ESdiario

Opinión

No les digas que todo depende de ellos, si no depende de nadie mas

La Prueba de Acceso a la Universidad —la PAU, que sigue siendo la Selectividad de siempre aunque le cambiemos el nombre— ya ha empezado. Pero este año, algo se siente distinto.

Pilu Hernández.

Pilu Hernández.

Creado:

Actualizado:

Cada año por estas fechas, revivo la misma escena. Chicos y chicas sentados en un pupitre, con el alma apretada entre los dedos y la cabeza llena de fórmulas, autores, teorías y miedos. Sus progenitores me escriben con los ojos llenos de nervios, y yo me siento —otra vez— como si fuera la víspera de una tormenta que ya sé cómo va a golpear.

La Prueba de Acceso a la Universidad —la PAU, que sigue siendo la Selectividad de siempre aunque le cambiemos el nombre— ya ha empezado. Pero este año, algo se siente distinto.

Llevo muchos años viendo pasar generaciones enteras por esta etapa. Y os aseguro que nunca había visto tanta presión, tanta desigualdad y tan poca justicia. Porque no es cierto que el esfuerzo siempre tenga recompensa. No si hablamos de educación pública, plazas limitadas y un sistema de acceso que no siempre premia al mejor preparado, sino al que tiene más suerte… o más recursos.

Este año, además, los cambios en la PAU han llegado con fuerza: preguntas menos memorísticas, más reflexivas, un único modelo de examen, respuestas abiertas en el 70% del contenido, y una corrección más severa con la ortografía (hasta 2 puntos en Lengua). En teoría, se valora el pensamiento crítico y la expresión personal. En la práctica, se sigue jugando el futuro de miles de jóvenes a una nota con decimales.

Y mientras eso ocurre, las plazas siguen congeladas o apenas aumentan. Las universidades hacen lo que pueden, pero el problema no es académico: es estructural. Es político. Es económico. Me rompe el alma ver estudiantes con un 13 sobre 14 quedarse fuera de Medicina, mientras el sistema sanitario clama por profesionales. Me indigna saber que hay familias que no pueden pagar una universidad privada cuando su hijo o hija vale lo mismo —o más— que quien sí puede.

Y luego están las paradojas. Como la que ocurrió en el examen de Lengua de la Comunidad Valenciana: se pidió analizar un editorial sobre el libro El odio, de Luisgé Martín, que daba voz a José Bretón, asesino confeso de sus hijos. Me pregunto si de verdad ese era el texto adecuado para adolescentes que se están jugando su futuro. ¿Queremos reflexión o provocación?

Como docente, me duele ver que seguimos exigiendo más a los de siempre y ofreciendo menos a quien más lo merece. Como educadora de familias, me resulta insoportable ver cómo la ansiedad académica se normaliza. Y como formadora de formadores, me cuesta enseñar con honestidad si el sistema sigue sin corregir lo esencial: la falta de plazas, la desigualdad entre comunidades, y la invisibilidad de las emociones en este proceso.

A quienes estáis hoy en medio de esta prueba os digo: vuestro valor no cabe en una nota. Y no os lo dice una frase motivacional, os lo dice alguien que ha acompañado a muchas personas como vosotros y sabe que lo que más pesa no es el examen, sino la sensación de que, por mucho que hagas, no siempre es suficiente.

No les digamos a nuestros jóvenes que todo depende de ellos, si no depende de nadie más.
Hablemos, por fin, de lo que depende de nosotros.

tracking