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Cristina Monge desata la polémica: el votante de derechas es "menos exigente" con la corrupción

La politóloga, habitual en tertulias progresistas, provoca una oleada de críticas tras sugerir en la SER que la corrupción penaliza más a la izquierda que a la derecha

Cristina Monge en la noche electoral de Andalucía en la Ser

Cristina Monge en la noche electoral de Andalucía en la Ser

Luis Sordo
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La superioridad moral de cierta izquierda volvió a asomar la cabeza, esta vez en los micrófonos de la Cadena SER. La politóloga Cristina Monge, habitual en tertulias de corte progresista, ha provocado una intensa polémica tras afirmar en El Abierto que “la corrupción penaliza a la izquierda bastante más que a la derecha” y rematar su reflexión señalando que “el votante de la derecha es más… bueno, menos exigente”.

Una frase que, más allá del análisis electoral, ha sido interpretada por muchos usuarios en redes sociales como un nuevo ejemplo del desprecio con el que una parte del progresismo intelectual mira a quienes no votan como ellos. Es decir: si la derecha gana o resiste en las urnas, no sería porque sus votantes tengan criterio propio, sino porque son menos estrictos, menos éticos o menos sensibles ante la corrupción.

El viejo truco: el problema siempre es el votante de derechas

La tesis de fondo resulta conocida: cuando la izquierda no logra el resultado esperado, el problema rara vez está en sus errores, sus escándalos o sus contradicciones. El problema, según esta mirada, está en el votante que no entiende, que no castiga como debería o que, directamente, “vota mal”.

En el contexto de los resultados electorales en Andalucía, Monge trataba de explicar por qué determinados casos de corrupción afectarían de manera distinta según el bloque ideológico. Pero su explicación ha acabado alimentando una polémica mayor: la idea de que el votante conservador tiene una vara de medir más baja en materia de ética pública. Aquí parece que nadie se acuerda de los 66 escaños 

Autocrítica cero ante los escándalos del sanchismo

La ironía es evidente. Mientras desde determinados altavoces se insiste en presentar a la izquierda como más exigente con la corrupción, el Gobierno de Pedro Sánchez acumula polémicas, investigaciones y episodios incómodos que no han provocado, precisamente, una ruptura masiva de su electorado.

Ahí están el caso Koldo, las sombras sobre contratos públicos, las sospechas de clientelismo y el desgaste constante de un Ejecutivo que ha convertido la resistencia política en una forma de supervivencia. Sin embargo, para cierta izquierda mediática, la explicación nunca parece pasar por mirar hacia dentro.

Frente a esa lectura, muchos usuarios han recordado en redes que el PP ya pagó en las urnas el caso Gürtel con un castigo histórico. Mientras tanto, el PSOE de Sánchez ha logrado mantener una base fiel pese a una cadena de escándalos que, si se aplicara la misma vara de medir, deberían pasarle una factura mucho mayor.

El desprecio al “voto equivocado”

La frase de Monge encaja en un patrón que se repite con frecuencia: el votante de derechas es presentado como retrógrado, poco informado, manipulado o, ahora, “menos exigente” con la corrupción. Una forma aparentemente técnica de expresar una vieja idea: que la izquierda tiene una superioridad moral natural y que quien no la comparte necesita ser explicado, corregido o directamente descalificado.

El problema para quienes sostienen ese discurso es que millones de españoles votan opciones conservadoras no por falta de exigencia, sino precisamente porque están hartos de la doble vara de medir, de las lecciones de ética selectiva y de la condescendencia permanente.

La pregunta es sencilla: ¿ayuda este tipo de comentarios a la izquierda a entender sus errores o la aleja todavía más de una parte de la sociedad? Por ahora, la respuesta parece evidente. Autocrítica, ninguna. La culpa, como siempre, es de los demás.

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