A hacer puñetas (sin perdón)
Se me antoja la única solución al alcance del común a tantos cuantos desgobiernan hoy en día con el solo propósito de mantenerse en el machito, ajenos a la realidad o haciendo de la bondad de la suya propia objetivo prioritario

Las puñetas, también conocidas como vuelillos
He registrado algunas reacciones de entre los pocos y generosos lectores de algunas de mis columnas. Escépticas en general, las menos con algún entusiasmo acerca de la acuciante necesidad de rigor y eficiencia gestora por la que atraviesa esta Españita (el diminutivo se lo debo a Chapu Apoalaza).
Cuando la semántica postsaussuriana y hasta la hermenéutica que en su día estudié de Castilla del Pino me llevan a considerar las connotaciones de la diferencia -por poner un ejemplo de reciente actualidad- entre incendiario y pirómano, como indicador de la banalidad política, o de la política de la banalidad, en la que los hechos, inexistentes, se ocultan bajo el velo de los gestos sobreactuados. Acusar al adversario de la elaboración de relatos, cuando el acusador es el inventor del concepto es un acto supremo de cinismo no precisamente de los seguidores de Diógenes, sino más enraizado en la picaresca de los cervantinos Rinconete y Cortadillo.
Tengo buenos amigos en la Benemérita que sostienen que los de “bastón sobre bastón” en la bocamanga suelen ser estómagos agradecidos. Yo añadiría que practican una suerte de esbirrismo propio de lacayos, impropio de servidores dignos.
Mientras calla con cierto sonrojo la prensa más escorada a izquierdas y las firmas más apesebradas se entregan a la práctica inaudita de justificación de la ocurrencia, en el bando opuesto (que las banderías se han promocionado con éxito sí que es un hecho) abunda el ejercicio de la melancolía, cuando no de la rendición cautelar o el abandono prematuro.
Entre las primeras expresiones en valenciano que hoy cultivo con tanta afición como indolencia, recuerdo especialmente la aprendida de mi maestro en arquitectura Román Jimènez, el “buit i plé” que designa la altura de una planta incluido el forjado o entrepiso, tan frecuente en la jerga constructiva como el localismo “dar de mano” o el equivalente “plegar” que se puede seguir oyendo en cualquier obra de la geografía patria.
“Bocabadat”, desde que lo escuché por primera vez, me pareció una voz casi onomatopéyica, más allá del asombro que corresponde a su traducción castellana de boquiabierto. Y me quedé bocabadat, uno que nunca ha sido un puritano, con el significado más húmedo de la expresión “a fer la má”, tan frecuente en el uso coloquial para indicar lejanía. Tanta como la de “donde Cristo perdió el gorro”, por mucho que no esté documentado que lo perdiera, ni siquiera usara tal aditamento. Pero cierto es que “a hacer puñetas”, en castellano, además de la menos usada acepción lúbrica, es indicadora de distancia aun conociendo su origen literal en la confección de las puntillas de las togas judiciales -también de las académicas- por mujeres durante su reclusión carcelaria en el siglo XIX.
Tómese como se quiera. La cosa es que mandar a hacer puñetas a tantos cuantos desgobiernan hoy en día con el solo propósito de mantenerse en el machito, ajenos a la realidad o haciendo de la bondad de la suya propia objetivo prioritario, se me antoja la única solución al alcance del común. A sabiendas de que no lo harán por voluntad propia y que la paciencia que no parece tener límite social, será insuficiente aunque no eterna.
No pretendo tampoco que reste en desahogo paliativo -desahogado o desahogada es un calificativo que me hace sonreír y cuadra a la perfección con aquellos a los que acabo de referirme en el párrafo anterior- pero convendrán conmigo que resulta un anhelo legítimo para el doliente. Que todos lo somos.
Así que vayan ustedes “a hacer puñetas”, irresponsables protagonistas del continuo desperfecto, de la impune y permanente indolencia. Y que Dios les coja a ellos confesados y a nosotros nos ampare por el bien de nuestros hijos, que es la sostenibilidad ancestral antes de que la definiera con tanto éxito académico como fracaso práctico, la doctora Bruntland. Que ella sí fue doctora cierta y también primera ministra noruega.