opinión
Peste porcina y la tríada perversa
Para los cazadores la Navidad ha llegado antes de tiempo. Su regalo: una excusa llamada peste porcina africana (PPA).

Un hombre se prepara para cazar jabalís en Galicia
Para los cazadores la Navidad ha llegado antes de tiempo. Su regalo: una excusa llamada peste porcina africana (PPA).
Con la aparición de varios jabalíes muertos en Cataluña, se ha movilizado en la zona a más de 500 efectivos entre personal militar y de emergencias para cercar y ejecutar a miles de jabalíes, habiendo resultado hasta el momento únicamente 16 positivos a la peste porcina africana. Una enfermedad que no se transmite a personas. En Aragón, sólo durante este puente de diciembre se cazaron 3.000 jabalíes.
La Generalitat Valenciana pagará 40 euros por jabalí abatido.
Y en Extremadura, ASAJA pide al gobierno regional tres millones de euros para acribillar a 50.000 de estos animales (60 euros por jabalí). En unos días se ha generado un enemigo común, las administraciones han dado carta blanca a los violentos para que vayan, escopeta en mano, matando a espuertas y, por si fuese poco, retrocedemos en el tiempo más de setenta años, con lo que parece la recuperación de la “Ley de Alimañas”, por la que se promovía y se pagaba por cazar determinados animales que se consideraban una amenaza para la ganadería o la caza, llevando al borde de la extinción a algunas especies, como el buitre leonado.
Sin embargo, ¿se están analizando todos los jabalíes cazados en todo el territorio nacional para determinar si son o no portadores de la PPA? ¿Están utilizando aquellos que dicen querer evitar su expansión a tiros medidas de bioseguridad para impedir, en caso de haber animales enfermos, ser ellos mismos quienes dispersen el patógeno? ¿Acaso, fuera de la determinada como zona cero, se desinfectan ropa, calzado y vehículos y se controla la trazabilidad de cada animal ejecutado?
Además, se sabe que la caza puede hacer que los grupos de jabalíes se dispersen, expandiendo así, de existir, el patógeno.
Podríamos considerar entonces a los cazadores un vector.
Por lo anteriormente expuesto, se evidencia que esta situación se ha convertido en una verdadera excusa para que los escopeteros se den el festín navideño, algunos, a costa del contribuyente. Por otra parte, ¿nadie plantea que es prácticamente imposible que los jabalíes infecten a los cerdos de las granjas en que se encuentran hacinados y confinados, simplemente porque no pueden acceder? Sólo pueden hacerlo determinadas personas y son ellas quienes deben velar por la bioseguridad de las instalaciones. Sin embargo, en su lugar se criminaliza y mata a todos los jabalíes de la zona, que no son culpables de nada, por un riesgo, más que real, percibido.
Tampoco se pone el foco en que el problema es el de siempre. Exterminamos a unos animales y reproducimos artificialmente a otros, sin querer entender que no vivimos en un sistema aislado y que los desequilibrios que provocamos tienen sus consecuencias.
En estos momentos el lobo, otro animal estigmatizado, repudiado y vejado por las administraciones de todos los niveles en este país y masacrado por los escopeteros, vuelve a escena por su papel equilibrador en los ecosistemas y se empieza a reconocer que su presencia podría ser necesaria para controlar las poblaciones de jabalíes.
Porque la caza, por mucho que se empeñen en disfrazarla, presenta un extenso histórico probatorio de su ineficacia para ello.
Se cazan todos los años cientos de miles de ejemplares de jabalíes; sin embargo, según nos dicen, cada vez hay más. Se cazan porque se supone que su número excesivo es pernicioso; sin embargo, los siguen criando en granjas cinegéticas para soltarlos en el monte y poder cazarlos. Incluso hasta hace unos años se “importaban” de países del este de Europa.
Se caza hasta casi el exterminio a sus enemigos naturales, porque estos son un peligro, y resulta que el inconveniente es su ausencia. Sin embargo, quienes nos gobiernan, que deben velar por el interés común, independientemente del color político y a pesar de la evidencia, no quieren enfrentarse a la cuestión: ¿la caza es una solución o el verdadero problema?
En estos momentos los mataderos están desbordados de cerdos que ejecutar, para evitar que un hipotético contagio haga que no puedan convertirlos en carne (me pregunto, con esa carga de trabajo que apremia, quién velará porque las condiciones de aturdimiento se cumplan y las prisas no hagan que incluso los degüellen conscientes). Éste no es el final. Una vez muertos, su lugar en las granjas lo ocuparán otros nuevos cerdos, que sufrirán el mismo destino.
Las administraciones, en lugar de trabajar por cambiar un sistema frágil, insostenible y que está condenado al fracaso, en todos los sentidos, ya tienen preparados, sólo en el caso de Cataluña, 20 millones de euros para repartirlos entre los ganaderos y que hagan borrón y cuenta nueva.
Por otra parte, el origen de la enfermedad podría estar en la brecha de seguridad de un laboratorio que experimenta con animales, otro foco de oscurantismo y blanqueo del maltrato animal con fines lucrativos.
En este caso convergerían caza, ganadería y experimentación con animales. Una tríada perversa que se sigue fomentando y subvencionando con dinero público, sin plantear que estas actividades comportan, en sí mismas, un verdadero problema.