Aniversarios, celebraciones e incógnitas de futuro
La paz y la unidad, mucho más allá de la belleza de ambas palabras, son garantía de bienestar social, igualdad y democracia real

Los Reyes en Mauthausen el pasado 11 de mayo.
Hemos querido celebrar con cierta liturgia el octogésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, categóricamente establecida con la capitulación alemana ante los aliados, firmada en Berlín el 9 de mayo de 1945.
Casualidad temporal o no, cinco años después, el 9 de mayo de 1950, el entonces ministro francés de exteriores, Robert Shuman leía la Declaración, hoy conocida con su nombre, que daba origen a lo que hoy es la Unión Europea. También hemos querido celebrarlo. Me encontré entre los que acompañamos el pasado día 9 al presidente Mazón en la inauguración de la excelente y didáctica exposición al respecto que puede visitarse en el castillo de Santa Bárbara de Alicante.
Como extraño corolario del primero, la participación unos días después, de los Reyes de España en el acto en memoria de los españoles (republicanos) asesinados en Mauthausen. Lo que engrandece al monarca -y la propia democracia parlamentaria- pretende ser interpretado por algunos, por el contrario, como debilidad. Triste manera de celebrar abundando en el litigio.
Los cambios en la política de colaboración con la Unión Europea en materia de defensa y comercio por parte de la administración norteamericana, introducen una variable relevante en el ya difícil equilibrio de la composición actual. Más aún cuando los actores que ocupan posiciones extremas en el arco parlamentario europeo, han optado por combatir el europeísmo desde dentro. Táctica análoga a la utilizada por nacionalistas o antisistema en el parlamento español.
Así las cosas, no se me antoja mejor forma de celebrar la efeméride del final de la guerra que con un firme llamamiento y posicionamiento por la paz. Ni una mejor para recordar a Shuman que el soporte y estímulo de la unidad europea. Ambas tristemente relacionadas por la existencia de decenas de contiendas bélicas de extrema gravedad en el mundo y dos de ellas en las fronteras territoriales, que no continentales, de Europa.
Los esfuerzos de la debilitada UE necesitan de la unanimidad consensuada de sus propios integrantes y del apoyo mediante tratados con sus socios naturales. Como lo son los estados sudamericanos. La crisis de los aranceles, sumada a la de participación porcentual en el presupuesto de defensa, obliga a una reflexión -tal vez a una revisión- transversal de aspectos sectoriales como energía, transporte, fiscalidad, política migratoria e incluso justicia, habitualmente enredados o inhibidos por cuestión de soberanía nacional.
Asistí días atrás a la excelente conferencia pronunciada por la Directora del Parlamento Europeo en España, María Andrés, en el Club de Encuentro Manuel Broseta. A la rigurosa foto fija del estado del arte, sin orillar posiciones en cierto modo ideológicas, añadió con carácter operativo algunas observaciones estratégicas.
La prioridad en emergencias, competitividad industrial y económica y seguridad y defensa, configura un paquete de medidas contra el proteccionismo, que conlleva corregir el exceso regulatorio.
En cuanto a ampliación, consolidación o rediseño del equilibrio de aportaciones y concesiones, o a la evidente necesidad de financiación superior al 1% de los PIB anuales respectivos, la fórmula ya experimentada con éxito de las “dos velocidades” pudiera resultar oportuna.
Tal vez sea insuficiente el análisis riguroso de la historia para el establecimiento de hipótesis certeras de futuro, aunque se demuestra imprescindible. Las incógnitas que nos inquietan, tengo para mí que están más vinculadas a nuestra propia capacidad de compromiso. La paz y la unidad, mucho más allá de la belleza de ambas palabras, son garantía de bienestar social, igualdad y democracia real.