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Una española que estudia en un instituto americano cuenta lo que para ellos es normal y a cualquier español descolocaría

Una estudiante española revela los hábitos más sorprendentes y normalizados de la vida escolar en un instituto público de Luisiana: desde mochilas de dibujos animados hasta el consumo indiscriminado de bebidas energéticas

Una estudiante española explica en redes sociales las diferencias culturales que ha vivido en un instituto público de Luisiana, sorprendiendo por la naturalidad con la que se aceptan hábitos impensables en España.

Una estudiante española explica en redes sociales las diferencias culturales que ha vivido en un instituto público de Luisiana, sorprendiendo por la naturalidad con la que se aceptan hábitos impensables en España.Getty Images

Patricia de la Torre
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La experiencia educativa de una adolescente española que cursa estudios en un instituto público de Luisiana, Estados Unidos, se ha hecho viral tras compartir en redes sociales las diferencias culturales más chocantes con respecto a España. A lo largo de varios minutos de grabación, la joven detalla con precisión una serie de hábitos escolares que, aunque comunes y asumidos en el entorno estadounidense, resultarían poco menos que escandalosos en cualquier centro educativo español.

El culto al infantilismo como estética dominante

Uno de los primeros elementos que más llama la atención a su llegada al sistema educativo estadounidense es la estética de las mochilas escolares. Mientras en España predomina un estilo sobrio y funcional a partir de cierta edad, en su instituto de Luisiana es habitual (y socialmente aceptado) ver a los alumnos más populares, incluidos los jugadores de fútbol americano o baloncesto, portar mochilas de Peppa Pig, Cenicienta o Dora la Exploradora. Cuanto más coloridas, con purpurina y frases empalagosas, más parecen encajar en un imaginario donde la infantilización no solo no se penaliza, sino que se exhibe con orgullo.

Comer a cualquier hora, en cualquier parte y lo que se quiera

El segundo punto que más impacta a la joven es la absoluta libertad en torno al consumo de alimentos en el aula. Es habitual que los estudiantes lleven grandes bolsas de patatas, snacks variados o incluso pedidos completos de cadenas como McDonald’s o Starbucks que pueden ser entregados en mitad de una clase sin que ningún profesor intervenga. Nadie reprende, nadie comenta. El desayuno de una adolescente puede consistir en una bebida energética Alani, un café con caramelo y una bolsa familiar de patatas, consumida a las siete y media de la mañana mientras el profesor explica la lección.

Eructos celebrados y el fin del pudor

Otro aspecto que la estudiante señala con repulsión es la normalización del eructo como acto social. No solo nadie se escandaliza cuando un alumno se tira un eructo en plena clase, sino que en ocasiones es motivo de aplauso. Ella lo relata con incredulidad tras presenciar cómo un compañero fue ovacionado durante un examen tras emitir un eructo que, según sus palabras, "parecía un dinosaurio". Esta práctica, que en España se consideraría de extrema mala educación, se enmarca en un contexto donde el pudor físico y social parece haber sido completamente desterrado.

Pijamas, mantas y el rechazo a la corrección estética

En su instituto (aunque tiene uniforme) muchos alumnos acuden a clase con pijamas o cubiertos con mantas. La estética formal ha sido sustituida por la comodidad absoluta, incluso si eso implica acudir en ropa de dormir o zapatillas peludas. En otros centros de la zona, esta práctica es incluso una tendencia popular. El código de vestimenta, cuando existe, rara vez responde a criterios tradicionales de decoro, y la libertad personal prima por encima de cualquier norma visual compartida.

Botellas Stanley, Monster y la bebida como símbolo de pertenencia

Uno de los elementos comunes a casi todos los alumnos del centro es portar una botella Stanley o Walla, marcas conocidas por mantener la temperatura del agua durante horas. Sin embargo, lo que en principio es un accesorio funcional se convierte en un símbolo de pertenencia social. Lo mismo sucede con las bebidas energéticas o los cafés de Starbucks, que se compran (en muchos casos) no tanto por su sabor o utilidad como por su estética y capacidad de generar comentarios halagadores.

La presión estética es tan fuerte que muchas estudiantes admiten no disfrutar del café o de las Alani, pero lo consumen igualmente por cómo lucen. El café se ha convertido en un accesorio visual, tanto como una prenda o un maquillaje bien ejecutado.

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