“Es el fascismo, estúpido”
Primero se normaliza la crueldad, se justifica la represión, se celebra el castigo. Después, cuando se quiere reaccionar, ya es demasiado tarde...

Bruce Springsteen ha lanzado una nueva canción, “Streets of Minneapolis”, escrita tras los incidentes mortales de este mes
La reciente operación de ICE (Immigration and Customs Enforcement) en Minnesota ordenada por la administración Trump que incluye dos muertes de civiles en Minneapolis y una oleada de redadas en barrios de mayoría hispana, ha situado de nuevo la política migratoria de Estados Unidos en el centro del debate público occidental. Lo que se presenta como un esfuerzo por hacer cumplir la ley se vive allí como una campaña de miedo, con comunidades enteras en estado de alarma, protestas masivas en las calles y demandas de investigación independiente sobre el uso de la fuerza por parte de esas “fuerzas de asalto” disfrazadas de agentes federales.
Las imágenes de manifestantes marchando en pleno invierno para exigir el fin de estas operaciones, así como los testimonios de familias aterrorizadas por la presencia constante de agentes fuertemente armados, han intensificado las críticas contra la agencia migratoria estadounidense. Organizaciones de derechos civiles, como la ACLU y su sección en Minnesota, han acusado a ICE y a otros cuerpos federales de “poner en peligro crítico” a la población y reclaman el cese de los operativos y una investigación independiente por las muertes registradas.
Líderes estatales y municipales han denunciado públicamente la escalada de violencia implementada por la administración Trump y han advertido públicamente de los efectos de un dispositivo que consideran desproporcionado, marcado por el perfilado racial y el uso excesivo de la fuerza. Han caracterizado las redadas y deportaciones masivas del ICE, la separación de familias en la frontera, la construcción de centros de detención donde miles de migrantes—incluidos niños—han sido encerrados en condiciones deplorables, no cómo accidentes burocráticos ni “errores de implementación”, sino el resultado lógico de una política diseñada para infundir miedo y crear, de ese modo, un “enemigo interno” para justificar su poder.
A esta ola de críticas se ha sumado un frente amplio de la sociedad civil organizada. Plataformas religiosas, como las principales corrientes del judaísmo norteamericano, han emitido pronunciamientos conjuntos en los que condenan “en los términos más enérgicos” la violencia con la que el Departamento de Seguridad Nacional está ejecutando la ley migratoria, con especial referencia a lo ocurrido en Minneapolis. Encuestas recientes reflejan además un descenso acelerado del apoyo ciudadano a la agencia, con un porcentaje creciente de estadounidenses que se inclina abiertamente por su desmantelamiento.
En las calles de lugares como Minneapolis, donde lo que está en juego ya no es solo la política migratoria, sino la definición misma de democracia y Estado de Derecho
El impacto cultural tampoco ha sido menor. Bruce Springsteen ha lanzado una nueva canción, “Streets of Minneapolis”, escrita tras los incidentes mortales de este mes, en la que retrata una ciudad sitiada por una operación migratoria y rinde homenaje a las víctimas de la violencia oficial. El propio músico, en declaraciones y presentaciones públicas, ha enmarcado el tema como un gesto de solidaridad con los vecinos de la ciudad y como una denuncia directa del rumbo que ha tomado la política migratoria federal impulsada por la administración Trump.
En este contexto, hablar de fascismo no es solo una declaración inflamatoria, sino una categoría política que muchos analistas norteamericanos usan para describir un patrón: operaciones masivas, agentes fuertemente armados, muertes de civiles, criminalización del disenso y un discurso oficial que descalifica cualquier crítica como “opiniones irrelevantes” o “inexactitudes”; sirva de ejemplo el relato de Guillermo Altares en su artículo “Él regreso del fascismo” en Él País (29/01/26) La línea que separa la seguridad legítima del autoritarismo se traza, cada vez más, en las calles de lugares como Minneapolis, donde lo que está en juego ya no es solo la política migratoria, sino la definición misma de democracia y Estado de Derecho.
Hoy, cuando el eco de esos condenables hechos aún resuena, conviene recordar que ningún país pierde su alma de golpe. Primero se normaliza la crueldad, se justifica la represión, se celebra el castigo. Después, cuando se quiere reaccionar, ya es demasiado tarde; “es el fascismo, estúpido”. Algunos en Europa prefieren llamarse “Patriotas”.