EL FARO DE MOTES
La baliza de Puente y el metro de Valencia
Hay tragedias que no solo descarrilan trenes: descarrilan verdades

El ministro de Transportes Óscar Puente, acompañado del secretario de Estado José Antonio Santano Clavero, y el presidente de Adif, Luis Pedro Marco de la Peña dan explicaciones sobre el accidente de Adamuz, a 23 de enero de 2026, en Madrid
Los truhanes de las mascarillas robaban a manos llenas y enchufaban a gente en las compañías públicas proxis de Renfe, un teatro de operaciones en el que cabe ubicar la mayor tragedia ferroviaria ocurrida en España en los últimos años: el accidente de Adamuz. A medida que pasan las semanas crecen las evidencias de que el siniestro mortal pudo evitarse y que la tumba colectiva derivó de un mecanismo que no funcionó.
La nefasta gestión de un país pretendidamente ferroviario hizo el resto, con una titulación dudosa en el caso del técnico que monitorizó la vía, robo de pruebas, alteración del escenario, falsas comparecencias y un Gobierno que no supo ni pudo resolver emocionalmente el asunto: el funeral masónico previsto no se celebró, no así en la Dana, convertidas las exequias en el primer acto de propaganda. El resultado es bien conocido: 46 muertos, cero responsables. Nuestra sociedad no está juzgando igual esta tragedia en comparación con la que sobrevino en Valencia en junio de 2006, en la antesala de la visita del Papa Benedicto XVI.
Miren, hay tragedias que no solo descarrilan trenes: descarrilan verdades. Y aquí la atávica doble vara de medir propicia un efecto inquietante: depende de quién gobierne, el ruido es ensordecedor… o el silencio, atronador. El accidente ferroviario de Adamuz ha dejado víctimas, preguntas y, sobre todo, un vacío incómodo. Porque mientras empiezan a conocerse indicios de fallos previos en la infraestructura lo que no aparece por ninguna parte es la reacción política y social que sí vimos en otros tiempos.
Se laminó la imagen de personas inocentes, se enterró reputacionalmente a profesionales, directivos, periodistas… a todo el que pasaba por allí
En Valencia prácticamente acusaron a Paco Camps de conducir el convoy y de haber rateado con la no incorporación de una baliza al sistema de frenado de la red. Luego la Brunete mediática habitual organizó una persecución al hombre en cada intermedio, évole o informativo adecuado, en una operación coordinada en la que unos apuntaban y otros disparaban. La ofensiva fue eficaz, estajanovista y exitosa porque hizo caer a un gobierno y, con él, la apariencia de honradez de muchos. Hoy no es así. Aquí no hay manifestaciones multitudinarias, no hay concentraciones en ninguna plaza, no hay pancartas en las que se señala al responsable, no hay exigencia de verdad cuando todavía no se han evacuado a las víctimas, no hay presión constante en la calle, no hay una demanda inmediata de responsabilidades al más alto nivel desde los partidos ni desde las terminales mediáticas. Y entonces la memoria vuelve, inevitablemente, a 2006.
Al accidente del metro de Valencia. A aquellas semanas en las que la tragedia ocupó portadas, tertulias y pancartas. A la exigencia —legítima— de dimisiones, explicaciones y una comisión de investigación en las Cortes Valencianas. La primera fake. La segunda inquisitorial. Se pedía todo: responsabilidades políticas, depuración técnica y verdad para las víctimas. Se laminó la imagen de personas inocentes, se enterró reputacionalmente a profesionales, directivos, periodistas… a todo el que pasaba por allí. No me lo tienen que contar. Lo he vivido.
Hay políticos que impulsaban aquella comisión que en privado pedían perdón a los comparecientes porque reconocían que actuaban por obediencia debida. Soy testigo directo. Hoy, en cambio, con Pedro Sánchez al frente del Ejecutivo, el ambiente es otro. Mucho más contenido. Demasiado contenido. Dirán que es prudencia; otros lo llaman directamente control del relato. Porque lo llamativo no es solo lo que se dice, sino lo que no se dice. Y en Adamuz, de momento, pesa más el silencio que la indignación. La sospecha es inevitable: que en España la reacción ante una catástrofe depende menos de los hechos que del contexto político. Que la maquinaria de presión —mediática, social y parlamentaria— se activa o se desactiva según convenga. Y eso, en una democracia madura, debería ser inaceptable. Sin embargo, en Adamuz no hay prisa. No hay urgencia.
No hay esa sensación de que estemos ante algo que exige una respuesta política inmediata. Y eso es, quizá, lo más preocupante de todo. Porque cuando una sociedad deja de exigir explicaciones con la misma intensidad, algo se ha roto más allá de una vía férrea. 46 muertos. 0 responsables.