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Fallece la pintora Antonia Mir

Académica pero rebelde. Ha sido tan seductora como respetuosa y nunca invasiva con el otro. Independiente para pensar y para expresarse con elegancia

Antonia Mir

Antonia Mir

José María Lozano Velasco

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Fallece Antonia Mir y yo siento el dolor de los suyos -a los que sigo perteneciendo- y el desasosiego de los tal vez más ingratos en los últimos tiempos. La vi, espléndida, abrigando a su amiga Arazo mientras la alcaldesa Catalá la distinguía en el Saló de Canvis de la Lonja. Tal marco para tales tres damas. Aunque la veo a diario cuando contemplo su Samborini de 2009 o el generoso retrato que me pintó en 2006.

Ahora se me agolpan recuerdos de su etapa de catedrática de dibujo en Villajoyosa con sus colecciones de zapatos y sus escenas costumbristas, desde aquella casa mágica que habitaba en lo alto y cerca del mar. Como un hada para sus estudiantes y una maga de la plástica para seguidores como el joven arquitecto colaborador de Román Jiménez que era yo.

Y las crónicas de sus múltiples viajes, siempre ilustradas y preparadas previamente con guías y libros de historia (alguno ha quedado prestado en mi biblioteca sin devolver), materializadas en multitud de recuerdos, objetos y apuntes. Siempre incansable para la creatividad.

Orgullosa de su pueblo, Catarroja, donde hoy luce el museo (MAM) que lleva su nombre y conserva lo mejor de su colección pictórica e importantes ejemplares de su biblioteca, construido por el municipio en terrenos cedidos a tal efecto, con un proyecto de mi estudio de arquitectura. Y generosa con él desde la Fundación de su nombre como siempre lo fue con los premios anuales de pintura y escultura con el nombre de su hermana Milagros.

Gracias a una Beca de la Fundación el joven arquitecto Antonio Lozano -de Catarroja- obtuvo recientemente el grado de doctor en arquitectura con una tesis sobre su gran amigo Román Jiménez. ¡Cuánto les hubiera gustado ser compañeros en la Real Academia de BBAA, donde la pintora valenciana ingresó ya hace unos años!

Académica pero rebelde. Desde joven ejerció su libertad no siempre con la comprensión de amigos y colegas, aunque supo asegurarse su complicidad. Ha sido tan seductora como respetuosa y nunca invasiva con el otro. Independiente para pensar y para expresarse con elegancia.

E irónica: “ay, si yo supiera pintar …” decía con una mal fingida falsa modestia, a mitad de sesión posando (nunca retrató desde una foto) o en la sobremesa de sus generosos y afamados almuerzos en El Gastrónomo.

Nunca quiso, que yo sepa, escribir unas memorias. Ni hablar mucho de su etapa en la Academia de París y sus amistades de allí. Ni del pintor Luis Arcas o del actor Antonio Ferrandis, de Rita Barberá o de Mayren Beneyto. O de otros valencianos más recientes que la respetaban -que la respetan- como Ximo Michavila lo hizo siempre.

En los últimos tiempos pintaba en una amplia habitación de un piso alto de la zona de Viveros. En otra recibía de vez en cuando a unos pocos amigos a tomar el té. Con el mismo mimo las dos cosas, si bien a mí ambas se me antojaban escasas.

Aunque conocida y reconocida, esta mujer pionera de tanto jamás procuró protagonismo alguno, ni reivindicó sus excepcionales condiciones y talento. Me hubiera gustado distinguirla desde el CVC con la escultura de su colega Amparo Carbonell con motivo del próximo 8M. La tendremos en nuestra memoria.

En la mía queda una huella. Y una deuda. Nunca fue fácil para la lisonja y siempre prefirió conducir su deportivo a que yo la llevara en mi coche. Compartió con mi hija objetos personales y “Fragmentos”, además de una suerte de profunda amistad, abonada por las diferencias y un mismo amor por la cultura.

Su legado es inmenso. E inmensa mi gratitud.

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