Muerte al son de la música
"Quienes defienden esta sangrienta, cruel y anacrónica forma de diversión, se aferran a disfrazar la tauromaquia de arte, la revisten de poética verborrea, para aparentar un baile y duelo entre iguales".

Imagen de un torero en un festejo taurino.
Un año más la fiesta de las Fallas ha sido parasitada por la violencia taurina, bañando las calles de Valencia con el sufrimiento y la sangre de sesenta toros.
Quienes defienden esta sangrienta, cruel y anacrónica forma de diversión, se aferran a disfrazar la tauromaquia de arte, la revisten de poética verborrea, para aparentar un baile y duelo entre iguales y nos describen a un animal bravo, que se queda en la plaza por propia voluntad y que se siente orgulloso de luchar hasta su muerte.
La realidad, evidente, objetiva y científica, es que el toro es un animal herbívoro y gregario, la vida del cual tendría que consistir en pacer en el campo tranquilamente junto a sus iguales, y descansar sobre la hierba mientras el sol acaricia su sensible piel.
En lugar de esto, es secuestrado de su entorno y, después de un proceso nada idílico, que le deja en evidente situación de inferioridad, es vejado, humillado y torturado, mientras trata de aferrarse aterrorizado a la vida.
Una vida que tiene un final escrito cuando nace y que desgraciadamente conocemos: una consciente, lenta y agónica muerte, que tiene lugar mientras cínicos aplausos acompañan a los pasodobles que resuenan en el ambiente, a modo de perversa burla.
Sólo es necesario tener un poco de empatía cognitiva para saber que el animal está sufriendo con su tortura y empatía emocional para ponerse en su piel y sufrir con él.
No hay un solo argumento ético e irrefutable que pueda justificar esta barbarie, que hace muchos años debió de quedar confinada entre las hojas de los libros de historia que cuentan los más oscuros, salvajes y macabros actos de nuestra sociedad.
Sin embargo, pese a su creciente rechazo social, quienes nos gobiernan siguen apoyando la tortura taurina y regándola con nuestros impuestos.
Por poner un ejemplo, el President de la Generalitat, pese a no aparecer en su agenda, estuvo presenciando la tortura y muerte de seis toros el pasado 14 de marzo, acompañado del conseller de Emergencias e Interior que, como mínimo, asistirá como miembro del Consell a un acto taurino en Castellón y dos en Valencia durante este mes de marzo.
Y si hablamos de apoyo económico, en el presupuesto de 2025, la Diputación de Valencia, de quien depende la plaza de toros, destinó, de forma directa, un millón y medio de euros a asuntos taurinos.
Si añadimos costes indirectos, podríamos estar hablando de que cada día que hay un evento taurino, a la ciudadanía nos cuesta 200.000 euros del erario, para que unos pocos disfruten de un espectáculo sádico.
Por comparar, un día “de toros” nos viene a costar un 770 por ciento más (sí, 770 por ciento, no es un error) que un día de apertura de los tres muesos que también dependen de la Diputación de Valencia, el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM), el Museu de Prehistòria de València y L’ETNO – Museu Valencià d’Etnologia, y que sí ofrecen verdadera cultura abierta a toda la ciudadanía.
¿Por qué los pocos que disfrutan con la tortura taurina deben tener más privilegios que el resto?
Más sangrante es este despropósito cuando, por poner un último ejemplo, la exposición más emblemática del MUVIM, "La aventura del pensamiento", visitada por miles de escolares cada año, lleva cerrada meses por unos simples problemas con el software.
¿En qué momento se decide que es más importante torturar a un animal que mantener una exposición en un museo?
Este apoyo institucional a la tortura taurina es contrario a su decreciente respaldo social, con datos del Ministerio de Cultura que constatan que sólo el 8 por ciento de los ciudadanos asistieron a algún acto taurino en 2024 y de este porcentaje, el 20 por ciento lo hizo con entradas gratuitas, lo que implica que es posible que, de haber tenido que pagar, las cifras serían todavía menores.
Se mire por donde se mire, la tauromaquia es una actividad antisocial.
No sólo perjudica a los animales, los principales afectados, y motivo más que suficiente para exigir su abolición, sino que enaltece la violencia hacia un ser vulnerable, en evidente situación de inferioridad e indefensión y, además, es financiada con ingentes cantidades de dinero público, que deberían destinarse a mejorar la vida de las personas.
Ante esta situación, sólo queda seguir exigiendo la abolición de la tauromaquia. Porque la agonía y la muerte de un inocente no deberían ser motivo de celebración. Menos, hacerlo al son de la música.