Calendarios julianos
Este bache de dignidad y honestidad que el maqueo de currículas de políticos de medio pelo o de pelo y medio, copa titulares, opiniones interesadas y memes...

Salón de plenos de les Corts Valencianes
A finales del XVI, el papa Gregorio XIII para corregir el calendario juliano convirtió una noche de primeros de octubre en once hipotéticos días completos (y, por cierto, la decisión fue aceptada urbi et orbi, al menos en la civilización occidental. Tal es la importancia de sus raíces cristianas). Los mas viejos sabemos que el penúltimo ministro del franquismo, Julio Rodríguez, al que no faltaban méritos y titulaciones -dos veces catedrático, rector, académico de la Real de Farmacia …), también recordado por su famoso enfrentamiento con el cardenal Tarancón, tildado de rojazo, no tuvo éxito con su extravagante idea de ajustar los cursos lectivos al año natural. Nuestro particular “calendario juliano” se quedó en el tintero y con su sucesor, el efímero Cruz Martínez Esteruelas (“la cruz martínez esteruelas”, le decíamos porque implantó restricciones al acceso universitario) antes de dar paso a Robles Piquer con Carlos Arias y luego al primero de Adolfo Suárez, Aurelio Menéndez, que fue catedrático en Madrid, Santiago, Salamanca y Oviedo, además de magistrado del Constitucional, la ocurrencia pasó al olvido.
Lo traigo hoy a colación, porque imagino que ferragosto fungirá como una larga noche estival que nos permitirá olvidar este bache de dignidad y honestidad que el maqueo de currículas de políticos de medio pelo o de pelo y medio, copa titulares, opiniones interesadas y memes y twits de puro cachondeo abarrotando las redes sociales. Cuando escribo, tras el caso de la joven diputada madrileña y el provecto comisionado valenciano, ha sido el turno de un consejero extremeño. Tal vez, al despertar en septiembre, sea cascada o torrente. Y tome el lector las acepciones bordes de estos términos que le vengan en gana.
Quizás el vicio viene ya de antiguo, pero no recuerdo casos tan flagrantes como los que estamos soportando.
A Manuel Tarancón, sobrino del cardenal citado, que fue teniente alcalde del primer gobierno de Rita Barberá y Presidente de la Diputación de Valencia, dos veces conseller -en la preautonomía de Monsonís, luego con Zaplana- y corredactor del Estatut, licenciado en Filosofía y Letras por la UV, funcionario de carrera y con gran sentido del humor, se le atribuye el consejo a los jóvenes conmilitones aspirantes a escaño, de no inflamar innecesariamente sus biografías. Fueran cuales fueran sus méritos, suficientes para alistarse en las papeletas electorales. Quizás el vicio viene ya de antiguo, pero no recuerdo casos tan flagrantes como los que estamos soportando.
En el colmo del despropósito, voceros apesebrados, pretenden encontrar en la propia Academia el origen de esta rara pandemia con el runrún de la denostada -y generalmente inexistente- endogamia, de las capillitas corporativas y otras malintencionadas invenciones que repugnan a quienes desde el mérito y la competencia leal han hecho su legítima y esforzada carrera. Un despropósito más que, sin embargo, socava el reconocido prestigio de la universidad pública española. Y el de la mayoría de las privadas.
No estaría de más que los partidos políticos exigieran en sus códigos de conducta la existencia de trayectorias profesionales y laborales acreditadas en el mundo real que adornaran fidelidades militantes antes de acceder a la gestión pública. Pero allá ellos y el votante que lo considere innecesario. Lo cierto es que, cada vez más, a la invención y a la falsedad, suele unirse más tarde la ineficacia y la estafa.
Ojalá la catarsis a la que hemos asistido en estos últimos días julianos, cuando el calendario gregoriano ya no precisa de una nueva larga noche, no conduzca a una metafórica noche de cuchillos largos. Una entente de cordura y honestidad, ajena a banderías y posicionamientos puramente ideológicos sería de agradecer.
Veremos lo que nos espera a la vuelta.