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Consejos doy que para mí no tengo

Denunciar la paja en el ojo ajeno, ignorando la viga en el propio, solo puede interpretarse como un ejercicio de filibusterismo que, por increíble y desaforado, resulta hilarante.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al presidente de la Generalitat valenciana, Carlos Mazón

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al presidente de la Generalitat valenciana, Carlos MazónRober Solsona

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La antigua admonición de vender consejos, pero sin saber asumir la incapacidad de aplicárselos personalmente con mediana honestidad, es tan vieja como la historia del fariseísmo más presuntuoso e infame; sin embargo, semejante hipocresía se sigue aplicando con descarada doblez, sobre todo en política.

Censuran desde la izquierda y sus corifeos mediáticos que el PP no deshaga alianzas pactistas y abomine de un Vox apestado por el “fascismo” (desde luego, creo que estos “enteradillos” no han leído nada sobre el populismo mussoliniano en aquella Europa de entreguerras y extremismos ideológicos). Que yo sepa, y como partido político, Vox juró —anteponiéndolo a prometer— todos y cada uno de los principios que rigen nuestra actual Constitución, declarando fuera de la ley a aquellos partidos políticos o asociaciones de cualquier tipo que “persigan fines o utilicen medios ilícitos, como el terrorismo, la violencia, la discriminación, o que tengan carácter paramilitar o secreto”. 

Sinceramente, no veo a Vox en ninguno de estos parámetros anticonstitucionales, por muy alejado que pueda estar personalmente de un partido al que jamás le daría mi voto. “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo”, aseguran que sentenció Voltaire en una de sus máximas sobre la libertad.

Cruel paradoja argumental: ellos (sanchistas y proclives redomados) propiamente no se aplican la misma medicina argumental cuando se trata de mantener en parihuelas a un gobierno socialista sustentado por exetarras, comunistas de diverso pelaje, independentistas, obsesos y recalcitrantes, feminismo ultraísta hasta la violencia inversa o ácratas residuales. 

Si alguien se va del “aplec” monclovita no es porque lo echen (allí caben todos y sus contradicciones), sino por puros intereses de proyección política, como acaba de suceder con Junts per Catalunya, a quien le están comiendo su espacio en fidelidad electoral —heredado de Convergència Democràtica de Catalunya— los neoindependentistas de Aliança Catalana, sintonizados y arropados por la nueva ultraderecha europea: Viktor Orbán, Le Pen, Giorgia Meloni y un largo etcétera en clara progresión demoscópica, incluso Abascal ante un enemigo común: el Gobierno de la nación española. El cual, y por si no tuviésemos bastantes adversarios dentro de la propia Comunidad Europea, va y se enfrenta, descarado y locuaz, al mismísimo Donald Trump, probablemente el hombre más poderoso del mundo —comercio incluido, además de armamentísticamente—, es de suponer que para, por fin, sacarle unas palabras sobre España al presidente de los Estados Unidos, aunque sea para peor.

Denunciar la paja en el ojo ajeno, ignorando la viga en el propio, solo puede interpretarse como un ejercicio de filibusterismo que, por increíble y desaforado, resulta hilarante. La vehemencia expresiva de políticos y contertulios afectos al régimen de Sánchez raya en una descarada petición para que Vox, y si pudiera ser también el PP, sean expulsados de nuestras instituciones parlamentarias; algo así como lo que hizo Lenin con los mencheviques o Hitler con todos los demás partidos que no fueran el propio. ¿Quién es el culpable de la peligrosa y casi extrema polarización en la que vivimos actualmente? Desde luego, quien tiene el poder. Pero las encuestas, incluso las internas, muestran en sus elipses que, al ir a perderlo en las próximas elecciones a Cortes Generales, intenta por todos los medios propios y afines —“yo, o el diluvio”— apuntalarse sobre la inestabilidad y las concesiones, sabiendo que si un día el PNV ve peligrar su mandato en Euskadi e influencia en Navarra por el ascenso de Bildu, no tendrá otra salida que la emprendida por Junts.

La primera piedra de toque, antecedente de la batalla final en el ámbito del Estado, es la Comunidad Valenciana. De ahí el intento —con todo el poder armamentístico de la izquierda, creo que baldío— de separar la lógica confluencia entre Núñez Feijóo y Santiago Abascal a la hora de promover un nuevo Consell valenciano, democrática y lógicamente, por quienes tienen mayor afinidad ideológica y votos en las urnas. María José Catalá ya ha resuelto su principal escollo con los presupuestos municipales. Cuenta con el inestimable —y casi siempre decisorio en partidos verticalistas— apoyo de Madrid. Pero los valencianos, esencialmente los de Valencia, no tienen claro cambiar a la reina por una torre provisional, no sea que en un futuro les den el jaque mate pastor con el caballo de Bruselas (González Pons) encerrado en el laberinto europeo. Después de lo de Zaplana y Mazón, entre las atalayas de Quart y Serrano hay cierta desconfianza hacia los alicantinos.

Por todo ello, los socialistas “aconsejan” adelantar las elecciones, aun a sabiendas de que no las tienen todas consigo, y mucho menos con una candidata tal como Morant, pero en la confianza de un PP noqueado en el rincón de Mazón, el único que puede convocar elecciones incluso dentro de su interinidad, algo que sabe muy bien su partido, por lo que le va a pedir resistir en unas tablas que obligarán a colocar todas las piezas de nuevo en el tablero, mandando de salida las blancas. Y, obviamente, desoyendo cualquier consejo del adversario, quien aquí dice una cosa y en La Moncloa hace todo lo contrario.

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