OPINIÓN
Seamos valencianos
Exijamos que el dinero de nuestros impuestos no se destine a mantener anclados en el pasado a unos pocos. Reclamemos que se destine a cuestiones que nos hagan evolucionar y mejoren la vida de todos los que vivimos en la Comunitat.

Imagen archivo de una corrida de toros
Personalmente, he sido muy crítica con el Govern del Botànic y su tibieza ante cuestiones referidas a la protección de los animales. No obstante, la deriva de las instituciones valencianas con el actual gobierno en lo que a este asunto se refiere, supone retroceder en el tiempo y tratar de amarrarse y sostener algo que se empieza a diluir, simplemente porque la sociedad sí evoluciona y abandona, por considerar inaceptables, determinados comportamientos.
Un nuevo ejemplo de ello, además de la ya habitual subvención directa a la entidad con sede en Madrid, Fundación Toro de Lidia, es la incorporación en la radio pública valenciana, À Punt, de un programa dedicado a la tauromaquia que se emite en directo y cuyos episodios se retransmiten también en diferido.
¿Qué hay de admirable en defender desde las instituciones la violencia hacia los animales? ¿Qué tipo de patriotismo es ofrecer una imagen rancia y esperpéntica de nuestro territorio? ¿Cómo se puede abanderar el maltrato animal y sentir orgullo de ello? Mucho menos, destinar recursos públicos a parasitar la verdadera cultura.
Según la Inteligencia Artificial, al preguntar para qué sirve la cultura, “La cultura facilita el desarrollo económico y social, promueve la innovación y la creatividad, y contribuye a la cohesión social y la paz.”
Poniendo el foco sólo en estos dos últimos puntos, porque los restantes dan para varios artículos, es evidente que la tauromaquia ni promueve la cohesión social, ni la paz.
Si nos referimos a la paz, es evidente que los actos de violencia, independientemente de hacia quien vayan dirigidos, son incompatibles con la concordia.
Y la crueldad hacia los toros, vacas y becerros es algo inherente a la tauromaquia. Persecución, hostigamiento, golpes, acuchillamiento y muerte. No hace falta explicar más sobre una brutalidad que se practica como divertimento, al son de la música, no sólo en plazas cerradas, donde quien quiere, asiste, sino en nuestras calles y pueblos, teniendo que sufrirla, se esté o no a favor de ella.
Ante el anuncio de la incorporación a la radio pública del programa taurino, un grupo de comunicación realizó una encuesta en sus medios digitales, basada en la pregunta “¿Estás a favor de que À Punt vuelva a emitir un programa sobre toros?” a la que respondieron más de 20.000 personas y cuyo resultado mostró que dos tercios de las personas participantes rechazaban la emisión del programa.
Así que la cohesión social tampoco parece que quede reforzada con la promoción de la tortura taurina. Los resultados de esta encuesta no son casuales. Las estadísticas publicadas por el Ministerio de Cultura reflejan un descenso continuado de asistentes a actos taurinos, siendo los últimos valores publicados, correspondientes a 2022, de menos del 2% de la población.
Y, por poner otro ejemplo, los resultados del estudio realizado por la Fundación BBVA “Visión y Actitudes hacia los Animales en la Sociedad Española” indica que “para la gran mayoría de la población los animales, no solo las personas, merecen consideración moral, al tiempo que se les dota de dignidad y derechos, los cuales son necesarios preservar” y concretamente, respecto a la tauromaquia, que el 80% de las persones encuestadas consideran inaceptable la utilización de animales en corridas de toros.
Así que no permitamos que nos manipulen. Los datos no avalan el apoyo social a la barbarie taurina. Porque el rechazo abierto a la tauromaquia es cada vez más clamoroso. Y maltratar toros no es cuestión de identidad. Es cuestión de falta de empatía para unos y de negocio para otros. Así que una persona no es más o menos valenciana, por defender el sufrimiento de los animales como un modo de diversión. Ni mucho menos por asumir que nuestras instituciones deben destinar recursos públicos a mantener y promocionar sus chiringuitos, algunos ni siquiera con sede en nuestro territorio.
Afortunadamente en la Comunitat sí poseemos un verdadero patrimonio cultural, ambiental y paisajístico extraordinario, del que sentir orgullo, sin tapujos. Un interés que sí nos une. Un valor que sí contribuye a la supresión de la violencia y a promover la paz.
Seamos valencianos y exijamos que el dinero de nuestros impuestos no se destine a mantener anclados en el pasado a unos pocos. Reclamemos que se destine a cuestiones que nos hagan evolucionar y mejoren la vida de todos los que vivimos en la Comunitat Valenciana que, especialmente en estos momentos, buena falta nos hace.