La calle más castiza de Malasaña esconde el único restaurante suizo de Madrid y su queso te cambia el día
Un restaurante escondido en Malasaña sirve raclette, fondue y chocolate caliente al estilo suizo desde hace casi 30 años en un ambiente que parece sacado de los Alpes

El queso fundido de la fondue, servido al estilo suizo en pleno corazón de Malasaña.
Si alguna vez has caminado por la Calle del Divino Pastor sin mirar dos veces, es probable que hayas pasado por alto uno de los secretos mejor guardados de Malasaña. A simple vista, parece un pequeño local de madera con encanto, pero tras esa fachada discreta se esconde el único restaurante suizo de Madrid. Y hablamos de una experiencia sensorial en torno al queso fundido que cambia por completo la idea que tenías sobre lo que significa "comer bien".
Un pedazo de Suiza en Malasaña que lleva casi 30 años escondido
'La Fondue de Tell' es un restaurante pequeño, cálido y absolutamente genuino, regentado desde hace casi tres décadas por Mariano y Marlen, una pareja que trajo desde Suiza no solo recetas auténticas, sino también la esencia de la hospitalidad alpina. Todo en el local, desde la madera de las paredes hasta los detalles decorativos (cencerros, banderas, relojes de cuco), está diseñado para transportarte directamente a un chalet en los Alpes.
Y aunque muchos aún no lo conocen, quienes lo descubren se convierten en fieles defensores del lugar.
Raclette y fondue como nunca las has probado
Si eres amante del queso, vas a llorar de felicidad. Comienza por una raclette tradicional, esa maravilla en la que el queso se funde y se raspa sobre patata cocida, pepinillos y cebolleta.
Pero el momento clave llega cuando aparece la fondue: quesos como Gruyère o Emmental fundidos lentamente con vino blanco, pimienta blanca, nuez moscada... y un pan crujiente para mojar. Y cuidado, porque aquí hay reglas: quien pierde el pan en la olla, paga la cuenta. Literal.

Fondue cremosa y humeante lista para compartir, la estrella indiscutible del único restaurante suizo de Madrid.
Para el final, una fondue dulce de chocolate caliente con frutas frescas. El broche perfecto.
La experiencia se vive mejor en grupo, pero incluso si vas en pareja, la sensación de refugio sigue intacta. Y sí, conviene reservar, porque el local es pequeño y cada vez más conocido.