Opinión
Pedro Chavez II, el inocente

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
Érase que se era hace mucho, pero que mucho tiempo, un país lejano, muy lejano, en el que vivía un Príncipe muy alto, moreno y distinguido, por el que suspiraban todas las damas. Y hete aquí que el bello del Príncipe Pedro, que así se llamaba, y como era tan adorado por su pueblo, no se atrevía ni a pisar la calle, no fuera a ser que la muchedumbre, ciega por el amor infinito que le profesaba, en un arrebato de locura, acabara con él en un santiamén.
Pero esta devoción de su pueblo por tan magnífico y generoso señor, que procuraba a sus gentes de todo: las mejores y más asequibles viviendas, las más económicas viandas, los más sabios doctores, los más puntuales y veloces transportes y la mejor enseñanza, y siempre todo gratis total, pues lo pagaba el Príncipe Pedro con su inmensa e infinita fortuna, lo cual, lamentablemente, fue generando la envidia y el más furibundo odio de los otros soberbios y ambiciosos aspirantes al
trono de aquel lejano país.
Y llevados de su tan mala entraña, todos estos crueles y muy malvados notables que querían desbancar y sustituir al bueno del Príncipe Pedro fueron difundiendo por todo el país toda clase de bulos y de embustes sobre su amada persona: que si su Princesa se hacía pasar por una sabia erudita; que si su hermano vivía a costa del pueblo y sin trabajar; que si su Comisario Jefe revelaba los secretos más sagrados de palacio; que si sus consejeros principales robaban hasta los cepillos de las iglesias... De tal forma que, poco a poco, fueron envenenando a todas aquellas humildes y buenas gentes que vivían en aquel lejano país.
Pero "El Caso" fue que, finalmente, después de muchos dimes y diretes, todas estas increíbles inventadas, estos absurdos bulos, todo este vil fango que sin cesar lanzaban sobre el glorioso Príncipe Pedro empezó a resultar que eran tristes y muy dolorosas verdades...
Y fue entonces cuando, con el corazón completamente roto por tanta traición y tantos engaños de sus seres más queridos, el Príncipe Pedro se presentó en el balcón de su majestuoso palacio y, congregando a todo su muy sorprendido y muy indignado pueblo, en un alarde más de su santa humildad y de su nobleza infinita, muy apesadumbrado, rogó perdón urbi et orbi por todos estos ignorados crímenes y abusos, que él, como es lógico y muy natural, desconocía por completo.
Y colorín, colorado, que este cuento no se ha acabado...
Fuentes
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