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Alsina retrata la gran derrota de Sánchez: el PP ya asume que solo con Vox podrá desalojar al sanchismo

El director de Más de uno constata que la izquierda se desploma elección tras elección mientras Feijóo y Abascal dan por inevitable una alianza para poner fin al ciclo político de Pedro Sánchez.

Carlos Alsina, en los estudios centrales de Onda Cero.

Carlos Alsina, en los estudios centrales de Onda Cero.APE

Luis Sordo
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Pedro Sánchez ya no puede esconder la magnitud del problema. Cada vez que se abren las urnas, el veredicto se repite con una claridad cada vez más hiriente para La Moncloa: la derecha suma, la izquierda retrocede y el llamado “muro” del sanchismo se resquebraja fuera del blindaje parlamentario que le sostiene en Madrid. Carlos Alsina ha puesto voz a esa evidencia incómoda para el PSOE: el PP ha dejado de fingir que puede gobernar solo y ha asumido que el único camino real para echar a Sánchez pasa por una alianza estable con Vox.

La tesis es relevante no solo por lo que dice del PP, sino por lo que revela sobre el fracaso político del presidente del Gobierno. Porque mientras Sánchez sigue vendiendo como fortaleza su capacidad para resistir a cualquier precio, el mapa electoral demuestra otra cosa mucho menos amable: su fórmula de poder depende de pactos de supervivencia, de cesiones constantes al separatismo y de una aritmética parlamentaria cada vez más ajena al pulso real de buena parte del país.

El sanchismo resiste en el poder, pero pierde en las urnas

Eso es, precisamente, lo que subraya Alsina al detenerse en los resultados de Castilla y León, Extremadura y Aragón. En todos esos escenarios, la suma entre PP y Vox se ha impuesto con claridad a la izquierda. Y lo hace, además, de forma reiterada. No como un accidente, sino como una tendencia. Una inercia política que empieza a parecer estructural.

El dato es demoledor para el relato oficial del PSOE. Sánchez podrá seguir atrincherado en el Gobierno gracias a sus socios de conveniencia, pero cada nueva cita electoral deja una fotografía mucho más cruel: el sanchismo ya no ilusiona, no moviliza como antes y no consigue ofrecer una alternativa competitiva frente al bloque de la derecha. Más aún, empieza a convertirse en el principal pegamento de sus adversarios.

Porque esa es otra de las paradojas del momento: Pedro Sánchez ha logrado unir a la derecha más de lo que ha conseguido cohesionar a la izquierda. Su forma de gobernar, basada en la confrontación, la propaganda y la dependencia de sus aliados más radicales, ha terminado por facilitar justo lo que decía querer evitar: la normalización del entendimiento entre el PP y Vox.

Feijóo entierra el último complejo del PP

Durante años, en Génova se aferraron a la idea de que bastaría con ensanchar la distancia con Vox para obligar a Abascal a investir gobiernos del PP sin entrar en ellos. Era una fantasía útil para tranquilizar a los sectores más templados del partido y para evitar el coste reputacional de una coalición abierta con la derecha más dura. Pero la realidad ha terminado devorando esa ficción.

Alsina lo expone con nitidez: esa tesis ha sido aparcada. La nueva doctrina del PP es mucho más directa y mucho más cruda. No hay más camino que la alianza con Vox. En las autonomías y también en España. Feijóo ha entendido que no hay espacio para el autoengaño mientras Sánchez siga dispuesto a gobernar con cualquiera, aceptar cualquier peaje y presentar como normal lo que en otro tiempo habría sido políticamente indecente.

En el fondo, el cambio estratégico del PP es también una consecuencia directa del sanchismo. Si el presidente ha dinamitado los límites para mantenerse en el poder, sus rivales han terminado por concluir que no pueden seguir compitiendo con una mano atada a la espalda.

Sánchez, rehén de sus socios y cada vez más ajeno a la calle

El problema para el presidente no es solo que la derecha sume. El verdadero problema es que su modelo político aparece cada vez más desconectado del sentir mayoritario en muchas comunidades. Mientras el PSOE insiste en explotar el miedo a Vox como espantajo electoral, lo que reflejan las urnas es un desgaste persistente del bloque de izquierdas y una fatiga evidente ante la fórmula Sánchez.

No resulta extraño. El presidente ha convertido la política española en una operación permanente de resistencia personal. Todo gira en torno a él, a su relato, a sus enemigos escogidos y a su capacidad para sobrevivir una semana más. Pero ese esquema, que puede servir para dominar el Congreso mediante alianzas imposibles, muestra muchas más grietas cuando se mide ante los votantes de manera directa.

Porque una cosa es sobrevivir en el poder mediante el apoyo de independentistas, nacionalistas y extrema izquierda, y otra muy distinta convencer a la mayoría social de que ese proyecto merece seguir marcando el rumbo del país. Cada elección autonómica que pierde la izquierda es, en realidad, una enmienda a la totalidad al modelo de Sánchez.

Vox aprieta, pero el objetivo es derrocar al sanchismo

Alsina también introduce un matiz relevante: el PP sigue siendo, con diferencia, la fuerza principal dentro del bloque de derechas. Vox condiciona, exige y quiere cobrar poder, pero no lidera. No está en condiciones de sustituir al PP ni de construir por sí solo una alternativa nacional. Necesita a Feijóo tanto como Feijóo necesita sus votos.

Sin embargo, esa asimetría no cambia el fondo del asunto. Lo que ya nadie discute en la derecha es que el adversario a batir tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez. Y que para hacerlo no bastará con grandes discursos, ni con equilibrios verbales, ni con intentar aparentar una centralidad que la actual aritmética ha dejado obsoleta. Hará falta un bloque compacto, sin complejos y dispuesto a presentar una alternativa de poder reconocible.

Eso es lo que Sánchez ha contribuido a fabricar con su estrategia de tierra quemada. Su obsesión por demonizar al adversario, su recurso constante al frentismo y su dependencia de socios que desconfían del Estado han hecho que cada vez más votantes de la derecha vean natural un entendimiento entre PP y Vox. Justo lo contrario de lo que pretendía.

La gran ironía: Sánchez alimenta aquello que denuncia

Hay en todo esto una ironía difícil de ignorar. Durante años, el presidente ha intentado presentarse como el último dique frente a la derecha y la extrema derecha. Pero cuanto más ha tensado el país, más ha favorecido la consolidación de ese bloque. Cuanto más ha abusado del miedo como herramienta electoral, más ha vaciado de eficacia ese argumento. Y cuanto más ha convertido el poder en un fin en sí mismo, más ha empujado al PP a abrazar la tesis de que solo un pacto sin rodeos con Vox puede cerrar el ciclo del sanchismo.

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