OPINIÓN
25 de abril, una polémica innecesaria
Conmemorar una derrota siempre tendrá algo más de masoquismo colectivo que de presumido meritoriaje nacional

Cuadro de la Batalla de Almansa
Los españoles tenemos la jodida manía de echarnos la historia a la cara. Quizás porque no somos tan unívocos como una mayoría pudiera pensar, ni más plurívocos cual quisieran las minorías a quienes “España” y lo “español” les escuece como un estigma que supure desde el pasado. Es por eso por lo que reinterpretamos aquellos hechos, colores y banderas con el relativista veredicto de Campoamor sobre las verdades y mentiras.
Ni a España se la inventó Franco, ni la volvió a idear la Constitución del 78. Siquiera a la Península Ibérica, troceada o unificada varias veces desde tiempos de celtas e íberos, tartesios y vascones, colonizadores cartagineses y romanos, por supuesto los árabes (8 siglos hasta el “monta tanto” de Castilla con Aragón), para acabar definitivamente fusionada en la batalla Almansa, planeada, en disputa sucesoria a nuestro vacante trono, Versalles y Viena, y ganada a término por el absolutismo centralista galo.
Repúblicas, semanas trágicas, huelgas generales y levantamientos militares salpicaron desasosiegos en el devenir borbónico español hasta la insostenibilidad, resuelta por el dictador africanista y sus compinches charreteros, con un tajo fratricida en el nudo gordiano del demócrata, pero débil republicanismo gobernante y muy dispuesto a una nueva fragmentación del país, simple y llanamente por mantenerse en el trono de lo que antes fuera reino, y ahora volvían a ser principados, señoríos y condados sin coronas en los estandartes. Tal cual parece insistimos nuevamente en el primer cuarto del siglo XXI.
El gobierno valenciano con mayoría del PP, pero muy presionado y placado por Vox, sin cuyo concurso se vería obligado a convocar elecciones, (para probablemente no ganarlas después de lo de la dana) ha decidido suspender los actos conmemorativos del 25 de abril, tanto en la Generalitat, como en Les Corts y demás institucionalismo autonómico: fiesta, pero no consagrada políticamente.
La verdad es que la cosa tiene su gracia paradójica, porque ya trasluce cierto masoquismo el celebrar una derrota como aquella batalla en la que las tropas del duque de Berwick arrasaron a las Conde de Galway y del Marqués de las Minas, y el aspirante austracista Archiduque Carlos tuvo que salir por patas desde Valencia a Barcelona viendo cómo se perdían sus bastiones principales en Cataluña, Valencia y Baleares.
Digo yo que por causa lógica y patriótica en Francia se celebra la entrada de las tropas aliadas expulsando a las de Hitler; Estados Unidos con la derrota de los ingleses frente a las barras y estrellas norteamericanas; en Sicilia y Sur de Italia el desembarco de Eisenhower expulsando a los fascistas; y ya no digamos en todas Centro y Sudamérica cuando derrotaron a la potencia colonial que éramos nosotros mismos. Y así podríamos seguir hasta llenar varios folios conmemorativos de victorias, y creo que casi ninguno de derrotas.
Es más, si se pregunta a algún bachiller, o inclusive universitario, por aquella contienda en la que las dos grandes potencias europeas y sus respectivos aliados se jugaban a suerte de sangre y fuego sobre el tapete español, probablemente ni se acuerden de algo estudiado someramente en la asignatura de historia. Y si les hacemos reflexionar, concediéndonos unos minutos, su diagnóstico puede ser: necedad de necedades, pues la sucesión del tonti-loco e impotente Carlos II pudo haberse solucionado en tratados como el de Versalles.
Borbones, como en botica, hemos tenido de todo en la escala intelectual y resolutoria, desde cercanos a un borderline preso de sus pancistas ministros y validos, hasta buenos políticos negociadores y mejor rodeados de talentos solventes, aunque eso sí, y como curiosidad humana, tenían en común asaltar lechos ajenos (lo de Corinna Larsen ha vuelto a poner el sello de lacre coronado); pero no mejores ni peores en su conjunto que ingleses, suecos, daneses u holandeses (monarquías muy consideradas en todo el mundo).
Por lo tanto, no acabo de entender esa rabieta de la izquierda que por casual transmisión dinástica pueda ir contra el actual Felipe VI, a quien parece tener bien amarrado el cinturón de Doña Leticia, pero no se atreven, conteniendo mayoría en tantos foros decisorios, si plantearnos un referéndum sobre realeza o república, ya que por lo que parece en sondeos más o menos velados a la opinión pública, por lo general el español prefiere quedarse como está, semejándose más a una monarquía europea que a una república bananera.
Conmemorar una derrota siempre tendrá algo más de masoquismo colectivo que de presumido meritoriaje nacional. Es más, la mayoría haremos un segundo puente tras Semana Santa, y fuera de los feligreses a los Països Catalans, nadie estaríamos satisfechos de haber perdido en Almansa, aunque aquello nos lo organizaran otros, y ya hayan pasado casi 4 siglos, total una futilidad entre políticos en permanente duelo, por lo general bastante indoctos y que de Historia suelen saber lo mismo que de Física Cuántica. “Quan el mal ve d'Almansa, a tots alcança”, a unas meninges más que a otras.