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Fernando García Bonet

Sillas vacías y el cant dels ocells

Funeral de Estado

Funeral de EstadoRober Solsona

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Cuando el maestro Pau Casals, finalizada la guerra civil española y desde el exilio, incorporó a sus conciertos, interpretando personalmente una versión del villancico popular catalán -nana también- adaptada para violonchelo, acabó convirtiéndose en símbolo sonoro de paz. Su letra tradicional, tras citar un buen número de pájaros cantores, termina con el gamarús i el duc: “mirar no puc; tals resplandors m’admiren!”.

El recuerdo conmemorativo de la histórica tragedia que atravesó y sigue atravesando el pueblo valenciano, el Funeral laico de Estado organizado por el Gobierno de España en el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, presidido por SSMM los Reyes, y al que el presidente “participaba su deseo de compartir” tal y como reza la invitación oficial, se celebró un año después y durante su estricto aunque algo accidentado desarrollo la lluvia no quiso estar ausente.

Sí lo fueron, ausentes, una parte significativa de los familiares de los fallecidos. Y así lo evidenció el conjunto de filas vacías que personal desplazado desde Moncloa y del propio museo ocupó en la cuidada organización del acto luctuoso. Un vacío significativo en el que retumbaban las palabras de Meri Villanueva a ESdiario: “no hay cosa más rastrera que politizar la muerte de tu padre”. Duras palabras. Como lo fueron las pronunciadas en el propio funeral por Virginia Ortiz, prima del joven fallecido en Letur: “quien omite su deber, comete el acto que deriva en muertes”, aplaudido por los familiares valencianos asistentes en probable interpretación selectiva de un único destinatario, cuando allí estaban también el presidente Sánchez y el de Castilla La Mancha, García Page. Inevitablemente politizado.

Todo lo estuvo ayer. El protocolo, alterado a última hora por Moncloa, redujo a mínimos rayanos con la descortesía institucional la presencia del presidente Carlos Mazón. Ni entró con el presidente del Gobierno, ni a él ni al Rey los esperaba en su condición de representante del Estado en la Comunitat. Ni se sentó dónde como tal correspondía.

Es cierto que portavoces de asociaciones de víctimas anunciaron desde pronto su resistencia y oposición a la presencia del mandatario autonómico en las exequias civiles y que, coincidencia o no -casualidad o causalidad, como suele decirse- un exceso de protagonismo de Mazón hubiera resultado un catalizador, un acelerante inapropiado para el duelo. Pero la insignificancia a la que fue sometido por el protocolo -había que ver su rostro circunspecto con Page a su derecha- al margen de valoraciones sesgadas, molestó a muchos de los asistentes.

Pocos alcaldes -y en lugar preferente- faltaron a la cita. No María José Catalá y los de las pedanías de Valencia. La primera, protagonista involuntaria de gran parte de noticias, opiniones y tribunas que mediáticamente calentaban el acto, como el propio líder del PP nacional, Alberto Núñez Feijóo, optaron por una discreción formal que contrastó con cierta sobreactuación de encuentros entre otros afines.

La intervención del rey Felipe VI, cálida, ajustada a las circunstancias, sensible en admoniciones y modélica en equilibrios resultó el testimonio preciso que tanto sus propios gestos de cercanía, como también los de la reina Letizia envolvieron con no fingida humanidad y ternura.

Duelo largo y sostenido que la Comunitat Valenciana va pasando con dificultad y al que el Funeral de Estado se suma como episodio todavía no finalista. Como ocurre con el luto doméstico y biográfico, solo el tiempo, la sensatez y la reconciliación facultarán el alivio que llegará algún día, sin que la pena y el dolor de la tragedia pueda borrarse ya de nuestra historia como pueblo. Y a ello toca aplicarse.

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