Cotidianeidad
Es el caldo de cultivo para el desarrollo de la musculatura intelectual y la chispa que provoca el descubrimiento razonado... Y de ahí la importancia y el valor de lo corriente

El escritor y filósofo Javier Gomá.
Me anima mi amigo Magín a reflexionar sobre asuntos corrientes y pequeñas cosas diarias ahora que comienza el año y mientras lleno el depósito de la calefacción en la casa de La Iruela. Ahora cuando acabo de leer que Maduro ha sido capturado y sacado del país cuyo gobierno usurpó indebidamente. Ahora cuando se cita tanto a Nuccio Ordine y tan poco a Javier Gomá, que sin menosprecio del italiano me parece a mí relevante.
Pero no me enredaré en devaneos filosóficos que abandoné en mi ignorancia desde que me tropecé con Deleuze y decidí volver a los clásicos y a los silogismos elementales, donde todo me resulta más confortable. Recuerdo, eso sí, a Enrique Walker predicar en la Columbia University sobre lo “ordinario” en arquitectura y antes, mucho antes, a John Hedjuk en zapatillas de andar por casa, en la Cooper Union. También recuerdo en zapatillas a James Stirling en aquel famoso congreso de Coruña que congregó estrellas como Aldo Rossi y fraguó una duradera amistad con César Portela.
He hablado a menudo a mis estudiantes sobre el concepto de lo ordinario, lo común, lo compartido. Tal vez lo básico, elemental, imprescindible. Quizás lo aprendido, lo heredado, lo tradicional incluso. O, por contra, de lo extraordinario, lo sobrevenido, lo singular y exclusivo. Lo desconocido o lo desaprendido, lo nunca visto, el no va más … De lo que se deduce de un orden y un sistema, de un método, de reglas previamente aceptadas y experimentadas, de resultados ciertos y sancionados por la práctica. Y también de innovación y riesgo medido, de progreso sostenido, de entropía si es el caso. De ambiciones, sueños y fantasías. Que no es lo mismo.
La cotidianeidad es el caldo de cultivo para el desarrollo de la musculatura intelectual y la chispa que provoca el descubrimiento razonado. El lugar, su historia, sus costumbres, trazan la línea más o menos discontinua de una realidad que avanza y en ocasiones retrocede hasta adoptar equilibrios que las cosas más pequeñas y los acontecimientos que no lo son consolidan. Y de ahí la importancia y el valor de lo corriente.
Cuánto de lecturas acomodaticias, tergiversadas e interesadas que tratan al común como ignorante satisfecho
Las crónicas, los tratados y manuales dan cuenta de una tecnología asequible, de una evolución razonable, de consecuencias mensurables. Y así han ido avanzando los modos constructivos, los valores espaciales, las formas y estilos, las sensaciones y los gustos sociales.
Cuando aparentemente todo se acelera, cuando aparentemente parece “desplomarse el cielo sobre nuestras cabezas”, sobrecogidos por el cambio climático, inquietos acerca de la inteligencia artificial y el internet de las cosas, preocupados por un futuro cada día más incierto, en la cotidianeidad, en la cercanía, en la proximidad, encontramos los soportes adecuados. Y en los objetos y en las relaciones más elementales la argamasa que las combina con acierto.
El equipo de investigación que lidera el profesor de la UPV José Durán continúa trabajando en tres principios fundamentales: ordenación territorial integral, coordinada y preventiva, arquitecturas de anticipación y culturas de riesgo.
Los pequeños hechos cotidianos son los mejores indicadores para comprobar cuánto queda de sentido común y de lecciones aprendidas. Cuánto de lecturas acomodaticias, tergiversadas e interesadas que tratan al común como ignorante satisfecho. Cuánto, en consecuencia, precisa de una revisión sencilla de conductas erráticas que alejan el bien común mediante el encumbramiento de lo absurdo. Benditas sencillas cosas comunes.