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Fernando García Bonet

El otro ángel de Antonio Asunción

Ahora más que nunca cabe recordar a un político noble al que no le hizo falta "aumentar" su currículo

Antonio Asunción, ex ministro de Interior (1993-1995) , falleción en 2016.

Antonio Asunción, ex ministro de Interior (1993-1995) , falleción en 2016. 

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En estos tiempos convulsos de desmemoria intencionada, de relatos, tergiversaciones y falsedades que convengan a intereses tácticos de corto alcance de unos u otros, vale recordar la nobleza de personas y hechos que parecieran ocultos o inexistentes.

Cabe sea el caso de Antonio Asunción (1951-2016), político socialista de raza y principios que recorrió una larga y efectiva trayectoria desde la alcaldía de Manises en su tierna juventud hasta la complejidad del ministerio del interior en plena y aún temprana madurez. Junto a Manuel Pimentel, aunque por muy distintas razones, ocupa el selecto y muy reducido palmarés de la renuncia voluntaria, contundente e inopinada, a la poltrona ministerial.

De los cinco años, apenas consolidada la transición, en los que presidió la Diputación Provincial de Valencia, queda el recuerdo de una gestión eficiente e innovadora que la anécdota de lo que llamaba con ironía “vacas funcionarias” -aquella vaquería histórica, convertida en un reducto administrativo, fruto de una antigua donación, que salía por un pico- resumía la rutina burocrática convertida en vicio menor.

Impermeable a las críticas más interesadas sobre su humanista renovación del sistema de prisiones -fue, antes que ministro, director general y secretario general de instituciones y asuntos penitenciarios- apenas queda en las formas su nombre en la hoy deteriorada cárcel de Picassent. Pero su reforma fue profunda y de extrema importancia.

No dejó que se supiera de la férrea aunque inútil oposición de Felipe González a su irrevocable dimisión tras la sinvergonzonería de aquel pionero de la corrupción institucional, cuyo nombre Dios confunda, al mando de la Guardia Civil. No afectaron a sus firmes posiciones las veladas, o no tan veladas, amenazas sobre un hipotético futuro “echado a perder”. Ni le atemorizó ser blanco de pistoleros etarras que llegaron a intimidarlo y acosarlo en la vecindad de su alquería familiar. Bien lo supo Jaime Mayor Oreja o el propio Rajoy, quienes ocuparon el mismo ministerio en gobiernos de Aznar años después y con los que no le dolieron prendas colaborar como experto en la extinción de la banda terrorista.

Su amistad casi filial, respeto y admiración por Enrique Múgica no fue la única razón - para batirse inútilmente con Zaplana en las autonómicas valencianas que ya contaban con cartelería y foto del candidato socialista inicialmente elegido. Accedió a la petición de su partido por convicción y compromiso. Y se quedaron con tres palmos de narices los que apostaron por un acercamiento a Ciudadanos cuando desacomplejadamente apoyó la andadura inicial de Albert Rivera en Cataluña.

Un personaje sólido, culto y amable que nunca maquilló la ausencia de titulación universitaria -saltó a la alcaldía de su pueblo desde las aulas de la Escuela de peritaje industrial del emblemático edificio de la Avenida del Reino de Valencia que se había llamado de José Antonio en el franquismo- ni careció del olfato y el honesto emprendimiento empresarial en su última trayectoria ya fuera de la política activa.

Un liberal en toda regla al que algunos atribuyeron indemostrados lazos con la masonería peninsular.

Se fue discreta y dignamente en paz consigo mismo, con amigos y adversarios, demasiado pronto, nueve años atrás. Hoy es momento de recordarlo con honor, sin permitir que ninguna mancha ajena emborrone su memoria.

Otros tiempos, otras actitudes.

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