OPINIÓN
Algo no va bien
Los expertos en psicología y criminología saben que quienes son capaces de hacer daño a un animal, de forma intencionada, es muy probable que sientan el mismo desprecio por el sufrimiento de las personas.

Cadenas y collar
Los golpearon con una barra de hierro con tanta violencia que uno murió en el acto y, a los otros, debido a la severidad de las lesiones, se les tuvo que aplicar la eutanasia.
Estuvo seis años atada permanentemente en una terraza, con un collar de descargas eléctricas para evitar sus ladridos y sin apenas comida. La necropsia indicaba un fuerte golpe en el costado que le provocó neumotórax. Presentaba caquexia extrema.
Los abandonó en un cobertizo, sin agua, sin comida y sabiendo que no tenían posibilidad alguna de escapar. Los cinco murieron de hambre.
Estos datos corresponden a tres casos recientes de maltrato animal que han sido probados, juzgados y condenados en nuestro país. Uno de ellos, hace apenas una semana.
Todas estas muertes se produjeron tras un terrible sufrimiento para los animales. Cerdos en el primer caso, perros en los otros dos.
Todos los maltratadores eran conscientes de la crueldad de sus actos. No les importó.
Ni los chillidos ni los ladridos desesperados despertaron un ápice de empatía en estos individuos, que no se apiadaron de sus víctimas y durmieron plácidamente a sabiendas del padecimiento provocado, en algunos casos continuado en el tiempo.
Las penas, ya firmes, van de los 12 a los 30 meses de prisión, máxima en el caso de uno de los criminales, que se demostró era reincidente. Solo este último entrará en prisión. Cuando ocurrieron los hechos estaba de permiso. Ya cumplía pena por delitos de robo con violencia.
Que este tipo de delitos termine sin prácticamente repercusión para quienes los cometen (y eso, si tenemos en cuenta que la mayoría de las veces ni se persiguen) podría considerarse una invitación a ejercer la violencia contra los animales. De hecho, pasado un año, casi todos estos maltratadores a los que se refieren los casos anteriores podrán volver a tener animales o trabajar con ellos.
Conocer estas sentencias debería inquietarnos y preocuparnos.
Los expertos en psicología y criminología saben que quienes son capaces de hacer daño a un animal, de forma intencionada, es muy probable que sientan el mismo desprecio por el sufrimiento de las personas, y no es infrecuente el tránsito de la violencia que ejercen contra los animales hacia la violencia interpersonal.
Resulta alarmante que, con todos los estudios existentes que demuestran la conexión entre los vínculos de la violencia, a fecha de hoy sigamos considerando un hecho menor que se maltrate a los animales.
Con ello, estamos menospreciando el dolor de seres que, como tú y como yo, sienten y sufren, y estamos subestimando el riesgo social que supone que estos individuos convivan con total tranquilidad entre nosotros, poniéndonos en riesgo.
Necesitamos leyes que de verdad protejan a los animales. Que las consecuencias de maltratar a un animal disuadan de hacerlo.
Necesitamos que las administraciones y los cuerpos de seguridad persigan estos actos de violencia.
Necesitamos que quienes ejercen la violencia contra los animales no convivan con nosotros, poniéndonos en riesgo. Tampoco deberían poder volver a tener animales o trabajar con ellos.
Y, sobre todo, necesitamos incidir en el origen, desde la escuela.
Debemos educar en la empatía y el respeto hacia todos los seres sintientes.
Y no olvidar que, sin detección precoz de comportamientos violentos, se esfuman las posibilidades de respuesta a las intervenciones terapéuticas.
Evitemos el maltrato animal. Es también una forma de protegernos.