opinión
Catalá y Camarero: fuego en los flancos
Mientras a Diana Morant la rearman con Arcadi España, conscientes de la debilidad de la pieza principal, han entretenido a Pérez Llorca con polémicas de campanario

La vicepresidenta primera y consejera de Vivienda, Empleo, Juventud e Igualdad de la Generalitat valenciana, Susana Camarero (2d), y la alcaldesa de València, María José Catalá (d)
Mientras a Diana Morant la rearman con Arcadi España, conscientes de la debilidad de la pieza principal, han entretenido a Pérez Llorca con polémicas de campanario. Y todo por el pecado in vigilando de sus asesores. El caso es que mientras tanto sus bastiones, en este caso femeninos, sufren el desgaste del ejercicio del poder. Sin embargo, atemperen su entusiasmo en la oposición. Las dos mujeres principales de la nomenclatura popular no están al borde de un ataque de nervios. Simplemente acusan el desgaste del desquicio que reina en este bancal.
Yo creo que no sería de extrañar que a la vicepresidenta un día de estos la rescatara Feijoo para volver a Madrid e interrumpir así su paréntesis valenciano, pues otra cosa no ha sido en su vida esta etapa para quien eligió Carlos Mazón como alter ego y vocera. Camarero se vio “reforzada” tras la salida de Mazón del Consell por su solvencia política, su argumentario sólido y el duro máster de la dana, pero quizás, precisamente eso, la tragedia, sea demasiado peso sobre unos hombros que ya de por sí acarrean responsabilidad en asuntos farragosos como la igualdad y, sobre todo, la vivienda. Además, a la número 2 de JF le toca ejercer de látigo de herejes y a mayor exposición se incrementa la posibilidad del error, como ayer en las Cortes. Estoy seguro que Susana Camarero no piensa que “en el Gobierno hay prostitutas”, pero la viralidad y el lapsus evidente de sus palabras y el emponzoñamiento de la oposición le han jugado una mala pasada. ¿“Señor, llévame pronto”?
En cuanto a María José Catalá, siento ser políticamente incorrecto. Los temas festivos lanzan a alcaldes y a alcaldesas, pero son también foco de conflictos. Apunte María José Catalá algunas soluciones para los denunciados excesos de las Fallas, de rescoldos humeantes porque el camino a seguir quizás esté en otra geografía ociosa. Un juez ha ordenado algo muy razonable: limitar. Que reubique los festivales de música de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. El motivo es tan sencillo como demoledor: el ruido, las aglomeraciones y las molestias constantes vulneran el derecho al descanso de los vecinos. No es capricho. Era convivencia rota por el Woodstock calatraviano, porque convertir un espacio emblemático en discoteca permanente no es cultura, es abuso. Y los que viven allí todo el año no tienen por qué pagar la factura de la fiesta ajena en un entorno edificado con sus impuestos. Como decía, y saliendo de Les Arts, este ejemplo puede que ilumine a quienes tienen la responsabilidad de que las Fallas no se coman a sí mismas. Siendo honestos, y por ir enumerando, la Ofrenda se aligeraría si algunas comisiones no hicieran caja vendiendo "boletos" a falleras circunstanciales que no saben ni por qué cruce de calles procesionan, si abrieran la tercera vía de Caballeros -iluminando bien la hermosa calle para que no sea tan tétrica-, corrigiendo a quien invierte más en mamotretos que en monumento, retrasando obligatoriamente la instalación de las carpas...
En fin, hay margen para aproximarse aunque sea a la conciliación laboral, imposible hoy con el laberinto de envelats, cables y vallas. La sentencia que limita el uso de la "charca" del Museu Príncipe Felipe para conciertos es una oportunidad. Respeto, primero. Fiesta, después. Y si no, que cambien de sitio. Para no tener que cambiar en las urnas.