Opinion
Punch. Sin madre y sin libertad

Mono Punch
Estos días un macaco ha ocupado numerosas portadas en los medios de todo el mundo. Se llama Punch y vive en un zoológico de Japón.
El pequeño se ha hecho viral porque su madre lo abandonó al nacer y sus cuidadores le ofrecieron como alternativa un peluche, del que no se separaba, abrazándole y emocionando a los visitantes, que sintieron gran empatía por el indefenso animal.
Esto que escribo es emocionante, desde el punto de vista de cómo la empatía generada por la vulnerabilidad de este pequeño primate ha llegado a cada rincón del planeta y a la vez perverso, porque esa empatía, ha hecho que las visitas al zoológico se incrementen, en lugar de reflexionar sobre la vida impuesta de los animales que allí viven.
De hecho, el que Punch fuese abandonado podría deberse según los expertos, entre otros motivos, al estrés producido por el cautiverio (al que sumar la ola de calor que se dio durante el nacimiento de Punch), a traumas previos, quién sabe si consecuencia también de su confinamiento, y a la falta de privacidad que podría haber actuado como inhibidora de oxitocina, hormona necesaria para promover el vínculo.
Así que, este abandono materno, podría ser consecuencia directa de vivir en un zoológico y quienes sienten lástima por este suceso y acuden a sus instalaciones están, seguramente sin ser conscientes de ello, propiciando que vuelva a haber otro Punch.
Cualquiera somos consciente del impacto negativo que tienen en nosotros/as las situaciones que nos generan miedo, estrés, ansiedad, tristeza… especialmente, cuando no son algo puntual y se prolongan en el tiempo.
El hecho de que los animales tienen capacidad de sentir y sufrir es irrefutable. Además de la evidencia que cualquiera que los observe puede experimentar, los estudios llevados a cabo durante las últimas décadas ratifican que el dolor, tanto físico como emocional, puede ser percibido por los animales, pudiendo identificar, con comportamientos o conductas anormales para su especie, el malestar emocional.
Si hemos experimentado el sufrimiento que producen las emociones negativas y sabemos, a ciencia cierta, que los demás animales sienten lo mismo, ¿por qué no reflexionar sobre si es ético que, para que unos hagan negocio y que otros satisfagan el placer puntual de observar la caricatura de un animal en vivo (porque ni siquiera estamos conociendo cómo son y se comportan realmente, cuando son libres para hacerlo), les condenemos a una vida que no querríamos para nosotros?
Somos sólo una especie animal entre unos 7,7 millones de ellas. Nuestra supuesta “inteligencia” debería implicar una responsabilidad ética sobre los demás animales. Cuidar por su bienestar, en el más amplio sentido, y respetar sus necesidades.
En definitiva, eso que nos enseñaron en la infancia: tratar como nos gustaría ser tratados.
Sentir pena por alguien, pero contribuir a que ese sufrimiento se siga perpetuando parece una incoherencia absoluta, así que, cuando se trate de animales, no los observemos desde nuestro egoísmo y pensemos qué es realmente lo mejor para ellos.
Evitemos que otro Punch viva privado de madre, y de libertad.