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Infraestructuras

Responsabilidades específicas aparte, orilladas o abandonadas, heredadas o cultivadas con soberbia adanista e ignorancia supina, dibujan un modelo de gestión fracasado

Vías de un tren

Vías de un trenGetty Images

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He pasado media vida académica y profesional peleando -sin éxito- con la etimología del socorrido término “infraestructura”, puesto que hasta las más literales, las que discurren por el subsuelo, afectan y condicionan la estructura territorial. La cosa viene de lejos, puesto que la Via Augusta o el Acueducto de Segovia, y si quieren hasta las murallas de Cáceres o Lugo -ejemplos carismáticos, entre otros muchos en territorio patrio- acaban clasificadas en ese amplio apartado.

Redes de autovías y carreteras, presas y pantanos, trazados ferroviarios, cauces artificiales, viaductos y túneles, aparcamientos subterráneos o en superficie o altura, extensiones de placas solares o líneas terrestres o marítimas de torres eólicas, parques o espacios libres de laminación, muros de contención y aliviaderos … y así hasta las “rutas aéreas” o el contemporáneo “internet de las cosas” (IoT), los numerosos ejemplos de soluciones que se agrupan en el cajón de sastre del prefijo “infra” (“debajo de” o “inferior”, según la RAE) tienen evidente repercusión en la forma y funcionamiento del territorio -ya urbano, ya rural- y por tanto un protagonismo que conviene ajustar en su ordenación, mediante adecuadas previsiones de planeamiento.

Ahora peleo con el uso indiscriminado del término “resiliencia”, extraído en primera instancia del estudio de las condiciones de fatiga de los materiales y exportado a todo discurso político o empresarial que se precie de contemporáneo. No me extenderé al respecto. Simplemente manifestaré mis preferencias por su oponente: “tenacidad”.

Sea cual fuere la terminología adoptada, la importancia de las infraestructuras en la ordenación territorial y la capacidad de modificar su comportamiento y, por ende, de los hábitos de las personas, deja pocas dudas. Y la sustitución de la realidad por la simple gestualidad, por bien intencionada y pretendidamente pedagógica que resulte, conduce a la confusión permanente y, en ocasiones, a resultados catastróficos, derivados de una gestión equivocada o inexistente.

No valen razones pretendidamente ideológicas, ni eufemismos de connotaciones buenistas. Bien lo sabe, por ejemplo, el profesor José María Baldasano, premio Jaume I de Protección del Medio Ambiente 1997, cuando indica hasta siete huellas humanas del actual cambio climático en su último libro Dos grados no son para tanto Una historia del negacionismo climático. O del indiscutible calentamiento global, si así lo prefieren llamar.

En recientes acontecimientos que calificamos de deleznables, (otro término importado de la naturaleza de los materiales que connota, inconsistencia, poca duración o resistencia, fragilidad, que se rompe, disgrega o deshace con facilidad, que se desliza o resbala …) expertos, especialistas, técnicos y profesionales de la materia, elevan hoy la voz reclamando el rigor y el respeto que sus consideraciones, indicaciones y previsiones paliativas, debieran haber tenido. No valen hoy las excusas. Ni las presupuestarias, ni mucho menos las simplemente ideológicas.

La sustitución de la realidad por la simple gestualidad, por bien intencionada y pretendidamente pedagógica que resulte, conduce a la confusión permanente y, en ocasiones, a resultados catastróficos

Lo sabemos bien en la Comunidad Valenciana, donde desconocemos todavía un año más tarde, impávidos, las razones y consecuencias de la DANA sin avances significativos en la reposición y renovación de infraestructuras dañadas, ni mucho menos en el urgente inicio de las más necesarias e inexistentes. El gran apagón y el último y gravísimo accidente de la alta velocidad ferroviaria -vaya desde aquí el recuerdo cariñoso y solidario hacia víctimas y familiares- nos dejan perplejos. Responsabilidades específicas aparte, orilladas o abandonadas, heredadas o cultivadas con soberbia adanista e ignorancia supina, dibujan un modelo de gestión fracasado, cuya rectificación urge abordar con más tenacidad que resiliencia, sin negacionismo científico ni banalización exculpatoria, sin resignación catastrofista ni exceso de alarmismo desmovilizador. No hay otra.

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