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¿Un error temprano de Gilles Lipovetsky…?

El ecologismo se convierte en negocio de carbono, las ONGs en subcontratas estatales, y el voluntariado en pasantías no remuneradas

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Corría el año 2006 cuando Gilles Lipovetsky, uno de los pensadores más lúcidos de la hipermodernidad publicaba “La sociedad de la decepción”. En sus páginas, el filósofo francés observa con agudeza un fenómeno esperanzador: el sistema, decía, no deja de producir sus propios anticuerpos. El voluntariado, las ONGs, el ecologismo responsable, el comercio justo o el desarrollo sostenible eran, a su juicio, la prueba irrefutable de que el capitalismo generaba internamente fuerzas críticas capaces de moderarlo. El mercado, en su sabiduría paradójica, "había conseguido transmutar los valores y los sentimientos, pero no comercializarlos del todo".

Al contemplar la evolución reciente del capitalismo financiero, la tesis de Lipovetsky no solo resulta ingenua, sino que exige una revisión dramática. Lo que el filósofo identificó como enemigos internos del sistema han demostrado ser, en el mejor de los casos, una fina capa de maquillaje para un rostro cada vez más monstruoso, y en el peor, nuevos y lucrativos nichos de mercado perfectamente integrados en la lógica depredadora que se suponía debían combatir.

Para entender el error de Lipovetsky hay que recordar el contexto en el que escribía. “La sociedad de la decepción” ve la luz justo antes del colapso financiero de 2007, en ese instante de aparente calma que precedió a la tormenta. En ella, el autor sostenía que el capitalismo consumista había sustituido a la democracia como principal promesa de felicidad, generando un profundo desencanto político. Sin embargo, su visión mantenía un resquicio de optimismo sistémico.

La aparición de movimientos sociales y éticos era interpretada como una especie de respuesta autoinmune del capitalismo, una capacidad innata para generar correctores que impidieran su propia degeneración. El voluntariado y las ONGs llenaban los vacíos que el Estado dejaba; el ecologismo responsable intentaba poner límites a la explotación; el comercio justo ofrecía una alternativa moral al intercambio desigual. Esta tesis, sin embargo, pecaba de un funcionalismo naíf, pues asumía que esos anticuerpos tenían la capacidad real de modificar el metabolismo del sistema, en lugar de ser simplemente tolerados o, peor aún, absorbidos por él.

Y entonces llegó la crisis financiera que actuó como un acelerador histórico y rompió de cuajo cualquier ilusión de autocontención. La respuesta del capitalismo no fue fortalecer sus anticuerpos, sino desatarse con una ferocidad inédita. Un cuarto de siglo después, lo que ha cambiado respecto a la visión de Lipovetsky es prácticamente todo. Para empezar, hemos asistido a la financiarización de la conciencia: el capitalismo actual ya no solo vende productos, sino que securitiza valores.

El capitalismo ya no produce anticuerpos, sino antígenos sintéticos que engañan al sistema inmunológico de la sociedad.

El desarrollo sostenible ya no es una crítica externa, sino el caballo de Troya del gran capital. Los fondos de inversión verdes y los criterios ESG, esas siglas que pretenden medir el impacto ambiental, social y de buen gobierno de las empresas, se han convertido en un inmenso negocio financiero. Grandes corporaciones petroleras o textiles con prácticas ambientales y laborales atroces se apresuran a lanzar bonos verdes o campañas de marketing con causas sociales. Lo que Lipovetsky veía como un enemigo es hoy el principal instrumento de lavado de imagen ecológico y social. El capitalismo ya no produce anticuerpos, sino antígenos sintéticos que engañan al sistema inmunológico de la sociedad.

Paralelamente, hemos sido testigos de la cooptación sistemática de cualquier alternativa. ¿Qué fue del comercio justo? En gran medida, fue absorbido por las grandes superficies. Un producto de comercio justo en un lineal de un hipermercado ya no es una alternativa al sistema, sino una línea de producto premium que permite al consumidor aliviar su conciencia mientras el resto de su cesta de la compra sigue financiando las mismas prácticas de explotación.

El voluntariado, por su parte, se ha profesionalizado y, en muchos casos, se utiliza para precarizar el empleo o para suplir las funciones que el Estado ya no desempeña bajo la presión del dogma neoliberal que exige reducir el gasto público. La crítica se ha convertido en un servicio externalizado y barato.

El capitalismo no había comercializado los sentimientos del todo en 2006, pero en 2026 esa comercialización es su principal motor

Pero hay más. El capitalismo financiero actual, dominado por las grandes plataformas tecnológicas, ha llevado la transmutación de valores de la que hablaba Lipovetsky a un extremo que él no pudo prever. Hoy, nuestros sentimientos, nuestras relaciones y nuestras solidaridades son la principal materia prima del mercado. Los "me gusta", las causas que apoyamos son datos que se extraen, se empaquetan y se venden al mejor postor. El capitalismo no había comercializado los sentimientos del todo en 2006, pero en 2026 esa comercialización es su principal motor.

La solidaridad se ha convertido en una métrica más para los algoritmos que gobiernan nuestra atención y, cada vez más, nuestras vidas. Y mientras los anticuerpos de Lipovetsky, las ONGs y los movimientos ecologistas, libran batallas locales o simbólicas, el capital financiero opera a escala global con una velocidad y una capacidad de presión que ningún gobierno puede igualar. La promesa de autorregulación del capitalismo, implícita en la metáfora biológica del filósofo francés, se ha demostrado falsa: el sistema no produce anticuerpos, sino metástasis.

La visión de Lipovetsky en “La sociedad de la decepción” es, sin duda, un canto de cisne de una época donde aún se podía creer en la posibilidad de un capitalismo con rostro humano. Años de inseguridad y de crisis, de austeridad impuesta y de explosión de la desigualdad nos obligan a enterrar ese mito para siempre. El ecologismo se convierte en negocio de carbono, las ONGs en subcontratas estatales, y el voluntariado en pasantías no remuneradas. El capitalismo financiero, en su forma actual, produce tolerancia cero a cualquier elemento verdaderamente extraño al lucro; ha aprendido a detectar, hacer suyo y mercantilizar cualquier atisbo de crítica con una eficacia que roza lo perfecto. El error de Lipovetsky quizás no fuera de él, sino de aquellos que piensan que su visión aún persiste.

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