En defensa de la Universidad Privada
Poner en tela de juicio o, quizás peor, prejuzgar la calidad de lo privado, sin necesidad de compararlo con lo público, está viciado de origen

Imagen de una de las sedes de la UCV GOOGLE MAPS 16/4/2019
Uno, que reivindica a diario el orgullo de su alma mater, la Universidad Politécnica de Valencia en mi caso, porque la lleva en el corazón -y a las espaldas- desde los dieciocho. Porque la sueña y le duele. Porque la vive. Porque le formó, por que le educó, porque le enseñó. Por lo que aprendió. Uno que se ha desempeñado en universidades públicas hermanas, nacionales, europeas. O primas hermanas allende los mares, argentinas y cubanas, mexicanas y uruguayas, brasileñas y paraguayas. Venezolanas también. Indias ahora. Uno que de lo público tiene el respeto que el conjunto de lo privado merece, siente hoy necesidad de reivindicar la universidad privada.
Es ocioso reseñar aquí el extenso listado de Universidades y Centros de Investigación privados y de excelencia que completan las nóminas nacionales o internacionales más conocidas. Como es ocioso hacerlo en materia de sanidad, innovación, alta tecnología, y un largo etc. Poner en tela de juicio o, quizás peor, prejuzgar la calidad de lo privado, sin necesidad de compararlo con lo público, está viciado de origen.
Desde mi determinada vocación por lo público (cuarenta y cinco años y medio en la hoja de servicios) he prestado mi colaboración académica a la solicitud de universidades privadas, he aprendido de ellas y he ayudado en su consolidación disciplinar y administrativa. Estoy también orgulloso de ello.
No me viene de nuevas. Fui a colegio “de curas”, a los Hermanos Maristas de Alicante para ser precisos, en tiempos que no eran mixtos ni existía la concertada. O sea privados. Y con el debido respeto con los colegas de Instituto, los del “cuadro de honor” les dábamos sopas con honda, y el hermano Andrés, era el Director y una fiera en matemáticas. Así que al Preu llegábamos con las mejores notas.
Entonces y ahora, como todo el mundo sabe, el Estado, el Estado constitucional y democrático, opera sobre una red compleja y multicapa, holística cabe decir que, aunque no exenta de lagunas o errores, cubre el ámbito de los hábitos sociales en relación con las reglas. Si en aquellos tiempos de mi preuniversitario el estado, que aun siendo constitucional no era democrático, en estos en que el denostado término “chiringuito” es utilizado por el presidente del Gobierno para ridiculizar a la universidad privada, cabría cuestionar las etiquetas.
Ni aquellos colegios como el mío en el franquismo, ni las universidades privadas en el sanchismo, han dejado de ser cuidadosamente supervisados con criterios de la calidad exigida para lo público antes de su validación, mientras se mantienen sujetas -como las públicas- a lo establecido por la legislación y sus propios estatutos u órganos colegiados en cuanto a control y balance de resultados. Insinuar que pese a esas garantías se puede haber colado una empresa de compraventa de títulos universitarios es una insidia. Y una infamia.
En diversas universidades pontificias de países hispano americanos he encontrado lo mejorcito en torno al territorio y su ordenación sostenible. La mundialmente reconocida excelencia de Navarra no es exclusiva de la medicina, pues en arquitectura ha cuajado maestros. Y en Valencia, sin ir más lejos, sirva de ejemplo entre otros, el nivel de la Facultad de Ciencias Jurídicas y del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad Católica.
No es excusa, sino agravante, si el asunto va de represalia política entre adversarios y entre gobiernos. Estamos oyendo auténticos disparates que atentan contra la autoestima y la decencia colectiva. Y este -aunque no el más grave de los recientes- uno más. Militante de la universidad pública en defensa de la universidad privada.