa considera que el ‘No a la guerra’ resultará medida suficiente para evitar la subida de los precios y, por tanto, no habrá más medidas”.

La frase encierra una crítica devastadora al corazón mismo del proyecto de Sánchez. El presidente ha construido su carrera política sobre el control del relato, sobre la superioridad moral impostada y sobre la permanente campaña de comunicación. El problema llega cuando ese método, útil para blindarse unos días en titulares amigos, choca con la crudeza del recibo de la luz, del combustible o del carro del supermercado.

Y ahí es donde el PSOE vuelve a mostrar su peor versión: la de un partido más preocupado por colocar marcos ideológicos que por gobernar con eficacia. El “No a la guerra” puede funcionar como pancarta, como consigna de partido o como recurso emocional. Lo que no hace es llenar la nevera.

Sánchez, maestro del relato, rehén de su vacío

Pedro Sánchez ha llevado hasta el extremo una forma de hacer política basada en la imagen. Cada crisis se aborda primero desde la propaganda, después desde el cálculo partidista y solo al final, y a menudo tarde, desde la gestión. Es un patrón que se repite. Ante cualquier dificultad, La Moncloa activa un mensaje moralizante, busca culpables externos y se presenta como dique de contención frente al caos que ella misma no sabe atajar.

Pero esta vez el disfraz empieza a resquebrajarse. Porque no se puede pedir paciencia infinita a los españoles mientras el Gobierno responde con lemas de manifestación a problemas de primera magnitud. La distancia entre la retórica oficial y la vida real empieza a ser demasiado obscena.

El PSOE de Sánchez ya ni siquiera intenta disimularlo. Ha asumido que una buena parte de su política consiste en administrar emociones, en polarizar el ambiente y en presentar cualquier crítica como un ataque interesado. Sin embargo, la inflación no entiende de argumentarios de Ferraz. Los precios no bajan porque un ministro adopte tono solemne ante las cámaras. Y la economía no se corrige con gestos vacíos.

El candor de la portavoz, el cinismo de Moncloa

La referencia de Vallés al “cierto candor” de la ministra portavoz incluso se queda corta. Porque a estas alturas cuesta creer en la ingenuidad. Lo que hay en realidad es una mezcla de frivolidad política y cinismo de poder. Frivolidad, porque se trivializa una crisis que golpea con dureza a millones de hogares. Y cinismo, porque se pretende vestir de respuesta lo que no pasa de ser una coartada verbal.

Moncloa actúa como si bastara con repetir una consigna para anestesiar el malestar social. Como si el ciudadano, castigado cada mes por facturas más altas, fuera a conformarse con un repertorio de eslóganes de viejo mitin. Como si la simple ocupación del espacio mediático pudiera sustituir indefinidamente la ausencia de decisiones eficaces.

El problema para Sánchez es que este truco empieza a agotarse. Y no por la oposición, sino por el peso insoportable de la realidad. Cuando la vida se encarece, el decorado se viene abajo. Cuando el bolsillo aprieta, la propaganda pierde brillo.

El PSOE vuelve a mirar a la pancarta

El socialismo gobernante ha regresado a uno de sus reflejos más clásicos: abrazarse a la pancarta cuando no sabe qué hacer con el BOE. El “No a la guerra” sirve para activar al electorado más ideologizado, para repartir culpas y para construir un clima emocional favorable. Pero gobernar exige otra cosa. Exige medidas, reformas, previsión y seriedad.

Nada de eso se desprende de las palabras que destacó Vallés. Más bien al contrario: lo que se percibe es un Ejecutivo resignado a sustituir la acción por el símbolo. Un Gobierno que vuelve a hablar como si aún estuviera en la oposición, cuando en realidad ocupa todos los resortes del poder.

Y ese es quizá el mayor reproche a Sánchez: no solo gobierna mal determinadas crisis, sino que además intenta tapar esa debilidad con una maquinaria de propaganda cada vez más evidente. El presidente no ofrece certezas; ofrece escenografía. No transmite solvencia; transmite cálculo. No presenta un plan; presenta una frase.

Cuando el relato ya no tapa la factura

Vicente Vallés puso el dedo en la llaga con una frase breve, pero de enorme carga política. Porque lo que dejó al descubierto no fue un simple tropiezo verbal, sino toda una manera de entender el poder. La del sanchismo de escaparate, la del PSOE de consigna y aplauso fácil, la del Gobierno que cree que todavía puede gobernar a golpe de plató.

Pero hay un límite que ningún argumentario puede rebasar: la realidad cotidiana de los españoles. Y esa realidad dice que los precios suben, que el malestar crece y que las familias no viven de consignas. Viven de ingresos, de certezas y de medidas concretas.

Por eso la frase de la portavoz, retratada por Vallés, no es una anécdota. Es un síntoma. El síntoma de un Gobierno agotado en su propio relato, de un PSOE cada vez más entregado a la propaganda y de un Pedro Sánchez que sigue creyendo que una buena frase puede sustituir a una buena gestión.

Y eso, más que candor, empieza a parecer una burla.

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