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De los genitales de Hitler a la impotencia de Enrique IV: la Historia a través de las 'partes bajas'

Notables superdotados como Fernando VII; notorios impotentes como Carlos II; conocidas almorranas como la que mató a Don Juan de Austria; fístulas convertidas en cuestión de Estado como la que sufrió el Rey Sol; el dolorido ano de Lutero; la felación mortal de un presidente de Francia; la efervescencia amatoria de la hermana de Napoleón…

Portada libro 'Historia de las partes bajas' Esfera de los Libros 

Portada libro 'Historia de las partes bajas' Esfera de los Libros 

David González
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El doctor Roberto Pelta, autor del libro Historia de las partes bajas (La Esfera de los Libros), repasa en esta entrevista cómo la genitalidad y sus problemas médicos han marcado el destino de grandes personajes históricos. Desde las leyendas en torno a Hitler hasta la impotencia de Enrique IV o los riesgos de los afrodisíacos, el libro combina rigor histórico con anécdotas sorprendentes.

Doctor Pelta, ¿cómo se le ocurre escribir un libro sobre la historia de las partes bajas?

Yo mismo me lo pregunto a veces. Desde hace años estoy aficionado a la historia de la medicina. Hice mi tesis doctoral sobre la historia de la alergia en España —la única que se ha realizado sobre este tema— y empecé a publicar artículos de historia de la medicina. Ya hace tiempo publiqué curiosidades sobre narices, pero de las partes bajas no había prácticamente nada. Decidí reunir todo esto. Aunque el subtítulo (Anécdotas, curiosidades y misterios médicos de genitales ilustres) pueda parecer algo engañoso, el libro no se limita al tamaño del pene o al número de testículos de ciertos personajes. También aborda patologías: enfermedades del ano y del recto, urología, cómo se trataban antiguamente las piedras en la vejiga o los cólicos nefríticos… Todo lo relacionado con las partes bajas, valga la redundancia.

El libro está repleto de anécdotas sobre cómo la genitalidad influyó en grandes personajes de la historia. Incluso dedica un capítulo a aclarar las leyendas sobre las supuestas anomalías genitales de Adolf Hitler. ¿Cuáles eran esas anomalías, si es que existían?

Es un tema rodeado de mucha leyenda. Al final del capítulo se menciona a un ruso que afirmaba tener el pene de Hitler, diciendo que su padre había participado en la autopsia realizada por el Ejército Rojo en el búnker de Berlín. Curiosamente, los rusos parecen tener cierta afición por este tipo de “reliquias”: en San Petersburgo hay un museo de un urólogo que dice poseer el pene de Rasputín. Quienes lo han visto afirman que no puede ser de un hombre, sino de un animal, por su tamaño. La leyenda sobre Hitler habla de un micropene, de que tenía un solo testículo (criptorquidia, es decir, que uno no descendió al escroto), y de hipospadias (la uretra no salía por la punta del glande, sino por la parte inferior). Incluso se dice que durante la Primera Guerra Mundial, en las duchas, sus compañeros se reían de él. Hay debate sobre si el testículo que no descendió era el derecho o el izquierdo.

Eso nos lleva a otro personaje del siglo XX: Francisco Franco. En su caso sí está demostrado que era “ciclón” (monorquidia), y se sabe que fue por un disparo recibido en la Guerra de África.

Exacto.

Hay mucha leyenda también alrededor de los eunucos y los castrati. En el libro se explican muy bien las diferencias, sus orígenes históricos y el papel que jugaron tanto en la religión como en la vida política a lo largo de los siglos.

Así es. Ya en Bizancio, la emperatriz Eudoxia tenía eunucos en su séquito. Servían para vigilar los harenes porque, al no poder tener relaciones sexuales, se consideraban más fiables, como una especie de guardia pretoriana de los sultanes. Más tarde, cuando se prohibió la presencia de mujeres en los coros polifónicos de las iglesias (siguiendo a San Pablo), se recurrió primero al falsete y después a la castración de niños para obtener voces más adecuadas. Estas operaciones se hacían muchas veces en barberías de Nápoles o Venecia por personas poco cualificadas. Muchos niños morían desangrados o por infecciones, y otros quedaban con incontinencia. Sin embargo, para muchas familias pobres era una forma de asegurar un futuro económico a sus hijos. Algunos castrati llegaron a ser auténticas celebridades, como Farinelli (Carlo Broschi), posiblemente el cantante más famoso de su época, reclamado por todas las cortes europeas. Isabel de Farnesio lo trajo a España porque Felipe V sufría graves episodios depresivos (“vapores”) y solo la voz de Farinelli lograba sacarlo de su ensimismamiento. Farinelli actuó durante los reinados de Felipe V y Fernando VI. Cuando llegó Carlos III, se retiró con una generosa dote y una importante colección de cuadros de Murillo, Ribera y Velázquez.

Aunque no vamos a entrar en centímetros de otros apéndices, en el libro se menciona el pene de John Dillinger o de Errol Flynn, que quedaban para los “tamaños olímpicos”. Pero sí queda claro que la impotencia de algunos personajes pudo cambiar el devenir de la historia.

Efectivamente. Sin dar muchas pistas para que la gente lea el libro, hay casos como el de Enrique IV de Castilla, apodado “El Impotente”. Se dudaba de que su hija, la Beltraneja, fuera realmente suya, y se atribuía su paternidad a Beltrán de la Cueva. Hay testimonios a favor y en contra. Gregorio Marañón estudió la momia del rey en el monasterio de Guadalupe y propuso que podía tratarse de un “eunucoide”. Autores posteriores lo matizaron, pero lo cierto es que su supuesta impotencia contribuyó al enfrentamiento con su hermanastra Isabel la Católica y, por tanto, influyó en el destino de Castilla y de España. Aquí también entra el tema de los envenenamientos, que siempre sobrevuela estas historias.

Portada del libro 'Histioria de las partes bajas'.

Portada del libro 'Histioria de las partes bajas'.Esfera de los Libros.

De la impotencia pasamos a una de las “cunas” de la impotencia: los afrodisíacos y sus peligros. En el libro se cita el caso de Germana de Foix, segunda esposa de Fernando el Católico, a quien algunos han dicho vulgarmente que murió “a polvos”.

Fernando ya era mayor y Germana mucho más joven. Las crónicas no la describen como especialmente atractiva (se habla de una mujer obesa y poco favorecida), por lo que ella recurrió a afrodisíacos para garantizar la sucesión. Uno de los más usados era la cantárida (la mal llamada “mosca española”), un coleóptero cuya ala seca se usaba en polvo. Fernando enfermó gravemente cerca de Madrid, en Extremadura, y falleció. Probablemente sufrió una intoxicación por cantárida. Aunque hay historiadores que defienden que murió por hidropesía (edema generalizado por una posible cardiopatía).

Aunque nos centramos mucho en la genitalidad masculina, el libro también aborda la femenina: la obsesión por la virginidad y cómo esta podía ser “de quita y pon”. ¿Existía realmente el oficio de “reventar virgos” y luego “remendarlos”?

Sí. Lo vemos en obras clásicas como La tía fingida de Cervantes o, sobre todo, en La Celestina, donde Celestina era una “remienda virgos”. En documentos de la época se lee literalmente: “Tres flores he dado ya y otras tantas las has tú vendido. Tres veces he pasado insufrible martirio…”. Cosían el himen con aguja e hilo de pellejo. A veces usaban vidrio molido o sustancias corrosivas como la hiedra venenosa. Verdaderas barbaridades. Esto no es tan lejano: hasta hace relativamente poco existían clínicas en Tánger que practicaban estas “reparaciones” con otras técnicas.

Roberto Pelta.

Roberto Pelta.Esfera de los Libros.

El libro también es un homenaje a la mujer y a los sufridos pacientes de antaño. La parte final está dedicada a ginecología y a los terribles riesgos de los partos.

Exacto. En la portada aparece María Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII. Murió con poco más de veinte años en el Palacio Real de Aranjuez durante su segundo parto. Los médicos, al ver que el feto estaba muerto, decidieron practicar una cesárea… sin darse cuenta de que ella aún vivía. Cuando le hicieron el tajo, soltó un alarido y murió desangrada.

Además de las anécdotas, el libro repasa la historia de la medicina y nos hace valorar la suerte de haber nacido en nuestra época, cuando cosas que hace apenas 100 años podían ser mortales hoy son banales.

Totalmente de acuerdo. Y también rescatamos figuras de mujeres que, pese a morir jóvenes, dejaron un gran legado. Por ejemplo, la que luchó para que el gabinete de Ciencias Naturales de Carlos III se convirtiera en el actual Museo del Prado, o María Victoria de Saboya (mujer de Amadeo de Saboya), responsable del Instituto Oftálmico de Madrid y de mejoras en las condiciones de las lavanderas del Manzanares, creando guarderías y asilos para sus hijos. También se menciona a Francisco de Asís, esposo de Isabel II, quien padecía hipospadias (“de espadas”), lo que dio lugar a burlas populares como “Paquita Natillas orina en cuclillas”.

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