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Chiringuitos

Con la discusión avivada por el reciente apagón acerca de la libre circulación del dinero contante y sonante, el efectivo, la pasta, los acontecimientos -mal calificados como chiringuitos- próximos al burdel o al barullo se multiplican.

Chiringuito playero en una puesta de sol. 

Chiringuito playero en una puesta de sol. COCONOVO BEACH

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En estricta materia sobre chiringuitos, mis preferencias están en los que sirven espetos de sardinas (o incluso de rodaballo) en la costa malagueña. Tras los tiempos de El cabra, en Pedragalejo, el espetero del Marina Playa en el Rincón de la Victoria se proclamó como el segundo mejor de la Costa del Sol hace un par de años. Y el situado casi enfrente del campo de golf del Club Añoreta, ocupó el top de mis preferencias. Como lo sigue ocupando, por cierto, la escultora Elena Laverón que está exponiendo En clave de sol en la Sociedad Económica de Amigos del País, en Málaga capital.

Pero no voy a minusvalorar tantos y tantos chiringuitos de costa en el Mediterráneo -con otro corte en el Cantábrico- donde disfrutar de sus productos locales en días de asueto. Canciones populares de éxito o tertulias deportivas de máxima audiencia se conocen precisamente por el nombre.

No es justo que se utilice una denominación tan noble para caracterizar covachuelas administrativas o políticas de oscuro funcionamiento e ignotos perceptores de prebendas.

Porque otra cosa son los putiferios o los boliches. Se cuenta que el viejo profesor olvidó un paraguas austero en un boliche de la República Dominicana en sus horas libres de un viaje de trabajo. Lo recuperó antes del regreso. Y es sabido que “la Pobla de les dones pecaminoses” de Valencia, gozó del raro prestigio de ser el putiferio más conocido de Europa en tiempos de Jaume II. Pero las acepciones de ambos términos son numerosas y diversas. Incluidas las de desorden e incompetencia.

Bochinche, en el sentido de alboroto o barullo me parece también interesante. Y buche -o buchito- que en hispanoamérica y en Extremadura es un sorbo, lo encuentro de actualidad.

Con la discusión avivada por el reciente apagón acerca de la libre circulación del dinero contante y sonante, el efectivo, la pasta, la guita en la butxaca, los acontecimientos -mal calificados como chiringuitos- próximos al burdel o al barullo se multiplican.

El asunto del pago en cash o mediante tarjeta bancaria, aceptando el seguimiento que conlleva, es hasta cierto punto voluntario. Pese a los obstáculos que en la práctica se ponen al método directo de pago mediante dinero de bolsillo.

Pero de las consecuencias del barullo administrativo que se paga con los impuestos somos simples víctimas. Y propiciatorias habitualmente.

El putiferio en el que se ha instalado el transporte ferroviario, o más reciente y súbitamente la electricidad, no puede ser asumido, ni mucho menos resuelto, con buchitos de buen humor y optimismo para consumo de la ciudadanía.

Como también el boliche privado que llegó a instalarse en alguna dependencia ministerial o parlamentaria parece haber sido soportado por el erario público. Sin comentarios.

El chiringuito, desde el más caro y selecto hasta el más popular y asequible, es un espacio de libertad y elección propia para encontrarnos con familiares y amigos (o para disfrutar en soledad leyendo) y pagar a nuestra cuenta. Sin imposición alguna. Ni directriz o prohibición que a menudo revierten en la reacción opuesta. Apenas las valoraciones en las redes, ahora en revisión reglamentaria, pretenden tener cierta influencia, aunque suele prevalecer la relación calidad precio.

No es de extrañar, en consecuencia, que gocen de prestigio y buena salud -incluso los que pelean con la ley de costas por su delicada posición geográfica- mientras los putiferios y boliches públicos resultan un bochinche que ni a buches podemos soportar.

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