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No es que no quiera hablar, es que no puede: una profesora de primaria visibiliza un trastorno infantil que aún se ignora en muchas aulas

El verdadero motivo por el que algunos niños no contestan en clase (y no es timidez)

En las aulas, algunos alumnos participan activamente mientras otros permanecen en silencio por razones que a menudo se malinterpretan.

En las aulas, algunos alumnos participan activamente mientras otros permanecen en silencio por razones que a menudo se malinterpretan.Getty Images

Patricia de la Torre
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Desde que este vídeo de 'La Pizarra de Loreto' supera las 566.000 visualizaciones y 58.000 me gusta, ha removido silencios enquistados en cientos de aulas, igual que lo hizo en su momento la historia viral de la lección que un profesor de Primaria no planeó dar. En él, una maestra relata una experiencia que marcó su primer año de docencia: "Una niña no me hablaba… ni una palabra, ni un gesto". Esa escena, aparentemente simple, abre una grieta profunda: ¿cuántos niños que no responden en clase no callan por elección, sino por bloqueo?

Mutismo selectivo: el silencio que no es elección

Lo que Loreto cuenta da voz a un fenómeno que muchas veces pasa inadvertido. El mutismo selectivo no es timidez extrema ni desinterés; es un trastorno de ansiedad real en el que el niño, aunque cuenta con capacidad para hablar, se bloquea en ciertos entornos —la escuela suele ser el escenario más conflictivo—.

En el relato del vídeo, Loreto subraya también:

"Y si no se detecta a tiempo y no se acompaña bien, puede cronificarse. Lo que más necesitan es que alguien les entienda, que no se les presione, que alguien se quede a su lado, incluso en silencio."

Ese acompañamiento respetuoso es clave. Algunos niños que hablan con naturalidad en casa, se cierran por completo en el entorno escolar. Y ese cambio, lejos de una elección consciente, suele responder a un patrón de ansiedad que impide verbalizar incluso las frases más básicas.

Este trastorno suele manifestarse cuando el niño accede a entornos sociales más estructurados y demandantes, como el colegio, a pesar de que en casa se comunique con normalidad, tal como señala el Child Mind Institute en su guía clínica para padres y docentes sobre mutismo selectivo.

Según la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), la prevalencia del mutismo selectivo en población infantil oscila entre el 0,71 % y el 2 %, aunque advierten que podría ser mayor debido a la subdetección y a la frecuente confusión con otros trastornos como la timidez o la fobia social.

Lo que ante muchos se ve como "silencio inexplicable", para otros es una angustia paralizante que el cuerpo traduce en bloqueo. Algunos maestros atribuyen esa ausencia de palabra a falta de interés, aislamiento o rebeldía, sin imaginar que detrás hay miedo, presión y un mecanismo interno que retiene la voz.

Por qué el silencio persiste y cómo se agrava

Loreto advierte que sin intervención temprana, ese bloqueo puede hacerse crónico. Esa advertencia no es menor. Estudios como el de Rodríguez‑Menchón y Saval‑Manera (2017), publicado en la Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, explican que cuando el mutismo selectivo no se aborda adecuadamente desde una intervención especializada, tiende a consolidarse un patrón de evitación y aumento progresivo de la ansiedad, lo que dificulta su tratamiento con el paso del tiempo.

El entorno escolar, cuando insiste en forzar la participación oral, puede amplificar el problema. Intervenciones como pedir al niño que hable en público, señalarlo constantemente o exigir respuestas verbales sin preparación previa solo intensifican la angustia y el silencio.

El mutismo selectivo tiene un origen multifactorial. Según la Guía de actuación para el profesorado elaborada por el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra, este trastorno surge de la interacción entre factores individuales —como una elevada sensibilidad, rasgos de ansiedad o inseguridad— y factores ambientales, entre los que destacan la presión social, el desconocimiento docente o una estructura escolar poco flexible. Por ello, no basta con "esperar a que se le pase" o confiar en que el niño empiece a hablar por sí solo. La intervención requiere un acompañamiento estructurado, gradual y respetuoso, coordinado entre la escuela, la familia y profesionales especializados en salud mental.

Cómo transformar el aula desde la mirada de una maestra

Loreto se compromete en su vídeo a compartir herramientas útiles en futuras entregas, pero su testimonio ya apunta a lo esencial: no presionar, no exigir, acompañar. Esa actitud coincide con lo que defienden numerosos estudios educativos, como el de Jiménez et al. (2022), que relatan la experiencia real de una docente que, en coordinación con el equipo de orientación y la familia, desarrolló un proceso de acompañamiento basado en el diálogo, la confianza y la no exigencia verbal. El progreso no vino de forzar la palabra, sino de respetar el silencio como parte del proceso.

De manera complementaria, el trabajo de García Jubete (2017) propone una intervención didáctica estructurada desde el aula, combinando técnicas como relajación, economía de fichas, juego simbólico y reforzamiento positivo, adaptadas al ritmo de cada niño. Estas estrategias buscan disminuir la ansiedad progresivamente y fomentar la comunicación en contextos donde el alumno se siente seguro. En ambos enfoques, el rol del docente no es imponer el habla, sino generar las condiciones para que, poco a poco, esta pueda emerger sin miedo.

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