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Nacho Abad se ríe a carcajadas de Montero: "Oh, Juanma Moreno, ¿Cómo osa rivalizar con la reina Mopongo??"

El presentador arranca En boca de todos con una ironía demoledora sobre la vicepresidenta y la financiación singular catalana: recibirla con vítores mientras a los andaluces les “quitan” para contentar al independentismo.

Nacho Abad, presentador de

Nacho Abad, presentador de "En boca de todos"Twitter: @enbocade_todos

Luis Sordo
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España asistió este miércoles a uno de esos momentos televisivos que merecen marco dorado, mantita y repetición en bucle: Nacho Abad abrió En boca de todos con una pieza de ironía tan afilada que en Andalucía debieron de sonar, al unísono, miles de castañuelas del estupor. Porque no todos los días se le recuerda a María Jesús Montero, con fanfarria de sarcasmo, que los andaluces tendrían que recibirla “con flores”, “con cánticos” y, a poder ser, con palmas por sevillanas mientras contemplan cómo les meten la mano en el bolsillo para vestir de seda la singularidad catalana.

La escena era maravillosa. Casi litúrgica. Faltó incienso, una saeta y un ujier anunciando: “¡Haced paso a Su Excelencia, la reina Mofongo, gran sacerdotisa del ‘te quito por tu bien y además me lo agradeces’!”. Porque esa es la gran novedad política del sanchismo versión Montero: no basta con que te quiten; además tienes que aplaudir con entusiasmo administrativo, sonrisa fiscal y vocación de comparsa.

Que les quiten… y que aplaudan

La vicepresidenta, convertida ya en una mezcla entre ministra de Hacienda y emperatriz del agravio selectivo, ha logrado lo que parecía imposible: vender como solidaridad lo que en demasiados rincones de España suena a subasta por capítulos. Y ahí estaba Nacho Abad, con el bisturí del sarcasmo, traduciendo al español de la calle lo que millones de contribuyentes sospechan cuando oyen expresiones como “financiación singular”, “asimetría pactada” o “modelo específico”: preparen la cartera, que la fiesta no sale gratis y, casualmente, siempre pagan los mismos.

Las palabras de Montero

Todo viene además de sus declaraciones de ayer, cuando Nacho Abad, en un arranque de reverencia que parecía escrito entre trompetas y tambores, soltó aquello de que “que una persona que tiene grandes responsabilidades, probablemente la mujer con más poder de la democracia, decida venir a Andalucía a disputar unas elecciones dejando sus cargos es para poner en valor”. La frase, en sí misma, ya retrata una forma de entender la política casi cortesana, como si María Jesús Montero no bajara a presentarse a unas elecciones, sino que descendiera del Olimpo institucional para honrar con su presencia a una tierra necesitada de guía. No era una candidata; era poco menos que una aparición mariana con BOE propio.

Y ahí está precisamente lo ridículo del planteamiento: presentar su desembarco en Andalucía como un sacrificio noble, casi heroico, implica aceptar que ella juega en una categoría superior y que viene a medirse con los de abajo, con los inferiores, con la plebe autonómica que debería agradecer semejante gesto. Como si no viniera a competir políticamente, sino a conceder el privilegio de su presencia a una comunidad a la que se supone menor, periférica y necesitada de tutela. Ese es el tufo de superioridad que desprende el elogio: no pone en valor a Andalucía, pone en valor el ego de quien parece convencida de que rebajarse a pisar el albero andaluz ya merece una ovación.

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