El edadismo que la Comunitat Valenciana festeja

El 34% de los mayores de 75 años vive solo. La soledad no es una elección, es un fracaso colectivo que vestimos de tradición

xJoaquin Corchero

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Mientras los anuncios publicitarios muestran mesas rebosantes, reuniones multitudinarias y risas intergeneracionales, una realidad paralela y silenciosa se extiende en miles de hogares. Para muchas personas mayores, especialmente, la Navidad y la Nochevieja no son sinónimo de celebración, sino de un eco ensordecedor de soledad. Esta situación, ya de por sí dolorosa, se ve agravada por una lente social insidiosa: el edadismo. No es solo que estén solas; es que una mirada prejuiciosa asume que es "normal" o incluso "su elección", un estereotipo que exime a la sociedad de su responsabilidad colectiva.

El edadismo —la discriminación por edad— se manifiesta en estas fechas de formas particularmente crueles. Se expresa en frases como "Seguro que prefiere estar tranquila", "A su edad, estas fiestas son un estrés" o "Ya no está para grandes alborotos". Estos prejuicios, aparentemente bienintencionados, infantilizan, aíslan y patologizan la vejez. Convierten una necesidad humana universal —la compañía y el afecto— en un capricho o una limitación inherente a los años.

La soledad no es un estado natural de la vejez. Es, con frecuencia, el resultado de estructuras sociales que marginan: divorcios mal llevados, jubilaciones que rompen redes laborales, urbanismo que no facilita la movilidad, familias dispersas geográficamente y, sobre todo, una narrativa cultural que resta valor a la experiencia y la presencia de las personas mayores, relegándolas a un papel pasivo.

Los datos son relevantes; mientras las calles vibran, el 34% de los mayores de 75 años en la Comunidad Valenciana vive solo. La soledad no es una elección, es un fracaso colectivo que vestimos de tradición. Y es que aquí, tierra de ‘tabal i dolçaina’ y reuniones multitudinarias, la estadística dibuja una realidad cruda y silenciosa: según el Instituto Valenciano de Estadística (IVE), más de 175.000 personas mayores de 75 años viven solas en nuestro territorio. Cuando llegan las fiestas navideñas, este dato deja de ser un número frío y se convierte en una condena de aislamiento.

Mientras las redes se inundan de fotos de ‘porrats’, esta masa silenciosa —el 34% de los valencianos de esa franja de edad— se enfrenta a una Navidad de puertas cerradas y televisión constante. La sociedad valenciana no solo mira de reojo esta realidad; la normaliza con un edadismo activo, disfrazado de respeto hacia la "tranquilidad" de los mayores. El “que estiguen tranquils” es, demasiado a menudo, la coartada perfecta para no alterar nuestro festejo.

Las consecuencias de esta soledad impuesta son un drama de salud pública que los sistemas sanitarios constatan en enero. El ‘Informe de Soledad y Salud en las Personas Mayores’ de la Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas alerta de que el aislamiento social duplica el riesgo de desarrollar demencia y aumenta en un 30% las probabilidades de padecer una enfermedad coronaria. La soledad no deseada en estas fechas, lejos del mito del mayor apacible en su butaca, es un detonante de depresión, ansiedad y un deterioro físico acelerado. Nuestra tierra, con su clima envidiable y su fama de acogedora, está fallando miserablemente a quienes la construyeron. El edadismo valenciano se concreta en la falta crónica de servicios de proximidad efectivos durante las fiestas y en una cultura del ‘festero’ que glorifica la juventud y margina la vejez.

Una sociedad que, conociendo las cifras, sigue permitiendo que más de 175.000 de sus mayores afronten la Navidad en el silencio absoluto, no celebra nada. Simplemente hace ruido para no escuchar los latidos que se apagan en la soledad

Frente a esta emergencia, las soluciones no pueden ser parches. Urgen medidas valientes y específicas. Los ayuntamientos, con los datos del IVE en la mano, tienen la obligación de convertir los ‘casals’ vacíos en ‘Punts de Trobada Nadalencs’ con actividades diarias, dirigidos por personal formado y con transporte municipal garantizado. Las fallas y las comisiones festivas, auténticos tejidos sociales, deben asumir su responsabilidad: crear programas estables de ‘Avis de la Falla’ que aseguren compañía y contacto regular, integrando a los mayores en la comunidad más allá del donativo. La propia Conselleria podría lanzar una campaña de ‘Ningú Sol en Nadal’, con una línea telefónica activa 24 horas y una red de voluntariado entrenado para realizar visitas y acompañamiento.

En el ámbito privado, la autocrítica es obligatoria. La tradición no puede ser una excusa para la exclusión. Es tiempo de romper la inercia: organizar la ‘reunió’ en su casa, priorizar su presencia y enseñar a los niños que el verdadero ‘esperit nadalenc’ está en la mesa de l’ àvia’. Además, dado que solo un 28% de los mayores de 80 años en España usa internet a diario (INE), las administraciones deben impulsar campañas masivas de ‘Acompanyament Digital’, donde jóvenes voluntarios ayuden a conectar a los mayores con sus seres queridos.

Este es el ‘repte’ urgente. Una sociedad que, conociendo las cifras, sigue permitiendo que más de 175.000 de sus mayores afronten la Navidad en el silencio absoluto, no celebra nada. Simplemente hace ruido para no escuchar los latidos que se apagan en la soledad. El precio es la pérdida de su memoria y su dignidad. La próxima vez que brindemos con ‘cava’, recordemos el dato: el 34% vive solo. Y preguntémonos si nuestras fiestas de la Navidad y entrada de Año Nuevo incluyen, de verdad, a toda la Comunidad Valenciana.