El cuento después de la Eurocopa
Carvajal, Begoña y los 100 millones
Y tanto fue el disgusto, el enfado y la envidia que le causó a este personaje que...
El presidente del Gobierno Pedro Sánchez saludo al futbolista Daniel Carvajal
Erase una vez que se era, en un muy lejano país, hace muchos, pero qué muchos años, cuando las personas todavía viajaban por tierra y en coches, de cuatro ruedas, que unos valientes guerreros que habían derrotado a todos los contrincantes en los juegos con una bola que, entonces, llamaban balón, se celebraban en aquel pequeño continente donde se encontraba nuestro muy, muy lejano país; juegos que se celebraban tan puntualmente, siempre, cada cuatro años.
Porque aquellos valientes luchadores de nuestro cuento habían ganado a los simpáticos habitantes de un mágico país transalpino, y después a los muy fornidos teutones de las orillas que bañaba el maravilloso río Rhin. Para luego acabar derrotando de forma consecutivas en la semifinal y la gran final de aquel año, a los tan orgullosos francos y anglos que dominaban sus verdes y muy fértiles territorios desde sus encantadas y grandiosas respectivas ciudades de París y London.
Y cuando éstos guerreros campeones, por fin regresaron a España, que así se llamaba entonces aquel muy lejano país, con la Copa que habían ganado frente a todos los demás y con tanto sudor, primeramente fueron a ofrecérsela a su Rey, que vivía en un fabuloso palacio.
Y después de hacer feliz a su rey y a su familia, con la rutilante Copa que tanto les había costado ganar, los jefes de aquellos luchadores obligaron a estos poderosos campeones a ofrecerle también el magnífico trofeo a un extraño y muy altivo personaje que, sin embargo, era odiado por muchos de los habitantes de aquel lejano, muy lejano país.
Y fue por esto que aquellos gladiadores al ofrecerle la magnífica Copa a éste tan antipático mandamás, que no lo hicieron con ninguna alegría; especialmente uno que según cuenta la leyenda se llamaba Carvajal, y su compañero de fatigas, que los más viejos del lugar aún recuerdan que era el joven al que todos le decían Lamin Jamal.
Y tanto fue el disgusto, el enfado y la envidia que le causó a este odiado personaje, que éstos campeones no lo trataran con la misma simpatía y la misma alegría que habían tratado al tan querido rey y a su familia; que en los días siguientes volvió a mandar a todo su ejército de cientos de guerreros y carros de combate a proteger a su esposa llamada Begoña, frente a un juececillo valiente que dicen que la perseguía, y que ya nadie recuerda siquiera su nombre. Ni los más viejos del lugar.
Y abrumado nuestro siniestro personaje, al volver a comprobar que apenas nadie le quería en aquel lejano, muy lejano país, que también entonces decidió prohibir terminantemente a los contadores de cuentos, poetas y juglares, que como el viento traían las noticias de aquí para allá, el que pudieran cantar, rimar u osaran contar nada malo sobre él, o nada malo sobre su insólita familia: si no querían acabar arruinados y/o encarcelados en los terribles castillos que para ello tenía dispuestos por todo aquel reino.
Y también, cuenta la leyenda que, sirviéndose entonces de la plata y del oro de todos, decidió dedicar la enorme fortuna de 100 millones de doblones para premiar a los cuentistas, poetrastos y cantamañanas que loaban o defendían contra viento y marea a su familia o a su tan perseguida persona.
Continuará...