De vuelta
Cuando te vas de Valencia, lo mejor del viaje o de la estancia fuera, lo que esperas, es volver

Exposición "Tiempos Modernos" en el Museo de Bellas Artes de Valencia
Y lo digo yo que amo el mundo y he tejido entre La Iruela y Kerala una red de afectos, tradiciones y lugares que enriquecen mi ordinario y me procuran sosiego. Para volver, volver, volver.
He tomado tierra directamente en el Reial Monestir de la Valldigna para celebrar el premio a mi ilustre colega Arturo Zaragozá, que del gótico valenciano ha hecho costumbre y lección. Ahora que el Ayuntamiento de Vàlencia. Cap i casal, y el de Palma, impulsan el gótico mediterráneo de punta a punta de la orilla occidental ante la UNESCO, cuando nuestra Lonja de la Seda ya ejerce liderazgo de Patrimonio de la Humanidad. Y para conocer al escultor en ferro José Antonio Costa y a su mujer, Esperanza, apreciando su artesanía metálica de rosas y batracios.
He podido, por fin, a paso ligero y como un furtivo, visitar la exposición Tiempos Modernos con la que la fecundidad productiva del director del BBAA, mi admirado Pablo González Tornel, ha regalado Valencia en estas Fallas pasadas. El precoz autorretrato de “mi” Aurora Valero, rodeado por lo mejor de las últimas décadas, valencianos de Valencia o no, que me ha parecido un paseo romántico por mi propia biografía. Confieso mi emoción parado en silencio delante de unas cuantas obras. No diré cuáles. Me limitaré a citar a don Paco Sebastián. Vale, y a Javier Calvo. Sé que soy injusto, pero para hacer justicia debiera disponer del espacio y la sabiduría de los que carezco. ¿Ausencias? Siempre las hay. Entre las más notorias para un servidor, José Antonio Orts (que acaba de tomar posesión como académico de la Real de San Carlos), Martín Noguerol, Rebeca Plana o María Aranguren. Dicho sea con el debido y apasionado respeto. Espléndida muestra, cabalmente organizada.
Ha cantado a la poesía el Ateneo Blasco Ibáñez, bajo la batuta de ese torbellino cultural que encarna Isabel Oliver, su presidenta. Fue para mi aperitivo a la Biblioteca de la casa de Osuna, exhibida con mimo en la sala Duc de Calabria del Centro Cultural La Nau de la UV, que alimenta el espíritu con la receta de Gutemberg. Terminé -más madera- en el MUVIM para apreciar el virtuosismo de un joven Adrián Alva, con guión apócrifo de Orlando el Furioso, a la sombra de les “fembres pecatrius” de dudoso prestigio medieval.
Se dijera que organizar con el propio acervo del museo una exposición temática con el nombre “La mujer en la obra de Julio González”, no exige mayor esfuerzo que revisar selectivamente los títulos de sus bocetos y dibujos, de sus bustos y sus máscaras, de sus esculturas de deshechos. Tal fue su devoción por la mujer. Y ordenarlos con el rigor y el cuidado con el que empezó Tomás Llorens su catálogo razonado, ya en fase de terminación. La magia -la misma que reina a diario en las salas del Pompidou- que ha impuesto como solo ella sabe hacerlo Brigitte Leal en cada uno de los espacios, crea una atmósfera en la que se oye esa voz poderosa del escultor independiente e indomable que dio nombre al IVAM por la importancia de su colección. Relatos silentes los llama Blanca de la Torre, flamante directora que está haciendo que corra de nuevo el aire fresco, desempolvando de vicios y manías partidarias, por el templo de la cultura plástica contemporánea.
Críticos y artistas, coleccionistas y galeristas, autoridades, jóvenes y no tan jóvenes aficionados (entre los que me encuentro) y público en general (incluidos como en el dicho, militares de alta graduación) se dan de nuevo cita en las inauguraciones en esa fiesta cultural de la sociedad valenciana que nunca debiera haber dejado de ser.
Me había dado tiempo a pasar brevemente por Set Espai d’Art y disfrutar de una muestra colectiva, tan diversa como homogénea. Aparente contradicción que se comprende escuchando a Ricardo Forriols que conduce con éxito ese Secreto Maravilla coral de Kohli, Palacios, Cassiraga y Chacón que intriga y divierte por igual. De primera
Así que en mi Valencia de vuelta