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Yona, toda una dama

Siempre hospitalaria, dispuesta, activa y estimulante

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El repentino fallecimiento de Rosa Vila Rierola -Yona desde pequeña para todos- a los ochenta y dos años de edad, tan guapa como elegante, después de almorzar con sus amigas, habituales forofas de los conciertos del Palau, de las exposiciones en el Bellas Artes o en Bancaja, de los viajes cortos a Madrid y Barcelona para especiales eventos, o los más largos al extranjero siempre en torno a la cultura, me ha producido una enorme tristeza.

Yona ha estado casada con mi maestro Román Jiménez Iranzo -que murió demasiado joven-, o él con ella y han tenido cuatro hijos que, cuando eran pequeños me llamaban “el tío José María”. Beatriz, la mayor, todavía lo hace.

Shopenhauer, Dumas, Nietzsche (“la mujer … en tanto que símbolo es una imagen de aquello que puede dar a luz todo lo nuevo”. Así habló Zaratrusta) aparte, incluso aquel disparate de Groucho que supongo cancelado, y todos los tópicos eruditos o coloquiales sobre grandes mujeres al lado de hombres reconocidos, lo cierto y de lo que he sido testigo de excepción es que Yona que, desde su Reus natal se convirtió en una auténtica valenciana cuando recién casada vino a vivir a Valencia, ha sido toda una gran dama.

Acompañando y apoyando siempre a Román en su permanente compromiso con el mundo de la arquitectura y el arte, ya fuera en actos o eventos sociales, en encuentros en La Tanca -una de las alquerías más hermosas del extrarradio valenciano, intervenida con mimo y cuidada con esmero- con intelectuales como Rafael Ferreres y el padre Félix Ramajo; artistas como Enrique Ginesta, Alfonso Pérez Plaza, Ramón de Soto, Nassio Bayarri, Antonia Mir, Ángela García y tantos otros; arquitectos como Rafael Tamarit, Antonio Escario, Miguel Pecourt, Pedro Soler, Javier Domínguez y un sin fin de amigos, colegas y discípulos como Ignacio Bosch, Íñigo Magro y Vicente González Móstoles. Un apoyo decidido y generoso, no sólo humano y social, sino sustancial y profundo puesto que su exquisita formación desde niña hizo de ella interlocutora íntima y preferente.

Ha mantenido viva su imagen preservando y cuidando el copioso legado intelectual, profesional y artístico de su siempre querido marido alimentando la memoria con altruistas donaciones a la Escuela de Arquitectura de Valencia -que él fundó con la inestimable colaboración de sus amigos valencianos y catalanes- y al Colegio de Arquitectos. Con todas las facilidades a cualquier iniciativa al respecto, ya fuera la brillante tesis doctoral sobre el maestro valenciano de la arquitectura, ya la íntima relación con El Puig, su Real Monasterio y la también Real Orden de Caballeros del mismo nombre o la Academia de San Carlos, en la que Román ocupó sillón de número, y con cuyos compañeros Paco Taberner, Álvaro Gómez Ferrer y otros que he citado antes, Yona mantuvo viva hasta esta misma triste semana.

No soy capaz de contabilizar las horas ni los días comunes que hemos disfrutado, antes y después de que Román -nadie mejor que ella pronunciaba su nombre- nos dejara hace un par de décadas. Ahora de nuevo ellos dos están juntos.

Hoy recuerdo nuestros viajes de parejas amigas a Roma o Londres, los fines de semana en La Tanca, los almuerzos y tertulias frecuentes en la casa de la Porta del Mar ( … y a la “seño”).

Siempre hospitalaria, dispuesta, activa y estimulante. Todo un privilegio para mí. Yona, toda una dama.

La vamos a echar mucho de menos, pero la llevo -agradecido-en mi corazón y en mi cabeza. Estoy segurísimo de que en paz, como nos ha dejado, descansa ya.

José María Lozano Velasco. President del Consell Valencià de Cultura

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