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Las llamadas de atención sobre los derechos constitucionales con los que “nos dotamos” no son ya frecuentes entre las alertas de los discursos políticos al uso

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En el plano académico y en el profesional también he sostenido siempre que el trabajo colectivo, o en equipo, requiere de la responsabilidad individual de sus componentes tanto para su eficacia como para su propia ética. Cuestión aparte aunque íntimamente relacionada es la de la jerarquía de esas responsabilidades o, dicho de otra forma, de la autoritas real y reconocida de las personas que la ejercen. Y del criterio y el procedimiento por los que se adquiere. Nunca he creído en otros que no contemplen la excelencia demostrada y la igualdad de oportunidades.

No caben, en consecuencia, disimulos más o menos llamativos, capacidades supuestas, oportunismos disfrazados, suplantaciones, currículas amañados o incluso directamente falsarios. Menos aún cuando el propio interesado es consciente de su simpleza e incluso del engaño pretendido. Pero es habitual que el responsable -y la mayor parte de los actores- conozca de su existencia, así como de las dificultades para erradicar tal tipo de conductas.

Las llamadas de atención sobre los derechos constitucionales con los que “nos dotamos” no son ya frecuentes entre las alertas de los discursos políticos al uso. Y esos muchos españoles, como uno mismo, nacidos en la primera década tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, denominados boomer, podemos afirmar con contundencia ser el sujeto específico del “nos dotamos” referido.

Las relativas a la fragilidad de la democracia, a la imperiosa necesidad de cuidarla, alimentarla y procurar blindarla definitivamente lejos de considerarla garantizada, apenas reiteradas por la Corona, se sustituyen por sofisticados eufemismos como emergencia o anomalía democráticas, tan grandilocuentes en su enunciado como banales en contenido. Bien lo sabemos esos mismos boomer españoles que luchamos contra la dictadura y que trabajamos duro por la consolidación democrática durante la transición. Y vuelvo a repetir que somos todavía muchos.

No deja de ser inquietante que ante representaciones muy repartidas se encuentren formas legales para sustituir mayorías naturales por el resultado de negociaciones o pactos de intereses compartidos

Resulta muy cansino -debiera ser absolutamente innecesario- recordar un principio básico como el de prevalencia de la mayoría consustancial y el respeto simultáneo de lo minoritario. Por sabido, por habitual, no deja de ser inquietante que ante representaciones muy repartidas se encuentren formas legales para sustituir mayorías naturales por el resultado de negociaciones o pactos de intereses compartidos. Otra cosa es la coalición de fuerzas políticas donde las discrepancias, lejos de entorpecer, incrementan el valor de las coincidencias sin necesidad de renuncia alguna. Todavía sin prueba de oportunidad a nivel nacional y con no muy afortunadas experiencias autonómicas, protagonizadas por los llamados gobiernos tripartitos.

Entre los vicios generalmente adquiridos por las mayorías absolutas, el “rodillo” acaba convirtiéndose en la primacía de la cantidad sobre la calidad, del número sobre el argumento. En la victoria de la convicción sobre la razón. Una simplificación ideológica de la realidad, tan confortable para quien la practica como dañina para quien tendrá que soportarla.

No abundaré en ejemplos tan sobrados. Algunos llegan a establecerse en instituciones secuestradas como núcleos de resistencia de poder para un futuro o del que se ha perdido. E incluso de pírrica oposición.

Aficionado como soy a citas y nombres propios que ilustren y complementen adecuadamente mis elementales reflexiones, hoy he optado por evitarlos con la seguridad de que el amable lector cubrirá adecuadamente esos huecos. Con el largo listado que bien pudieran encabezar los mentores griego y romano de la “cosa pública” y con el no menos extenso de curiosos protagonistas fácticos contemporáneos.

Ustedes me disculpan.

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