Memoria y olvido
Algunos han proclamado con fortuna mediática que “solo el pueblo salva al pueblo”, sin apenas disimular el populismo que un pretendido buenismo no llega a ocultar

Coloquio con los ganadores del V Premi Internacional de poesía Francisco Brines.
Lo explicó mucho mejor de lo que pueda hacerlo yo aquí, Andrés Trapiello. Lo de esa delicada ecuación que componen los términos del titular de hoy. En la presentación en Valencia, en el Casino de Agricultura, de la mano del catedrático de filosofía política Félix Ovejero y de Luis Trigo, presidente de la fundación El Secreto de la Filantropía, el controvertido autor que realizó una titánica traducción -por encargo- de El Quijote glosó su Próspero Viento. Una vida política. “Una vida volcada en la literatura y el entendimiento de su tiempo, siempre atenta a los vaivenes de la política” en palabras del segundo. Dicen que el libro es autobiográfico. Delicioso desde luego que lo es.
Una trayectoria inevitablemente subsumida en ese mantra de la superioridad moral de la izquierda, extendido hasta el punto de la pretendida expulsión del mundo de la cultura de los intelectuales que no lo somos. Esa seguridad naíf de unos y esa inseguridad infantil y algo cobarde de los otros, que garantiza la eficacia de un sofisma: “la cultura es de izquierdas”. O de aquel otro: soy de izquierdas, luego tengo razón”.
En ese contexto, escuchar a Trapiello -tal vez recordando su trabajo para la rotulación de calles madrileñas en relación con la ley de memoria democrático; me pareció- reivindicar la memoria y, a la vez, el olvido de la causa del dolor, me pareció todo un código de comprehensión del pasado. Y un alivio para el duelo.
Me había sobrecogido leer impreso en la camiseta de un familiar de las víctimas que cobró cierto protagonismo en el Funeral: “ni olvido, ni perdón”. No soy capaz de imaginar la pena, la tristeza y la furia que le invade. La memoria congelada en su momento más dramático, apenas sin presente, renunciando a un futuro mejor.
Algunos han proclamado con fortuna mediática que “solo el pueblo salva al pueblo”, sin apenas disimular el populismo que un pretendido buenismo no llega a ocultar. Se trata más bien de una quiebra del estado. Del abandono del cuidado por la ciudad -del ciudadano- que es la política. Y de una gran desafección ciudadana.
Se atribuye a Pierre Choderlos de Laclos, en Las amistades peligrosas, la frase de que la venganza es un plato que se sirve frío. Y se sitúa a Nietzsche en el plano filosófico, en esa tradición de la “venganza divina” ejercida por los dioses más antiguos. El propio Quevedo recomendaba enfriar el momento antes de dar ese paso. Una némesis, valga la redundancia, (Némesis era la diosa griega de la venganza) del espíritu de conciliación y buena convivencia tan necesarios.
El que he respirado, esta misma mañana, con La cendra espargida de Víctor Filgueira y el Diario para anunciar el fin del mundo del poeta colombiano Henry Alexander Gómez, flamantes galardonados con el V Premi Internacional de poesía Francisco Brines y los poemas del Cervantes valenciano musicados y cantados por Emiliano Valdeolivas. O el que respiraré próximamente con el Premi Obrint Camins 2025 al médico José Vicente Castell por sus aportaciones a las ciencias biomédicas. Todo un respiro.
Recordando la conocida recomendación ignaciana sobre mudanzas en tiempo de crisis, pareciera que viviéramos el vértigo de una contradicción in terminis: crisis permanente y continuos cambios trepidantes. Algo no va bien.
Memoria, olvido, perdón y venganza son variables de difícil encaje en una ecuación de progreso salvo que a alguno de ellas le corresponda valor cero. De los valores establecidos para las otras dependerá en buena medida su efectividad social.